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Pamplona vibra con el broche final de los Sanfermines

Los Miura cierran San Fermín 2025: octavo y último encierro

La ganadería Miura protagoniza el octavo encierro de 2025, sumando historia, riesgo y anécdotas en una Pamplona empapada de fiesta y sorpresas

Periodista Digital 14 Jul 2025 - 09:10 CET
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A las ocho en punto del 14 de julio, Pamplona ha asistido al desenlace más esperado de los Sanfermines 2025: el encierro de los toros de Miura.

Es una cita que nunca decepciona, ni a locales ni a visitantes. No es solo el cierre de una semana vibrante, sino el momento en que la tradición y la adrenalina se dan la mano, con seis toros que arrastran tras de sí más de 175 años de historia y decenas de leyendas urbanas.

La expectación es máxima.

Los corredores lo saben: si hay un hierro que impone respeto en el mundo taurino, ese es el sevillano.

Este año, los miuras han cumplido su encierro número 43 en la ciudad navarra y han recorrido los 875 metros desde Santo Domingo hasta la plaza en apenas unos minutos, manteniendo en vilo a miles de mozos y espectadores.

La manada, compuesta por ejemplares como Lunares, Luminario, Chinelo, Embajador, Divorciado y Andaluz, ha sumado entre todos más de 3.500 kilos brutos y una variedad cromática poco habitual: cuatro cárdenos oscuros, un negro zaino y uno mulato listón bragado. Sus nombres ya forman parte del relato colectivo de esta fiesta.

Una ganadería con alma indomable

Hablar de Miura es hablar de toros altos, huesudos, astifinos y listos como pocos. Su fama no es gratuita: son animales que aprenden rápido, miran con inteligencia y pueden cambiar el guion del encierro en cualquier momento. Suelen ser especialmente peligrosos en los tramos finales, cuando la orientación y la fatiga hacen mella tanto en animales como en corredores. No resulta extraño que sigan protagonizando algunos de los episodios más recordados: basta recordar aquel encierro eterno de 1959, cuando un miura rezagado mantuvo a Pamplona en vilo durante más de media hora.

La ganadería ha protagonizado ya 57 encierros en San Fermín. Su vínculo con la ciudad va mucho más allá del espectáculo: cada año suman páginas nuevas a la historia local. Este año, el encierro ha sido rápido pero no exento de tensión; la entrada en Mercaderes y Estafeta ha sido uno de los momentos más críticos para los mozos experimentados.

Curiosidades y datos locos del último encierro

Los Sanfermines están plagados de pequeñas historias e imágenes icónicas:

Dos puertas grandes para La Palmosilla bajo lluvia festiva

La jornada anterior también dejó huella gracias a La Palmosilla, ganadería gaditana que lidió bajo una intensa lluvia pero sin perder ni un ápice el ambiente festivo. La tarde se saldó con dos puertas grandes «de muy distinto color»: mientras un diestro brillaba por su entrega ante un toro complicado, otro cortaba orejas tras faenas más vistosas pero menos profundas según los críticos taurinos locales. Este contraste ilustra bien la variedad emocional que se vive estos días tanto en el ruedo como fuera.

Pamplona: tradición viva entre ciencia y devoción

El ritual diario arranca siempre igual: miles entonan “A San Fermín pedimos…” frente a su hornacina antes del encierro. Aunque muchos creen lo contrario, San Fermín no es el patrón oficial de Pamplona (ese honor recae en San Saturnino), pero sí lo es para toda Navarra junto a San Francisco Javier. El carácter internacional actual se debe en parte a Ernest Hemingway, quien inmortalizó estas fiestas en Fiesta (The Sun Also Rises) y ayudó a convertirlas en icono mundial.

La ciencia también tiene voz estos días: estudios recientes destacan cómo la adrenalina colectiva puede modificar la percepción del peligro e incluso mejorar ciertos reflejos durante la carrera. Y pese a todo —o quizá por ello—, cada año miles repiten experiencia buscando esa mezcla única entre miedo, euforia e historia compartida.

El último adiós: “Pobre de mí…”

Concluido el último encierro —y tras otra noche mágica—, Pamplona entona su canto melancólico: «Pobre de mí…«, despidiendo unos días intensos donde lo sagrado y lo profano se entrelazan sin remedio. Los miuras regresan a casa; los pamploneses ya piensan en 2026. Y así sigue viva una tradición capaz aún hoy —en pleno siglo XXI— de sorprendernos cada mañana.

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