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Billy Budd y la maldad del prójimo

Máximo de espectacularidad en esta ambiciosa producción de una ópera del siglo XX

José Catalán Deus 08 Feb 2017 - 18:23 CET
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Se han unido cuatro importantes cosos operísticos para ofrecernos una ambiciosa producción de esta ópera en la que Benjamin Britten osó insinuar un trágico triángulo homosexual a bordo de una fragata de guerra a finales del siglo XVIII. Lo hizo sobre un libreto que aplanaba la complejidad de los caracteres de la novela póstuma e inacabada de Herman Melville. Con excelente realización musical y espectacular puesta en escena, Billy Budd es un considerable tostón de extensos recitados, orquestación fabulosa y algunos momentos de bellísima música.

Melville llevó una vida desgraciada y murió incomprendido, para convertirse con el tiempo en autor de culto. Su relato “Billy Budd Marinero” narra la historia de un muchacho ingenuo y lleno de buenos propósitos que se enfrenta con el clima opresivo y agobiante de una travesía en alta mar, en medio de un colectivo humano nada ‘friendly’, alegoría tal vez del carácter cerrado, enigmático e inhumano que el mundo tuvo para su autor. Un suboficial envidioso acusa a Billy Bud de preparar un motin, y el capitán le manda llamar para carear a ambos, inclinándose por la inocencia del acusado y sin disimular su antipatía por el acusador. Billy Budd, tartamudo, no acierta a contestar, y reacciona matando al acusador de un puñetazo. El capitán refrenda la pena de muerte de un dubitativo consejo de guerra, y Billy sube a la horca venerado por sus compañeros, casi como Jesús crucificado.

Britten y sus libretistas eligieron una de sus posibles lecturas, la de clave homosexual, y poco a poco la pieza se ha ido convirtiendo en un manifiesto del gay power en la escena cultural internacional. La directora de escena Deborah Warner insiste ostensiblemente en esta visión y con ello comete el grave error de eclipsar la más completa de las lecturas, la de que Melville escribió una metáfora bassada en su propia experiencia de cómo los mejores de nosotros despiertan la envidia malvada del resto y son destruidos irremisiblemente, porque el mal está en todos lados y triunfa casi siempre en la sociedad.

Sería nuestra principal objección a esta puesta en escena, una objección digamos de principios, que se complementa con otra objección formal; que el montaje es espectacular y hasta grandilocuente, un apabullante despliegue de técnica y medios que sin embargo tiene la ‘no-virtud’ de enmarañar el escenario y priorizar el deambular incomprensible de una multitud exagerada de tripulantes, dentro del que ‘navegan’ un tanto huérfanas las escenas importantes.

El escenógrafo Michael Levine a fuer de ser original convierte una fragata de antes de la navegación a vapor en una plataforma inmensa, artilugio que sube y baja a las alturas poblado de un caprichoso bosque de cables, salpicado de escotillas por las que que aparecen escaleras que suben cuando se desciende a las bodegas y bajan cuando hay que trepar al palo mayor. No hay velas propiamente dichas, ni cañones, ni hay mar, ni hay barco. La imaginación es libre y se puede proponer lo que se quiera  para sugerir cualquier cosa encima de un escenario: siempre que ayude a entender y no provoque mayores confusiones. Riesgo que superó mejor en su también alambicada propuesta en este mismo escenario de un Rigoleto en 2009 (ver nuestra reseña de entonces).

Ivor Bolton, director musical del Teatro Real, empuñaba por primera vez la batuta en esta temporada, y lo hacía de forma sobresaliente. Consiguió una de las mejores actuaciones de la orquesta titular en los últimos tiempos, y su conocimiento de la partitura brilló en la perfecta conjunción con las voces, en las muchas complejidades bien entendidas, en los meandros que llevan del estruendo a lo sutil en una pieza nada fácil de ejecutar.

La selección de voces se convirtió en uno de los principales atractivos del espectáculo y la avalancha de voces masculinas -5 tenores, 8 barítonos, 1 bajo-barítono y 3 bajos- fue gloriosa, encabezada por el barítono Jacques Imbrailo, el tenor Toby Spence y el bajo Brindley Sherratt, en los papeles del cándido Billy, el rígido capitán Edward Fairfax Vere, y el malvado capataz -aquí denominado maestro de armas- John Claggart. A pesar de que el primero es el héroe oficial, en realidad es mayor protagonista el segundo a cuenta del dilema moral que personifica. Los impresionantes coros masculinos, con unos ochenta bigardos en escena, completaron con gran interpretación el generoso despliegue de voces varoniles que comporta esta obra.

Britten revisó la pieza más de una década después de su estreno dejando en dos los cuatro actos originales. Aún así son 165 largos minutos de música que con un inevitable intermedio convierten la velada en una prueba de resistencia de tres horas y cuarto que podría muy bien ser aligerada en sus más soporíferos vericuetos. En el prólogo, el capitán Vere inicia su parlamento diciendo: ‘Soy un viejo que ha vivido muchas experiencias’. El joven y rubicundo tenor que lo interpreta debiera haber sido someramente carcterizado.

En el inicio del acto cuarto, el protagonista entona una de las más hermosas arias para barítono, ese emocionante ‘Through the port comes the moon-shine astray!’ que junto a la media docena de efusiones orquestales a modo de operturas que Britten se permite, son los momentos musicales álgidos de esta obra, cuyo libreto ha sido muy celebrado, pero incluye ese «Starry Vere, God Bless you!», bendiciendo a su verdugo, que pronuncia el reo al subir a la horca, que es una de las mayores absurdeces argumentales de la inmensa colección que puebla el género.

Esta ópera se representa poco, con tan sólo 16 representaciones entre 2005 y 2010. Es la máxima preferida del director artístico Joan Matabosch, o así al menos lo ha dejado escrito. Y se entiende su programación, la cuarta ópera de Britten en el Real en estas dos últimas décadas, aunque a nuestro modesto parecer, por ser más pretenciosa y querer servir a una tesis previa, es inferior a ‘The turn of the screw’, aquella inolvidable vuelta de tuerca que pudimos ver en 2010 a cargo de Josep Pons y David McVicar, recoleta y sutil, casi en las antípodas de esta grandilocuente tragedia (ver nuestra reseña de entonces).

Serán un total de diez funciones. En la del lunes pasado, el lleno fue absoluto, los aplausos se prodigaron a lo largo de la representación, y las ovaciones finales sonaron a sentidas, incluida la muy destacada y destacable a Deborah Warner, responsable de la puesta en escena. Quizás lo más sentido de una velada en la que una excelente partitura y un argumento bien trágico al servicio de un espectáculo al mayor nivel posible hoy en los escenarios, no consiguieron en ningún momento emocionarnos y mucho menos conmovernos.

Aproximación al espectáculo (valoración del 1 al 10)
Interés: 8
Dirección musical: 9
Dirección artística: 8
Voces: 8
Interpretación: 8
Escenografía: 7
Orquesta: 8
Coro: 8
Producción: 8


Teatro Real
BILLY BUDD
de Benjamin Britten (1913-1976)
Ópera en dos actos
31 de enero; 3, 6, 9, 12, 15, 18, 22, 25, 28 de febrero

Libreto de Edward Morgan Forster y Eric Crozier,
basado en la obra homónima de Herman Melville
Estrenada en la Royal Opera House de Londres el 1 de diciembre de
1951 (primera versión) y el 9 de enero de 1964 (versión revisada)
Nueva producción del Teatro Real, en coproducción con la
Ópera Nacional de Paris, la Ópera Nacional de Finlandia
y Ópera Roma

Equipo artístico

Ivor Bolton – Director musical
Deborah Warner – Directora de escena
Michael Levine – Escenógrafo
Chloé Obolensky – Figurinista
Jean Kalman – Iluminador
Álvaro de Luna – Video de escena
Kim Brandstrup – Coreógrafo
Andrés Máspero – Director  del coro
Ana González – Directora del coro Pequeños Cantores

Reparto

Jacques Imbrailo, barítono – Billy Budd
Toby Spence, tenor – Edward Fairfax Vere
Brindley Sherratt, bajo – John Claggart
Thomas Oliemans, barítono – Mr. Redburn
David Soar, bajo – Mr. Flint
Torben Jürgens, bajo – Teniente Ratcliffe
Christopher Gillett, tenor – Red Whiskers
Duncan Rock, barítono – Donald
Clive Bayley, bajo –  Dansker
Sam Furness, tenor – El novato
Francisco Vas, tenor – Squeak

Manel Esteve, barítono – Bosun
Gerardo Bullón, barítono – Primer oficial
Tomeu Bibiloni, barítono – Segundo de a bordo
Borja Quiza, barítono – Amigo del novato
Jordi Casanova, tenor – Gaviero
Isaac Galán, barítono – Arthur Jones

Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real
Pequeños Cantores de la Comunidad de Madrid

Duración aproximada
3 horas y 15 minutos
Acto I: 1 hora y 25 minutos
Pausa de 25 minutos
Acto II: 1 hora y 20 minutos.
 

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