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La corriente continua contra la corriente alterna

Silla eléctrica: la batalla por un millonario negocio que se ganó achicharrando bichos

La invención de ese método de ejecución se debió a una disputa comercial entre George Westinghouse y Thomas Alba Edison

Mario Lima Actualizado: 03 May 2026 - 11:01 CET
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Es uno de los capítulos más singulares y más oscuros de la historia de la economía moderna.

La silla eléctrica no fue inventada por un criminólogo ni por un penalista ni por ningún experto en métodos de ejecución.

Fue el producto secundario de una guerra comercial entre dos de los empresarios más poderosos del siglo XIX americano, librada por el control del mercado eléctrico más grande del mundo.

El contexto: la electricidad como negocio del siglo

Tras la Exposición Mundial de París de 1881 y la presentación de la lámpara de Edison, los sistemas eléctricos se convirtieron en el logro tecnológico más importante del mundo. Lo que estaba en juego era enorme: el tendido eléctrico de las nuevas y grandes ciudades de Estados Unidos, un mercado que en términos actuales habría supuesto cientos de miles de millones de dólares.

Thomas Alva Edison defendía la corriente continua: baja tensión, cables subterráneos, sistema seguro. George Westinghouse apostaba por la corriente alterna: alta tensión, cables aéreos, distribución más eficiente a largas distancias. La diferencia técnica es que la corriente continua circula siempre en el mismo sentido, mientras que la alterna invierte periódicamente su dirección. Esa diferencia técnica tiene implicaciones enormes en la capacidad de transformar el voltaje y transportar energía a distancia, lo que hacía la corriente alterna comercialmente superior para abastecer ciudades enteras.

La rivalidad llegó a tales extremos que los historiadores la denominaron la «Guerra de las Corrientes», una combinación de competencia técnica, lobbying político y batalla de relaciones públicas sin precedentes en la historia empresarial americana.

El accidente que lo cambió todo

En 1881, un obrero murió carbonizado al tocar las terminales de un generador eléctrico de corriente alterna en Buffalo, Nueva York. El dentista Albert Southwick presenció el incidente por casualidad mientras caminaba por la calle. Lo que le llamó la atención no fue el horror del suceso sino la aparente rapidez e indolencia de la muerte.

Southwick comentó el episodio a su amigo el senador David McMillan, que lo trasladó al gobernador de Nueva York, David B. Hill, precisamente cuando este buscaba un método de ejecución más humano que la horca. La cadena de coincidencias que llevó de un accidente laboral a la creación de un instrumento de ejecución capital es uno de los ejemplos más perturbadores de cómo las decisiones históricas se toman por razones que nada tienen que ver con sus consecuencias.

Edison convierte la ciencia en propaganda

El obrero muerto trabajaba para Westinghouse y el generador era, por supuesto, de corriente alterna. Edison no tardó en convertir ese accidente en argumento comercial. Sus equipos comenzaron a recorrer ciudades electrocutando animales con corriente alterna de Westinghouse para demostrar su peligrosidad: perros, terneros, caballos. El punto culminante fue la electrocución de Topsy, una elefanta del circo en Coney Island en 1903, filmada en lo que constituye uno de los documentos más perturbadores de la historia del cine primitivo.

La estrategia era simple y brutal: asociar la corriente alterna con la muerte en la mente del público y del regulador.

En 1888, el gobernador de Nueva York firmó el decreto que establecía la silla eléctrica como método legal de ejecución. Y se eligió la corriente alterna. Edison había conseguido exactamente lo que buscaba: que el sistema de su competidor quedara asociado públicamente con matar.

Westinghouse se negó a prestar sus aparatos para las ejecuciones. No quería que su tecnología quedara vinculada a la muerte. La ironía es que los equipos tuvieron que adquirirse de todas formas en el mercado, que era de Westinghouse.

La primera ejecución y su contexto económico

La primera ejecución en silla eléctrica fue la de William Kemmler, un vendedor ambulante condenado por el asesinato de su pareja, en la prisión de Auburn, Nueva York, el 6 de agosto de 1890. No fue Ernest Chapeleau en Sing Sing, como se ha escrito en algunas versiones, sino Kemmler en Auburn. La ejecución fue un desastre técnico: requirió dos descargas y varios minutos antes de certificarse la muerte, generando un escándalo periodístico que Westinghouse aprovechó para declarar que habría sido más humano usar un hacha.

El coste de la infraestructura eléctrica que hizo posible la silla eléctrica era considerable para la época: instalar un sistema de generación y distribución eléctrica en una prisión en los años 1880 requería una inversión de varios miles de dólares, el equivalente a varios cientos de miles de dólares actuales.

El resultado de la guerra: Westinghouse ganó lo que importaba

La paradoja definitiva de toda esta historia es que Edison logró asociar la corriente alterna con la muerte pero perdió la guerra comercial. La industria eléctrica americana eligió la corriente alterna de Westinghouse como estándar para los hogares estadounidenses por razones técnicas y económicas irrefutables: era más eficiente para el transporte a larga distancia y más barata de distribuir a escala urbana.

Tesla, que trabajó con Edison y luego con Westinghouse, desarrolló los sistemas de corriente alterna que hicieron posible esa victoria. La central eléctrica de las Cataratas del Niágara, inaugurada en 1895 con tecnología de Westinghouse y Tesla, demostró que la corriente alterna podía transportar electricidad a cientos de kilómetros con pérdidas mínimas, algo que la corriente continua de Edison era incapaz de hacer.

Edison General Electric acabó fusionándose con otras empresas para formar General Electric, que adoptó la corriente alterna. Westinghouse Electric se convirtió en uno de los mayores conglomerados industriales del siglo XX. La corriente alterna que ilumina hoy cada hogar del mundo es la de Westinghouse.

La silla eléctrica: historia, uso y declive

Tras su adopción en Nueva York en 1888, la silla eléctrica se extendió progresivamente por otros estados americanos durante las primeras décadas del siglo XX. En su momento de máxima expansión, era el método de ejecución predominante en Estados Unidos, con más de 4.000 ejecuciones documentadas en silla eléctrica entre 1890 y la actualidad.

El coste operativo de una ejecución en silla eléctrica era relativamente bajo en comparación con otros métodos: los equipos eléctricos necesarios eran simples y el coste energético de cada ejecución era mínimo. El gasto principal era el mantenimiento de la infraestructura y el personal especializado para operarla.

La silla eléctrica comenzó a ser sustituida por la inyección letal a partir de los años setenta y ochenta, por varias razones. Los tribunales americanos empezaron a cuestionar si constituía un «castigo cruel e inusual» prohibido por la Octava Enmienda de la Constitución. Los casos en que las ejecuciones requerían múltiples descargas o producían quemaduras visibles generaban escándalo mediático. Y la inyección letal, adoptada por primera vez en Texas en 1982, se presentó como más limpia, más técnica y más humana.

Hoy la silla eléctrica sigue siendo legalmente disponible en varios estados americanos, incluyendo Alabama, Carolina del Sur, Florida, Kentucky, Mississippi, Oklahoma, Carolina del Norte, Tennessee, Virginia y Wyoming, aunque generalmente como método alternativo cuando el condenado lo elige o cuando los fármacos para la inyección letal no están disponibles. Carolina del Sur ejecutó a un condenado en silla eléctrica en 2022, el primer caso en ese estado en décadas.

Fuera de Estados Unidos, la silla eléctrica es prácticamente inexistente. Algunos países la usaron brevemente en el siglo XX siguiendo el modelo americano, pero fue abandonada en todos ellos. Hoy es un método exclusivamente americano, símbolo de una guerra comercial que terminó hace 130 años pero cuyo artefacto más macabro sigue operativo en algunos estados del sur.

Edison perdió la guerra de las corrientes. Pero el instrumento de su propaganda sigue funcionando con la electricidad de Westinghouse.

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