Más información
Cuando alguien ha de acudir a una entrevista que le interesa se viste con sus mejores ropas, se acicala cuidadosamente y comprueba todos los detalles, para asegurarse de que todo está en orden. Lo que olvida muy a menudo esa persona es que lo más información va a ofrecer sobre ella es su lenguaje. Y éste no puede ser otro que el que usa cotidianamente, pero hablar bien no cuesta tanto.
Expresar lo que se quiere decir del modo más claro posible y con el menor número de palabras es un arte al alcance de todos, basta con quererlo y procurarlo. El idioma es una herramienta común. Si no se respetaran las reglas y se hablara de cualquier modo, al final no habría forma de entenderse. Resolver las dudas que suscita el uso de la lengua, interesarse por las curiosidades y las etimologías es un modo de ahondar en el respeto por uno mismo y por los demás.
En la presentación del libro, dice el autor que en muchos medios impera la zafiedad y que quienes, por ser su herramienta principal de trabajo, tienen la ineludible obligación de conocer el idioma y todos sus entresijos, demuestran a diario su descuido y su desinterés, de tal modo que lo que hacen es deformar, envilecer y embrutecer el lenguaje. Añade además, con palmaria razón, que desde la radio o la televisión se hace más daño al lenguaje que desde la prensa escrita.
En esta misma presentación dice que quienes escogen a los profesionales de los medios hablados deberían dejar de lado el nepotismo y el enchufismo, dada la trascendencia de esos puestos. Con ello ha hecho una radiografía precisa del país, puesto que si en esos sitios, tan a la vista de todos, se siguen esas prácticas da miedo pensar en lo que puede ocurrir en otros lugares más opacos, como los hospitales o los ministerios, pongamos por caso.
Quiero referirme a una frase que se repite machaconamente en los medios, sin que a ningún director se le ocurra ponerla en alguna de esas listas negras en las que se incluyen a personas en lugar de locuciones incorrectas, y que es “volumen de operaciones en bolsa”.
Yo uso gafas y cuando compré las últimas, quien me las vendió se empeñaba en decir “gafa”. Tanta insistencia me hizo dudar. Los vendedores de gafas pueden salir de esa y de otras dudas con este libro.
El autor da también su opinión sobre el término “restaurador”, acerca del que ya dictaminaron, cada uno de modo diferente, Camilo José Cela y Fernando Lázaro Carreter.
Al final de libro hay unos índices muy útiles a la hora de buscar cualquiera de las palabras o frases tratadas rápidamente. Y, tras su lectura, queda la sensación de que el autor del libro tiene méritos más que suficientes para estar en la RAE.

Ficha técnica
Título: Hablar bien no cuesta tanto
Autor: Pancracio Celdrán Gomariz
Editorial: Temas de Hoy
480 páginas
Más en Libros
CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL
QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE
Buscamos personas comprometidas que nos apoyen
CONTRIBUYE
Home