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El toro Islero en Lionares

La muerte de Manolete: la tarde en que el toreo cambió para siempre

La muerte del maestro continúa siendo una herida abierta y un mito que perdura, fundamental para comprender la tauromaquia moderna y la simbología cultural del primer franquismo.

Mario Lima 16 May 2026 - 10:23 CET
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El 28 de agosto de 1947, la plaza de toros de Linares registraba lleno absoluto.

Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, Manolete, treinta años, el torero más famoso del mundo en ese momento, se enfrentaba al quinto toro de la tarde: un miura negro entrepelao llamado Islero.

Nadie en los tendidos podía saber que estaban asistiendo al final de una era. Que aquella tarde cambiaría para siempre la forma en que España miraba a sus héroes.

El hombre que reinventó el toreo

Manolete nació el 4 de julio de 1917 en el barrio de Santa Marina de Córdoba, conocido como el barrio torero, hijo de un matador también apodado Manolete. Creció rodeado de trajes de luces y conversaciones donde el toro era casi una religión.

Su estilo rompió con todo lo anterior. Frente al torero exuberante y garboso de otras épocas, Manolete desarrolló una manera de torear vertical, hierática y austera. Se quedaba quieto como nadie. Apenas se movía. Permitía que los pitones pasaran a centímetros del cuerpo y alargaba el muletazo hasta el límite físico de lo posible. Su expresión grave, su figura estilizada y ese fatalismo casi escultórico forjaron una iconografía que España de la posguerra necesitaba sin saber exactamente qué estaba necesitando.

Tomó la alternativa en 1939 y la confirmó en Madrid al año siguiente. Desde entonces su carrera fue una sucesión de plazas llenas, en España y en América. En México era venerado. Cobró honorarios sin precedentes. En plena posguerra, cuando el país sobrevivía entre el hambre y el gris, Manolete era la prueba de que España podía generar figuras admiradas en el mundo entero.

La tarde de Linares

Islero no era el toro ideal. Un miura negro entrepelao, poco claro en su embestida, posiblemente dañado en los pitones. No ofrecía facilidades. Pero Manolete superó las limitaciones del animal con una faena que los presentes recordarían toda su vida.

Hubo incluso un intento de molinete desde las rodillas, un gesto inusual en su repertorio sobrio, que decía algo sobre la tensión del momento y las ganas de dejar una impronta definitiva en aquella tarde de final de temporada.

El instante culminante llegó con la suerte suprema. Manolete se perfiló muy cerca del toro, cumpliendo los cánones más exigentes. Entró a matar despacio, marcando los tiempos, hundiendo la espada con precisión en el morrillo. En ese mismo instante el pitón de Islero se le clavó en el muslo derecho.

El estoque penetró profundamente en el toro. El pitón se hundió en el torero. El ambiente de la plaza quedó helado.

El cuerpo de Manolete giró sobre sí mismo y cayó hacia adelante sobre la arena. Mientras Islero agonizaba, los presentes comprendieron que algo gravísimo acababa de ocurrir.

La enfermería y la precariedad que mató a un mito

Lo que ocurrió en la enfermería de la plaza de Linares esa tarde ilustra con brutal claridad el estado de la medicina en las plazas de toros españolas de la posguerra: prácticamente inexistente para lo que la gravedad de la herida exigía.

Las crónicas de la época y los testimonios posteriores coinciden en un cuadro de improvisación y carencias que hoy resulta difícil de imaginar. El traslado desde el ruedo fue rápido pero caótico, con dos regueros de sangre marcando el camino sobre la arena. La cornada era profunda y afectaba vasos importantes en la cara interna del muslo derecho, una herida que en cualquier quirófano moderno habría sido tratable. En la enfermería de Linares en 1947 no había los medios necesarios para controlar una hemorragia de esa magnitud.

Se habló de problemas con un plasma posiblemente caducado. Se habló de la imposibilidad de realizar las intervenciones que la herida requería con el material disponible. Las plazas de toros de la época tenían enfermerías que eran poco más que salas de curas con instrumental básico, sin capacidad quirúrgica real, sin banco de sangre, sin los recursos mínimos para tratar una cornada en vasos femorales. Los médicos presentes hicieron lo que pudieron con lo que tenían. No era suficiente.

Las palabras que Manolete dirigió a su médico, el doctor Luis Jiménez Guinea, han pasado a la historia del toreo:

«Don Luis, no siento la pierna»

«Don Luis, no siento la otra»

«Don Luis, no veo»

Falleció en la madrugada del 29 de agosto de 1947. Tenía treinta años.

El impacto en una España que necesitaba sus héroes

La conmoción que produjo la muerte de Manolete en la sociedad española de 1947 es difícil de dimensionar desde el presente. Hay que entender el contexto: una España de posguerra, hambrienta, aislada internacionalmente, devastada moral y materialmente por tres años de guerra civil y una dictadura que llevaba ocho años construyendo su propio relato de héroes y sacrificio.

Manolete no era solo un torero. Era el símbolo de que España podía producir genios reconocidos en el mundo entero. Era el espectáculo que permitía olvidar durante una tarde el hambre y la grisura de la posguerra. Era el héroe vivo que el franquismo había incorporado a su iconografía de poder, disciplina y sacrificio.

Cuando murió, el luto fue nacional y genuino. Las colas para ver su capilla ardiente en Córdoba fueron interminables. Los testimonios de la época hablan de una pena colectiva que iba más allá de la admiración por un deportista: era el duelo por algo que España sentía que le pertenecía y que de repente había perdido. En los bares, en las plazas, en las casas, la gente lloraba a un hombre al que nunca había conocido personalmente pero al que sentía como propio.

La radio, que era entonces el único medio de comunicación de masas verdaderamente nacional, difundió la noticia con la solemnidad de un acontecimiento de estado. Los periódicos dedicaron portadas que en otras circunstancias habrían estado reservadas para los grandes eventos políticos. Manolete muerto era noticia de primera página en todo el mundo hispanohablante.

Islero: el toro que cargó con la historia

Tras la tragedia, Islero quedó grabado en la memoria colectiva con una intensidad que ningún otro animal de la historia taurina ha alcanzado. De él nació la expresión «ser el toro que mató a Manolete», para señalar a quien recibe culpas desmesuradas e injustas, al chivo expiatorio que carga con responsabilidades que van más allá de lo que hizo.

Los restos del toro también entraron en la leyenda. Durante años se exhibió en el restaurante Casa Parrondo de la calle Trujillos de Madrid una osamenta identificada como la cabeza del toro. Una reliquia taurina que generaba reportajes, visitas y conversaciones. En el museo de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla se conserva disecada la cabeza de Islera, madre de Islero, sacrificada según la antigua costumbre taurina de matar a la madre del toro que había matado a un torero. El drama repartido entre lo popular y lo solemne: el hijo en un bar de Madrid, la madre en un museo de Sevilla.

El mito que no se apaga

Décadas después, Manolete sigue presente en el lenguaje cotidiano español, en la memoria del toreo y en ese mosaico simbólico que define lo que España ha sido y ha querido ser. Su estilo vertical, esa manera única de quedarse en el sitio mientras el toro pasaba rozando el traje, sigue siendo referente técnico y moral para los toreros de hoy.

Murió en una enfermería de pueblo con instrumental insuficiente, de una herida que la medicina moderna habría tratado con posibilidades razonables de supervivencia. Esa es quizás la parte más cruel de la historia de Manolete: que Islero no lo mató solo. Lo mató también la precariedad de su tiempo.

Tenía treinta años y era el mejor del mundo. En Linares, el 28 de agosto de 1947, el toro más peligroso resultó ser la época en que le tocó vivir.

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