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"Fui amenazado de muerte y tuve mucho miedo, porque sabía que me iban a matar"

Christopher Hartley: «A los explotadores siempre los cito por su nombre: son las familias dominicanas Fanjul, Vicini y Campollo»

El misionero expulsado de Dominicana y, ahora, en Etiopía: "No soy Batman con alzacuellos"

José Manuel Vidal 10 Dic 2012 - 11:45 CET
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Jesús García narra la odisea del misionero Hartley Sartorius en República Dominicana

Christopher Hartley es un cura aventurero. Desde el Bronx a Etiopía, pasando por República Dominicana. El libro «Esclavos en el paraíso« (Libros Libres), de Jesús García, habla, precisamente, de los haitianos que van a trabajar a República Dominicana para la zafra. Como esclavos del siglo XXI. » Allí, el lujo desaforado y la infamia humana vivían pared con pared» cuenta el padre Hartley, que cita por su nombre a los explotadores: las familias Fanjul, Vicini y Campollo. Por este tipo de denuncias fue expulsado del país, y ahora sigue luchando contra otra clase de injusticias…en Etiopía.

¿Cómo llegaste a Etiopía?

Mi vocación es, como dicen en Star Wars: «Ir donde no había ido nadie». De hecho, a Etiopía llegué después de estar en la República Dominicana, en una zona en la que no se daba misa desde que se bautizó Cristóbal Colón. Sólo me sabían decir «Nous somme catolliques», y casi en menos de 6 años celebré 10 mil bautizos. Nadie había penetrado en estas plantaciones, por el terror que inspiran las familias de haitianos en la República Dominicana, a las que se trata con desprecio y racismo. La mayoría de los dominicanos ni siquiera sabe que esos seres humanos existen. Yo mismo, siendo el párroco del lugar, tardé 3 años en detectar todos los núcleos que hay entre los cañaverales. Luego me fui a Etiopía, de la que por aquel entonces no sabía ni con qué países limitaba. No sabía dónde había aterrizado. Una vez allí fui al convento de las Misioneras de la Caridad, a preguntarle a la superiora dónde podía ir. Me daba igual, desde Mongolia hasta Patagonia, me daba completamente igual. Sólo quería un sitio donde nunca se hubiera anunciado a Cristo.

¿Ésa era tu premisa?

Sí, ir donde no hubieran ido. Pero claro, me hubiera encantado no ir solo como un francotirador, sino apoyado por una comunidad de religiosos. Por eso acudí a ellas, porque conozco bien cómo trabajan, al igual que conocí bien a la Madre Teresa de Calcuta, que me regaló el cáliz de mi ordenación.

¿Es tan santa como dicen?

Es mucho más santa de lo que dicen. Yo fui el primer sacerdote que ella llevó a Albania, y he vivido historias increíbles que dan muestra de la grandeza de esa pequeña mujer.
Aquel día me quedé mirando la pared, donde había un mapa de Etiopía con 17 alfileres. Las monjas seguían hablando entre ellas, y entonces le pregunté a la provincial que por qué en la parte oriental de Etiopía no había casas. Se me quedó mirando como a un analfabeto, y me dijo: «Padre, ahí nunca ha ido la Iglesia. Eso es todo territorio musulmán». Entonces, el miura vio la capa roja. Me levanté, fui al mapa, y dije en alto la palabra que vi en negrita, en la zona que había señalado: Gode. Las hermanas tenían la mandíbula pegada al pecho.
En Etiopía hay 54 millones de ortodoxos, pero la Iglesia católica es muy pequeña. Los musulmanes son una minoría gigantesca (alrededor del 35% de la población). Y los católicos 0.7%. Sólo hay 14 obispos, y es un país gigantesco. Entonces fuimos a hablar con el arzobispo, y él escribió una carta para Cañizares, para que me dejara marchar allí. Cuando nos despedimos, me dijo que yo tenía la obligación, en conciencia, de decirle a mi obispo que era un sitio peligrosísimo. Así volví a Toledo, a reunirme con don Antonio Cañizares, que en esa época era arzobispo de Toledo. A él cualquier plan apostólico medianamente sensato le parece estupendo, así que me dio su triple bendición. Cuando estaba ya en la puerta para irme, le dije lo que me había encargado el arzobispo de Addis-Abeba, y don Antonio me dio una palmada en la espalda y me dijo: Razón de más para rezar por ti.

¿Es peligroso por Al Shabaab?

Sí, por la guerrilla. Yo veo pasar los tanques delante de mi casa.

¿Está la guerrilla conectada con Al Qaeda?

Sí. Yo vivo en la región somalí de Etiopía, que étnica y religiosamente pertenece a los mismos grupos que Somalia. Son los mismos clanes, como si no existiera la raya pintada en el mapa. El 75% de esa población es nómada, y unos días están en Somalia y otros en Etiopía. No entienden de eso. Esa línea la dibujó Gran Bretaña en el siglo XIX.

¿Conseguiste llevar a las monjas contigo?

Todavía no hay una casa definitivamente fundada, porque tienen bastantes en lista de espera, pero ya he tenido a 8 de ellas colaborando conmigo en diferentes momentos. El año pasado, de octubre a diciembre, estuve con 4 hermanas en un campamento de 20.000 refugiados en la misma línea de la frontera, cuando las sequías y las hambrunas. Ahí estuvimos recibiéndolos, tirados en el suelo y rodeados de milicias con AK-47, en medio de la nada, y las religiosas hicieron un trabajo médico extraordinario.

¿Y en tu día a día, de quién estás acompañado?

Tengo 6 católicos que conozco, y a veces algún miembro de alguna ONG. Pero, en los 5 años que llevo allí, he visto cambiar muchas veces a los de las ONGs, porque nadie quiere estar ahí. Es un lugar infame, donde no hay nada que hacer, ninguna diversión. Es muy duro. El clima también es inhóspito. Son olas de polvo que te entra por todos lados, un calor continuo que no baja de los 30 grados (por la noche), sin electricidad… Yo soy un afortunado porque tengo un panel solar que me da para cargar una bombilla de bajo consumo, pero la mayoría de la población tiene un generador para toda la ciudad.

¿O sea que estás dando testimonio cristiano en medio del desierto, al estilo de Charles de Foucauld?

Eso es. Cuando a mí me preguntan que qué hago ahí, que si no sería más útil a la Iglesia en otro sitio… contesto que yo estoy ahí para que pueda estar Él. Mientras que yo estoy aquí sentado contigo, en mi casa hay un sagrario vacío. Y lo más grande que puedo hacer yo en la vida es celebrar misa. No voy a hacer nada más importante por nadie, ni delante de Dios ni delante de los hombres, que la misa que celebro solo desde hace 5 años. Yo solo diciendo «la paz contigo, Gode. La paz contigo, Somalia».
El 99% de la población es musulmana, pero yo creo que aquello que dice el Evangelio de que los cojos andan y los ciegos ven. Lo que se llama en teología testimonio de credibilidad. Cuando los discípulos corrieron al sepulcro vacío, el Evangelio dice «vieron, y creyeron». Siempre pensamos que la fe es lo que no se ve, pero ellos creyeron porque vieron.

Signos que no mides por su eficacia, imagino, porque los musulmanes no se convierten al cristianismo.

Para nada. Pero sí hay muchos musulmanes que me dan las gracias por estar ahí.

¿Se podría decir que estás haciendo ecumenismo?

Sí. El ecumenismo es entre bautizados, técnicamente. Esto es gente que no ha conocido a un cristiano, que trashuma con sus camellos buscando agua en una zona desértica. A mí el gobierno me ha donado 7 hectáreas cerca del río, un terreno gigantesco donde estamos construyendo un comedor de niños, a 90 kilómetro de donde también hemos construido una escuela. Yo llegué allí porque me perdí, y el pueblo entero me rodeó el vehículo porque jamás habían visto a un blanco.

¿Qué dices cuando te preguntan quién eres?

Digo que soy cristiano, solamente. Ellos no tienen nuestras categorías, así que me dicen: «Ah, eres un sheik cristiano». Ésa es la figura de su líder religioso. Durante la primera media hora les sorprende, pero cuando ven que me meto en sus casuchas, que sonrío, que juego con los niños, que me siento con ellos y les pregunto por su cotidianeidad… se alegran y son muy agradecidos.

¿Lo que pretendes, sencillamente, es hacer presente a la Iglesia?

Sí. Hay un axioma teológico que dice que, donde hay eucaristía, está presente la Iglesia. Por tanto, la Iglesia está donde hay eucaristía. Estoy ahí para hacer presente a Jesucristo. Ojalá me pueda yo apuntar a la lista de los grandes misioneros, aunque sea el último de la cola. Los grandes testigos de Jesucristo no preguntan «¿eres católico?» cuando te ven desnudo.

De la República Dominicana te tuviste que ir, te echaron. Te expulsó el gobierno, pero el cardenal también te denunció.

Sí. Yo llegué a la República Dominicana en el año 97, invitado por un sacerdote gaditano, íntimo amigo mío, que estaba allí desde el 95. Yo acababa de terminar el doctorado en Teología en la Gregoriana de Roma, y había vuelto a Nueva York a ser el párroco de la actual catedral de San Patricio, en Maniatan. Mi amigo me insistía porque una parroquia cercana a la suya llevaba 10 años sin sacerdote, así que fui a pedir permiso al cardenal.

¿Siempre quisiste ser misionero?

Siempre. Lo llevaba en el corazón, aunque no sabía bien cómo verbalizarlo. Tampoco me vi nunca otra cosa que no fuera diocesano, curiosamente. Yo quería mucho mi diócesis, mi seminario, con la gente que me formé. Estaba muy apegado a mi directorio espiritual, a mis amigos… Éramos una familia. Y mi vocación de irme fuera también la tuve clara siempre. Yo sólo he sido cura en España durante 22 meses (párroco de 5 pueblos de Toledo, cuando era muy jovencito, donde cometí mis primeros errores, de lo que me arrepentiré y me reiré toda la vida). En seguida pedí permiso para marcharme con la Madre Teresa

¿Qué te encontraste en la República Dominicana?

Yo pensaba que iba a ser el cura de un pueblo pobre, en un país pobre, pero no tenía ni idea ni de lo que eran los derechos humanos, ni los derechos laborales, porque a mí nunca nadie me había violado ningún derecho. Como muchos otros, yo había dado siempre por supuestos mis derechos, eran cosas en las que ni siquiera había pensado… Pero, estando en R. Dominicana, vino una religiosa brasileña y me dijo que yo tenía prohibida la entrada a las plantaciones de mi parroquia. Me metieron miedo, y también era la primera vez que yo experimentaba el miedo. A los tres meses apareció un chico haitiano, y me preguntó si nunca iba a ir a los bateyes a celebrar misa. Aquello me perforó el corazón. Hablé con mi amigo y nos aventuramos a ir al batey más cercano.

¿Y qué es un batey?

Son las poblaciones, dentro de los cañaverales, donde viven los picadores de caña con sus familias.

¿Viven o malviven?

Mejor dicho, malviven, sí. Sin electricidad, sin acceso a agua potable, sin contrato de trabajo, picando caña a 90 céntimos por tonelada, sin cobrar… Porque lo que cobraban eran unos vales que sólo podían gastar en la tiendecita de la empresa, quedándose ellos con el 10% del vale, por supuesto. Hasta los bueyes que tiran de las carretas tienen una póliza de seguro, pero los picadores de caña no tienen contrato, ni seguro médico, ni acceso a la sanidad, ni educación para sus niños.

¿Qué hiciste al conocer todo aquello?

No estaba preparado para esa realidad. Lo único que sabía es que estaba viendo algo infernal, horrible, pero no era capaz de entender la dimensión de la situación, mucho menos sus causas u origen. Yo sólo veía barracones infames. Más tarde, además, descubrí que a finales de noviembre, cuando empezaba la zafra azucarera, empezaba a su vez el tráfico de personas. Entre 30 y 34 mil hombres pasan desde Haití, a través de las montañas, y son reclutados en unos campamentos clandestinos en la frontera montañosa entre Haití y República Dominicana. Allí la industria azucarera (también estatal) y la oligarquía familiar, con la complicidad de la policía estatal, de la Dirección General de Inmigración, la Dirección Nacional de Inteligencia, el G2 (que es el servicio de inteligencia militar) y el M2 (la inteligencia de la marina), llevan a los haitianos a trabajar en la zafra, o por las montañas o en barcazas custodiadas por la marina de guerra dominicana. Es tal la infamia, que la electricidad de las casa de los millonarios dominicanos la produce el ingenio azucarero con el bagazo (el sobrante de la caña, que se muele). Con esa fibra, una vez extraído el jugo (el guarapo) se genera electricidad, y esa electricidad se la venden a las familias multimillonarias y a los resorts.

¿Conociste a los brutales explotadores, además de a los explotados?

Sí. El lujo desaforado y la infamia humana vivían pared con pared. A los explotadores siempre los cito por su nombre: son las familias Fanjul, Vicini y Campollo.

¿Es eso lo que te ha traído problemas?

Muchísimos. Fui amenazado de muerte. Recibía llamadas anónimas, y los últimos dos años tuve que vivir con protección policial, con un hombre armado de la Policía Nacional 24 horas al día. No podía celebrar misa sin un hombre con una escopeta a mi lado. Y tuve mucho miedo, porque sabía que me iban a matar.
El libro que ha escrito Jesús García sobre mi experiencia me ha ayudado a reflexionar, porque muchas veces vives las cosas, una detrás de otra, pero no te das cuenta del proceso. En el sosiego es cuando lo descubres.
El epílogo del libro lo he escrito yo, y en él explico que el miedo no lo vence la gallardía ni la chulería, ni siquiera la valentía. El miedo de verdad sólo lo vence el amor. Por eso, cuando yo me di cuenta cuánto quería a esa gente, me di cuenta de que estaría dispuesto a cualquier cosa por ellos. Incluso entregar la vida. Así fue como comprendí el Evangelio, no en el aula del seminario de Toledo donde me decían que el buen pastor da la vida.

¿Te duele especialmente la actuación del cardenal López Rodríguez?

Me da pena, pero es una realidad muy marginal en esta historia. Yo una de las cosas que trato de hacer, aunque no lo esté logrando demasiado en esta entrevista, es hablar lo menos posible de mí y lo máximo posible de ellos. Porque en una ocasión, Juan Bautista Vicini, miembro de una de las familias azucareras, me acusó, con un artículo del diario El Mundo en la mano, de que yo me quería hacer famoso a costa de los pobres.
Hay un proverbio chino que dice que cuando el sabio apunta a la luna con el dedo, los imbéciles se quedan mirando el dedo. Yo no quiero que los imbéciles se queden mirando a Christopher. Quiero que se hable de esa gente. Si el cardenal me hizo tal cosa o si me encañonaron con una escopeta, tiene poca importancia. No soy Batman con un alzacuellos. Quiero que se sepa lo que les está pasando a ellos, y lo que se puede hacer por ayudarles a ellos. He colaborado con este libro como vehículo, no para que se cuente mi historia.
La miseria de los bateyes existe por la codicia de tres familias multimillonarias, que se tienen por súper católicas, que lo han comprado todo, que tienen a todo el mundo a sus pies y que son las dueñas de la República Dominicana. Es muy fácil determinar la causa: la avaricia.

¿Pero no es igualmente denunciable la bendición que la institución eclesiástica ha dado a esta situación?

Totalmente. Pero lo más importante es darse cuenta de las condiciones en las que están viviendo estas personas, porque lo que tiene que cambiar es su vida. Y los que tienen el poder de cambiar esa miseria son los miembros de las tres familias. Para mí la combinación más explosiva que puede darse en este mundo es el dinero con la soberbia.
Durante el tiempo que yo estuve allí se hicieron varios documentales, entre ellos uno de Paul Newman que se llama «The price of sugar» (el precio del azúcar). Los productores de este documental, de Boston, están sometidos a la justicia en Estados Unidos, en la Corte Federal de Massachussets, por supuesta difamación a la familia Vicini. Difamación que hago yo, en las declaraciones que presto en ese documental. A mí, por la razón que sea, no me han amenazado, pero el periódico El Mundo también recibió un dossier de uno de los bufetes de abogados más importante que hay en los EEUU, en el que la familia Vicini se ha gastado una cantidad desmesurada de dinero por el mismo tema. Sólo con la mitad de esa suma, yo resolvería el problema de pobreza de los bateyes.

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Estoy ahí para que Jesucristo pueda estar

Ojalá me pueda yo apuntar a la lista de los grandes misioneros, aunque sea el último de la cola.

Yo había dado siempre por supuestos mis derechos porque nunca me habían violado ninguno

Hasta los bueyes que tiran de las carretas tienen una póliza de seguro, pero los picadores de caña no tienen contrato, ni seguro médico, ni acceso a la sanidad, ni educación para sus niños.

No podía celebrar misa sin un hombre con una escopeta a mi lado.

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A los explotadores siempre los cito por su nombre: son las familias dominicanas Fanjul, Vicini y Campollo.

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Dinero y soberbia forman la combinación más explosiva que puede darse en este mundo

 

 

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