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El agotamiento de las madres españolas: la culpa también entra en la cocina

Manuel Trujillo 03 Dic 2025 - 13:54 CET
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El sentimiento es compartido. La mayoría de las madres atraviesan su cansancio en soledad, como si fuera un asunto privado y no un fenómeno estructural. Pero los miedos, la culpa, la carga mental y tantas otras capas que componen la experiencia materna distan mucho de ser excepciones. Los datos lo confirman: el 78% de las madres españolas se sienten mentalmente sobrecargadas, según el informe ‘El estado de la maternidad en Europa 2024’, que recoge las vivencias de más de 9.600 madres en distintos países.

El estudio revela patrones que se repiten más allá de las diferencias culturales: dificultades para conciliar, desigual distribución de las tareas domésticas, presión social por “llegar a todo” y un notable impacto en la salud mental. En países como Francia, Italia o Alemania, más de dos tercios de las madres afirman sentirse emocionalmente agotadas, y una proporción similar percibe que la maternidad ha limitado su vida profesional. Lo que queda claro es que, cuando se trata de la experiencia materna, las fronteras se desdibujan: la sobrecarga no es una excepción, sino la vivencia cotidiana de la mayoría de las madres.

Esa sobrecarga no es solamente mental, sino que se traduce también en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Según el informe, las madres españolas siguen asumiendo hasta el 64% de las tareas domésticas y esto independientemente de cual sea su situación laboral. La carga de tareas domésticas combinada con una falta de flexibilidad laboral, es uno de los escenarios que se repite y que contribuyen a la preocupante situación que atraviesan las madres españolas.

El tetris de la conciliación está directamente relacionado con la falta de políticas que contemplen los cambios emocionales y físicos que atraviesan las madres, así como la carga adicional que implica su nueva realidad. “Las madres están al límite”, afirma la psiquiatra Ibone Olza, directora del Instituto Europeo de Salud Mental Perinatal. “Cansadas, sobrecargadas, asumiendo casi toda la carga mental de los cuidados, sintiéndose poco valoradas y haciendo malabares para conciliar lo inconciliable”. La advertencia es clara: la situación es grave.

A esa falta de apoyo institucional se suma un ingrediente igual de corrosivo: la presión social amplificada por las redes sociales. Los estándares inalcanzables de familias perfectas convierten el simple acto de hacer scroll en un catalizador de culpa. No es que antes no existieran formas de juzgar la maternidad; es que ahora están potenciadas, multiplicadas y disponibles las 24 horas. La sobreinformación, los mensajes contradictorios, los falsos expertos y los nuevos “modelos a seguir” solo añaden más peso a una mochila ya cargada.

Basta con poner la lupa sobre un ámbito específico —la alimentación— para entender la diversidad de criterios, expectativas y cuestionamientos que recaen sobre las madres. Los números lo evidencian: siguen siendo ellas quienes toman la mayoría de las decisiones alimentarias del hogar, desde la compra hasta la organización de las comidas. Y lo hacen bajo la mirada escrutadora de quienes esperan cualquier paso en falso para juzgar.

Se espera que mantengan la lactancia exclusiva durante seis meses, que vuelvan al trabajo como si nada hubiera cambiado, que se formen en nutrición, que elaboren comidas caseras, que logren dietas variadas y saludables, que hagan ejercicio… Como en todo, está la teoría y luego la práctica. Y, en la mayoría de los casos, estar a la altura de esas expectativas es humanamente imposible. Es aquí donde entran en juego los salvavidas que hacen la vida de las madres modernas un poco más llevadera: productos preparados, purés comerciales, alimentos infantiles listos para consumir. Pero incluso estas herramientas pueden convertirse en un arma de doble filo. Tomemos el ejemplo de la leche de fórmula o de los productos alimenticios para bebés y niños.

Si das fórmula, sos “mala madre”. Si tus hijos comen ultraprocesados, también sos “mala madre”, porque esos productos parecen ahora incluso peores que las drogas o el tabaco. No es exageración: son títulos que circulan en medios de comunicación y redes sociales, y que siguen alimentando la culpabilización de las madres. Como si décadas de progreso tecnológico aplicado a la alimentación no hubieran dejado nada. Y, sin embargo, la tecnología alimentaria ha salvado vidas. La fórmula infantil, por ejemplo, redujo drásticamente la mortalidad infantil en el siglo XX cuando la lactancia no era posible. No es una derrota: es una herramienta.

Además, los alimentos infantiles actuales son más seguros que nunca: controles estrictos, fortificación nutricional y regulaciones europeas garantizan estándares que muchas cocinas domésticas difícilmente podrían igualar. La conveniencia no es enemiga de la buena alimentación; para madres con poco tiempo —es decir, casi todas—, recurrir a productos listos o semi listos puede ser lo que sostiene una dieta variada sin aumentar la carga mental.

Quizás, si las madres supieran que ni siquiera existe una única definición científica de “ultraprocesado”, se sentirían más tranquilas al calentar en el microondas un plato o al preparar un biberón con leche de fórmula, sin sentir que una voz detrás les grita ‘mala madre’. Si ni los científicos se ponen de acuerdo, por qué se siguen propagando discursos que hacen que las madres duden a la hora de hacer la compra. Al final, la salud depende del patrón global, no de un alimento aislado: un puré comercial o un biberón de fórmula no definen la crianza ni la nutrición de un bebé. La maternidad ya es suficientemente exigente. La culpa no alimenta a nadie.

La sobrecarga, al final, está impulsada por expectativas irreales: se espera que las madres no solo sean madres, sino madres impecables. Que interpreten etiquetas, que distingan entre clasificaciones nutricionales contradictorias, que resuelvan debates que ni la comunidad científica ha cerrado. Nadie puede —ni debe— sostener eso en soledad. Las madres merecen contención. No solo la famosa “quinta mano”, sino políticas reales, mensajes coherentes y un sistema que las acompañe en vez de perseguirlas. En la alimentación —como en la maternidad en general— urge abandonar la demonización, el sensacionalismo y la culpa como herramienta de control.

Porque, aunque las experiencias compartidas ayudan a no sentirse sola en la soledad, lo cierto es que la maternidad sigue siendo un arma de doble filo: une, pero también expone. Y en esa tensión, las madres necesitan menos juicio y más apoyo.

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