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Haití: aprender de los errores

Reflexión la eficacia de las actuaciones una semana después del seísmo

20 Ene 2010 - 17:48 CET
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Haití, o la reconstrucción de un Estado

Objetivo: que Haití no sea una nueva tragedia olvidada

La imagen de sorpresa y satisfacción de mi hija, al ver las cestas llenas de billetes tras la colecta para Haití en la misa del domingo, se me ha quedado grabada y me suscita permanentes reflexiones. ¿Se utilizará el dinero para ayudar a los necesitados? ¿Qué hay que hacer para que llegue? ¿Cómo desmontar los argumentos de quienes justifican su falta de solidaridad amparándose en algunos casos de despilfarros ocurridos?

La ayuda a Haití es urgentísima. Hay que hacerlo. Cuanto más mejor y todo será poco. Pero vayamos tomando nota de algunos errores cometidos, que nos sirvan de reflexión para hacerlo mejor en algún otro momento que pueda ser necesario.
La ayuda ha tardado en llegar. Y creo que no sirve de excusa el hecho de que haya habido saqueos. ¿Acaso no eran previsibles? ¿No han ocurrido en circunstancias similares? ¿Qué puede hacer gente que ha perdido absolutamente todo?

Cuando llegaron los equipos de emergencia y sanitarios les desbordaron las circunstancias. Las autoridades locales habían desaparecido. Una ONU descafeinada ni supo ni pudo ser alternativa. Y cuando el ejército americano decidió proteger el reparto de la ayuda las autoridades francesas les acusaron de invasión. Miserable comportamiento de quien víctima de los celos y la envidia ni hace ni deja hacer. Como la del gobierno español, que no tenía sitio en los aviones de ayuda para el SAMUR de Madrid. ¿Por ser de otro color político?

Ojalá nunca más sea necesario un despliegue de medios como el que ahora se requiere en Haití. Pero, por si acaso, una sociedad madura y responsable necesita una ONU fuerte, con medios y con autoridad. Necesita unos políticos limpios que no busquen sino prestar la ayuda requerida con la mayor eficacia posible y sin condicionarla a sus intereses partidistas. Necesitamos unos ciudadanos responsables que llenen las cestas con dinero para ayudas solidarias y que demanden a los gobiernos y ONGs transparencia de cómo se gestiona su dinero, para que nadie pueda ampararse en el escepticismo sobre el destino final del mismo.

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