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‘El lindo don Diego’ y los placeres del teatro clásico

Notable puesta en escena de esta gran comedia barroca

José Catalán Deus 04 Feb 2013 - 19:18 CET
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La Compañía Nacional de Teatro Clásico dedica su segunda de las cuatro entregas de esta temporada a ‘El lindo don Diego’ de Agustín Moreto, una comedia de enredo publicada en 1662 que puede seguir presumiendo por los siglos de los siglos de una buena construcción y un excelente texto. Si se representa con esmero en una producción de calidad no puede fallar. Y es lo que sucede en esta, bien dirigida por Carles Alfaro, bien interpretada por un buen elenco y bien montada por un competente equipo. Sólo por gozar del castellano deslumbrante de sus parlamentos en verso, ya merecería la pena.

Moreto, cronológicamente el último de los grandes autores del teatro barroco español del Siglo de Oro, ha sido acusado de copiar ideas ajenas a lo largo de su producción dramática y desde luego que en este caso la sospecha tiene cierta base. ‘El lindo don Diego’ se parece y mucho a ‘El Narciso en su opinión’, de Guillén de Castro, lo que podemos afirmar no por nuestros escasos conocimientos librescos sino porque hace tan sólo tres temporadas pudo verse en la sede siempre provisional de la CNTC, concretamente en enero de 2010 y en una gran versión de la compañía valenciana Teatres de la Generalitat (ver nuestra reseña de entonces). Don Diego se parece mucho, pero que mucho al don Gutierre de Guillén escrito medio siglo antes.

Bueno, estas cosas han pasado y hasta pasan en la cartelera de estos días, así que no nos vamos a escandalizar a los tres siglos y medio. Dos pimpantes caballeros burgaleses vienen a Madrid en busca de esposa. Su tío Don Tello planea casarles con sus hijas, a don Mendo con Doña Leonor y a don Diego con Doña Inés. Naturalmente, esta tiene un novio, don Juan, que pone el grito en el cielo. resulta que Mendo no está nada mal y Leonor acepta la jugada. Pero Diego… Diego es un caso clínico, un pedante vanidoso que se cree el más guapo y se pasa el día atildándose y atusándose ante el espejo. Todos los esfuerzos de Inés para hacerle comprender que le parece un fatuo mamarracho son inútiles así que decide encargar a su sirviente Mosquito que le tienda una trampa disfrazando a su novieta Beatriz, criada también de la casa, de marquesa onubilada por la rubias melena y los zapatones con lazo del lindo don Diego. Tras casi dos horas de malentendidos y tretas, y cuando la sangre ya va a llegar al río, se aclara todo felizmente y cada oveja se enrroca con su pareja, Leonor con Mendo, Inés con Juan, y Mosquito con Beatriz. Don Tello queda contento y Don Diego en el más absoluto de los ridículos.

Inés no puede soportar la suprema vanidad de Diego y para humillarle le tiende una trampa, haciéndole creer que Beatriz, la novia de su sirviente Mosquito, es una condesa de gran alcurnia. Diego cree la broma e intenta seducir a Beatriz, pero es sorprendido por Don Tello, que le reprocha la infidelidad. Diego reacciona airado, anunciando su matrimonio con quien cree mujer de noble cuna, lo que desencadena el permiso paterno para el amor entre Inés y Juan. Diego, sin embargo, trama su venganza deslizando que Beatriz fue amante de Juan, y éste le reta a duelo. Diego consigue que su lugar en el lance sea ocupado por Mendo con engaños al hacerle pensar que Juan ama a Leonor. El combate es finalmente detenido por Mosquito, que revela toda la verdad. Mendo y Leonor, Juan e Inés y Mosquito y Beatriz pueden por fin ver cumplidos sus deseos de amor, mientras que la única preocupación de Diego es el daño a su imagen, al conocer que Beatriz es solo una sirvienta.

Con su final feliz, crítica del amaneramiento procedente de la vecina corte francesa que ya hacía estragos entre los recios varones hispanos, apuntes moralistas contra la búsqueda exacerbada del provecho propio y la ambición desmesurada, y triunfo del amor sobre las convenciones y los padres casamenteros, ‘El lindo don Diego’ sería hoy día incomestible si el teatro no fuera la ciencia de las mil maravillas. La versión de Joaquín Hinojosa se escucha con deleite; el asesor de verso de la CNTC se ha ganado el sueldo con creces y el elenco recita con eficacia, puntúa y acentúa con precisión meridiana, y consigue sonar actual con un léxico mil veces más rico. Hay fallos y hay momentos en que a Don Tello o a Beatriz no se les entiende. Pero en general y en su conjunto, ya lo decimos, placer de dioses.

Si el director de una pieza teatral es el único responsable del engarce de todas las piezas visibles e invisibles que componen una puesta en escena, Carles Alfaro debe presidir las felicitaciones. Le hemos visto a menudo en las últimas temporadas, y siempre -¡qué casualidad!- en febrero: con Tío Vania de Chéjov para el CDN en 2008 (ver nuestra crítica); con El arte de la comedia de Eduardo di Filippo en el Teatro de La Abadía en 2010 (ver nuestra crítica); y con Jose K., torturado de Javier Ortiz en la sala pequeña del Español el año pasado (ver nuestra crítica). Puede ser interesante repasar su trayectoria.

Nada que objetar a la escueta, a la par que elegante, escenografía de Paco Azorín. Hemos visto antes esos espejos y esos marcos que pueblan el escenario de ilusiones y alusiones, pero sus alternancias espaciales aportan valor añadido. Ingenioso el sistema de niveles en escena para multiplicar la presencia de los personajes que con sus evoluciones siempre precisas en escena, hacen un mundo donde no hay nada, ni una mesa ni una silla, nada. El vestuario tiene aciertos como el conjunto ferolítico de Inés aunque algunos varones, Don Tello especialmente, van al aire de Zara. Lástima que la trabajada música al no ser interpretada en directo como es marca de la casa en el Teatro Pavón, quede un tanto marginal y marginada, y que resulte también invisible el músico que hace intervenciones en directo. Aquí el director nos ha fallado, porque el compositor Pablo Salinas se ha empleado a fondo: una sección de cuerda con instrumentos de época, completada con clavicémbalo y contratenor para terminar. Además ‘para retratar la psicología de los personajes hemos incluido armónica de cristal y campanas de vidrio con mazas de fieltro y arco. También hemos usado la guitarra eléctrica, e incluso un Orchestrion, autómata musical de comienzos del siglo pasado muy común en los tiovivos y que nos evoca al órgano de teatro de variedades, y al cine mudo.

Y hablemos -bien- de los actores y actrices. Difícil papel el de este Don Diego que tiene que resultar ridículo sin llegar a bochornoso. Lo hace bien Edu Soto. Más fácil es hacer de Don Mendo, pero Cristóbal Suárez esta perfecto. Carlos Chamarro y Óscar de la Fuente bordan esos personajes secundarios tan importantes. Quizás es Don Tello el menos creíble y Don Juan sin duda nuestro favorito dentro del elenco masculino. En cuanto a ellas, estupendas las dos hermanas, -la una, muy exaltada; la otra sutilmente irónica-, y aceptable la Beatriz de Vicenta Ndongo, a la que tocó el personaje más endeble de todos. Un reparto experimentado que demuestra saber.

El lindo don Diego tuvo, desde su estreno, un éxito inmediato que traspasó fronteras: Molière la adaptó en su Princesse d´Elide y se pueden encontrar similitudes en obras de autores ingleses de finales del siglo XVII. Durante el último medio siglo se ha ido reponiendo todas las décadas en nuestros teatros, estando la última a cargo del Taller de Teatro Clásico de Sevilla en 1995.

El autor de la versión cree que esta es una de las piezas más acabadas y mejor construidas de la comedia barroca española, y que ha procurado por encima de todo mantener “el toque Moreto”: sus ingeniosos e hilarantes neologismos, sus “rimas tipo” de asombrosa musicalidad y capacidad expresiva, y su desternillante humor verbal que, estoy seguro, con gusto haría suyo hasta el mismísimo Groucho Marx. Y añade una observación inteligente que merece eco: ¿Qué es lo que nos queda después del feliz final de la comedia? Nos queda, nos quedará, un rato de diversión inteligente, lo que no es poco; pero también, para quien quiera verla, una pincelada de amargura en la implacable soledad de don Diego que, más sólo que nunca en su patético aislamiento, si puede, habrá de reconstruir su despedazada autoestima recurriendo, una vez más, a crearse una falsa realidad que le justifique ante sí mismo. En el fondo, aunque él lo hace hasta límites extremos, más o menos como todos. Como en la vida misma’. Veamos en el lindo don Diego una alegoría a ese yo prefabricado con el que creemos protegernos. Con el buen criterio de no meterse en tales honduras, el público de la sesión a la que asistimos el domingo, que casi llenaba el aforo, aplaudió entusiasmado

VALORACIÓN DEL ESPECTÁCULO (del 1 al 10)
Interés: 7
Texto: 8
Dirección: 7
Interpretación: 7
Escenografía: 7
Producción: 7
Programa de mano: 6
Documentación para los medios: 6


CNTC
Teatro Pavón
‘El lindo don Diego’ de Agustín Moreto
Hasta el 17 de marzo de 2013, precio: 20€

VERSIÓN:  Joaquín Hinojosa
DIRECTOR: Carles Alfaro
ASESOR DE VERSO: Vicente Fuentes
COMPOSICION Y DIRECCION MUSICAL:  Pablo Salinas
ILUMINACIÓN:  Pedro Yagüe
VESTUARIO:  María Araujo
ESCENOGRAFÍA:  Paco Azorín

Elenco
Don Diego : Edu Soto
Don Tello : Javivi Gil Valle
Don Juan : Raúl Prieto
Don Mendo : Cristóbal Suárez
Doña Inés : Rebeca Valls
Doña Leonor : Natalia Hernández
Mosquito : Carlos Chamarro
Beatriz: Vicenta Ndongo
Criado: Óscar de la Fuente

Próxima cita: Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, julio 2013.

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