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Espesa niebla sobre Unamuno

José Catalán Deus 02 Abr 2026 - 19:13 CET
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En el superficial y caótico panorama de la cultura actual -posmoderna, prerracional, anti espiritual y consumista- todo sirve para presunciones impostadas que pretenden innovar estropeando. Y no iba a pasar menos con Miguel de Unamuno y esa novela suya con la que rompió los convencionalismos del género. Esta versión teatral es un chiste malo y largo, otro insulso producto del teatro subvencionado.

‘Niebla’, escrita en 1907 y publicada en 1914, es la historia de Augusto Pérez, un joven rico y culto que en vez de dedicarse a pasarlo bien, le ha dado por buscar el sentido a la vida -vaya por dios, qué ocurrencia- y se pregunta por el por qué de sus actos, de los del prójimo, de la misma existencia, en medio de devaneos amorosos fallidos, espoleado por los discursos rebeldes de su amigo Víctor Goti. Como no entiende nada, visita a un filófo ridículo y luego a un señor que le han dicho que es muy listo, que se llama Miguel de Unamuno y que va a resultar -casualidades de la vida- que es el autor de esta novela de la que Augusto es protagonista. Cuando le revela que él, tan joven, tan rico y tan culto, no es nadie, que no es más que un ente de ficción que depende del autor y al que puede suprimir cuando quiera, el bueno de Augusto queda patidifuso, pero enseguida, como hacemos todos, encuentra argumentos para contentarse, pues quizá el escritor este también sea un personaje creado por alguien, Dios mismo, que terminará con su vida cuando menos lo espere; y Augusto al menos volverá a vivir cada vez que alguien lea su historia, mientras que don Miguel morirá para siempre.

¿Original, no? De esta forma, Unamuno (Bilbao, 1864-Salamanca, 1936) intenta plasmar el encuentro de un creador con su creación simulando la relación dios-criatura; ‘Niebla’ intenta profundizar en la esencia de la vida humana, en esa combinación de azar y destino, en si somos personajes definidos de antemano en la novela de la vida o si tenemos alguna capacidad de modificar nuestro papel. La novela tiene treinta y tres capítulos que podrían dividirse en tres secciones. La primera a partir del momento en el que Augusto conoce a Eugenia y comienza a cortejarla, a cuestionar qué es el amor, qué es la vida e idealiza la imagen de su amada, de quien sólo conoce los ojos. La segunda parte es la convivencia con Eugenia, las visitas frecuentes de Augusto a la casa de los tíos de ella y el desconcierto que le causa el sentirse enamorado de todas las mujeres. Aquí, los cuestionamientos de Augusto sobre su forma de vivir se hacen más profundos, Orfeo -su perro- comienza a establecerse como su fuente de desahogo y Víctor Goti le habla sobre un nuevo género novelístico al que llama “nivola”. Por último, en la tercera parte, tras el desaire de Eugenia al escapar con Mauricio, el protagonista se siente perdido y más aún tras su visita al que resultará autor del texto y dueño de su destino. Cuando el joven le expone su plan de suicidarse, el autor se burla y le hace saber que es un ente de ficción que no tiene poder de elección sobre su existencia. Augusto se rebela y Unamuno lo condena a muerte. A Unamuno no le viene bien abordar el libre albedrío que poseen las vidas humanas a diferencia de los personajes de ficción, y no lo aborda.

Explica Fernanda Orazi que ‘su niebla’ está inspirada específicamente en este personaje. ‘Decidí tomar prestado a Augusto y al universo que su autor va trazando para él y entramarlo en el territorio y el lenguaje de la escena. Nos conmueve porque soporta lo que nosotros no podemos soportar, la certeza de que, en el fondo, en su fondo, no hay algo, que tal vez no es alguien. Augusto, nuestro personaje, se sacrifica por nosotros. Para que podamos ver o escuchar este secreto trágico y no correr a arrancarnos los ojos. No nos conmueve identificarnos con el destino de Augusto, nos conmueve no identificarnos, la visión de una desgracia de absolutamente otro, de un no-hombre’. En su deconstrucción y búsqueda de otros significados que no terminamos de entender, ha destrozado la novela original huyendo de recrearla sobre las tablas como es, como la quiso su autor, y para ello ha suprimido unos cuantos personajes, algunos secundarios y otros principales: Mauricio novio de Eugenia; el mayordomo Domingo y el ama de llaves Liduvina de la casa de Augusto. esta última representando la voz de la experiencia y la sabiduría popular que le aconseja sobre sus relaciones sentimentales; también ha dejado fuera a los tíos de Eugenia con los que vive, y a Margarita, la portera de la casa. Y por si fuera poco, al personaje Unamuno, fundamental componente en el desenlace, el autor de la nivola de la vida de Augusto que tiene el poder de decidir qué sucede con él, pasa a ser el encargado de la representación teatral, un invisible fulano entre bastidores al que apremia Augusto desde el escenario, pero que ni habla ni pasma.

El perro Orfeo, alter ego del protagonista en sus conflictos intelectuales, ya no hace el epílogo de la obra para lamentar que su amo nunca haya entendido el sentido de la vida. El amigo Víctor Goti que nos presentan es un chocarrero andaluz que no se parece en nada al intelectual de la novela, el cual cuando su mujer queda embarazada y la relación entre ellos se vuelve tensa, se rebela contra las normas sociales y propugna una forma literaria llamada “nivola”, una novela de pensamientos sin acción. Y que después, cuando el niño nace, cambia, se siente pleno y satisfecho con su vida cotidiana. Y para remate, Eugenia ya no es profesora de piano y Rosario ya no es planchadora, y ambas son personajes balbuceantes e incoherentes.

La puesta en escena está a la altura del batiburrillo de la versión. Y ambas resulta en fracaso clamoroso. Con una escenografía de Cecilia Molano consistente en mover un árbol, un diván y un cuadro con nubles blancas sobre cielo azul inspirado en Magritte, en manejar los focos por el escenario y en frecuentes incursiones sin sentido de los personajes por la platea, la directora busca que los actores resulten incongruentes, ajenos a sus personajes, y estallen continuamente en risotadas y aplausos ante la estupefacción de Augusto, con el que Juan Paños cumple su difícil cometido, Pablo Montes como el chocarrero amigo Víctor y Javier Ballesteros como el pretencioso perro Orfeo también cumplen en hacernos antipáticos a sus personajes, y ya adelantamos que Leticia Etala de Eugenia y Carmen Angulo de Rosario no salen de un hieratismo que quiere ser enigmático y solo es chocante.

Sinceramente, pensamos que Fernanda Orazi no ha entendido la novela y la ha aderezado con ocurrencias suyas que no compartimos. Quizás modestamente debamos recordar los fundamentos: Nivola es el neologismo creado por Unamuno para referirse a sus propias creaciones de ficción narrativa, para representar su distancia con respecto a la novela realista imperante a finales del siglo XIX.

El término aparece por primera vez como subtítulo en la portada de esta novela, Niebla. Con ello, el escritor quería expresar su rechazo hacia los principios dominantes en la novela realista: la caracterización psicológica de los personajes, la ambientación realista, la narración omnisciente en tercera persona… Lean lo que dice en el prólogo: ‘He oído también contar de un arquitecto arqueólogo que pretendía derribar una basílica del siglo X, y no restaurarla, sino hacerla de nuevo como debió haber sido hecha y no como se hizo. Conforme a un plano de aquella época que pretendía haber encontrado. Conforme al proyecto del arquitecto del siglo X. ¿Trompeta? Desconocía que las basílicas se han hecho a sí mismas saltando por encima de los planos, llevando las manos de los edificadores. También de una novela, como de una epopeya o de un drama, se hace un plano; pero luego la novela, la epopeya o el drama se imponen al que se cree su autor. O se le imponen los agonistas, sus supuestas criaturas. Así se impusieron Luzbel y Satanás, primero, y Adán y Eva, después, a Jehová. ¡Y esta sí que es nivola, u opopeya o trigedia! Así se me impuso Augusto Pérez. Esta ocurrencia de llamarle nivola –ocurrencia que en rigor no es mía, como lo cuento en el texto– fue otra ingenua zorrería para intrigar a los críticos. Novela y tan novela como cualquiera otra que así sea. Es decir, que así se llame, pues aquí ser es llamarse. ¿Qué es eso de que ha pasado la época de las novelas? ¿O de los poemas épicos? Mientras vivan las novelas pasadas vivirá y revivirá la novela. La historia es resoñarla’.

Y más adelante, ya en la novela, en el capítulo XVII, da la siguiente etimología en la voz de Victor: ‘Pues le he oído contar a Manuel Machado, el poeta, el hermano de Antonio, que una vez le llevó a don Eduardo Benot, para leérselo, un soneto que estaba en alejandrinos o en no sé qué otra forma heterodoxa. Se lo leyó y don Eduardo le dijo: «Pero ¡eso no es soneto! No, señor —le contestó Machado—, no es soneto, es… sonite». Pues así con mi novela, no va a ser novela, sino… ¿cómo dije?, navilo… nebulo, no, no, nivola, eso es, ¡nivola! Así nadie tendrá derecho a decir que deroga las leyes de su género… Invento el género; inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me place. ¡Y mucho diálogo!’. En el prólogo-epílogo de la segunda edición de otra de sus nivolas, ‘Amor y pedagogía’, las define como ‘relatos dramáticos acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos en que suelen faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad’. Las nivolas de Unamuno (también lo son Abel Sánchez y La tía Tula) dan prioridad al contenido sobre la forma, con escaso desarrollo psicológico de los personajes, ‘planos’ frente a los «personajes redondos», con muchas facetas, que predominan en las novelas realistas, solo encarnaciones de una idea o una pasión, que les impedirá relacionarse con el mundo con normalidad. Y de gestación «vivípara»: en palabras del propio Unamuno, frente a la lenta y progresiva producción de las novelas realistas («gestación ovípara»), es decir, un nacimiento apresurado y no precedido de una larga época de preparación, documentación y planificación.

De Unamuno se podría hablar mucho, y se debería porque el premio nobel Pirandello escribió ‘Seis personajes en busca de autor’ en 1921, y Sartre ‘La nausea’ en 1938. No le conocemos y de repente descubrimos que escribió en ‘El sentimientyo trágico de la vida’ que ‘el hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo, muere—, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, ese hombre concreto, de carne y hueso como yo, como tú, lector mío, aquel otro de más allá, cuantos pensamos sobre la tierra. El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo o sentimental. Y acaso lo que de los demás animales le diferencia sea más el sentimiento que no la razón’. Lástima que no podamos celebrar la llegada de ‘Niebla’ a los escenarios.

Aproximación al espectáculo (valoración del 1 al 10)
Interés: 4
Versión: 4
Dirección: 5
Interpretación: 6
Montaje escénico: 5
Producción: 5
Información a los medios: 7
Programa de mano: 7

Sala Max Aub (Nave 10 Matadero)
Niebla
de Fernanda Orazi
Del 20 de marzo al 12 de abril de 2026

Versión: Fernanda Orazi a partir de ‘Niebla’ de Miguel de Unamuno
Dirección: Fernanda Orazi

Reparto:
Carmen Angulo – Rosario
Javier Ballesteros – Orfeo
Leticia Etala – Eugenia
Pablo Montes – Víctor
Juan Paños – Augusto

Iluminación: David Picazo
Música original y espacio sonoro: Javier Ntaca
Escenografía y vestuario: Cecilia Molano
Producción: NAVE 10 | Matadero, Buxman Producciones y Pílades Teatro
Distribución: Elena Martínez (Elena Artes Escénicas)
De martes a domingo | 19:30h.

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