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Siempre estará en el punto de mira

Pedro Casaldáliga. Un corazón generoso

Nunca ha dejado de acompañar y denunciar las injusticias

08 Ene 2013 - 09:26 CET
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(Miguel Ángel Mesa Bouzas).- Hay personas que, por su trayectoria vital, siempre estarán en el punto de mira, siempre lleno de odio, de los poderosos de la tierra por haberse enfrentado a sus intereses, por defender a los más débiles y oprimidos de la tierra.

Este es el caso de Pedro Casaldáliga, obispo en la prelatura de Sao Félix do Araguaia (Brasil), claretiano, un hombre de profunda humanidad y sencillez de vida que, desde que llegó a la bellísima y dolorida tierra de Brasil, no ha dejado de acompañar y denunciar las injusticias que se cometen contra los campesinos desposeídos de sus tierras, o cualquier sufrimiento infligido contra cualquier persona por defender sus derechos.

La causa indígena ha sido una de las prioridades en su labor pastoral. Y en concreto los indígenas Xavantes, un pueblo expulsado de sus tierras por la dictadura militar en los años sesenta del siglo pasado y que ahora, en Noviembre del año pasado, una sentencia judicial ha declarado que deben volver a sus tierras y, quienes las ocupan ilegalmente, deben desalojarlas.

Esto ha provocado que los poderosos, con intereses en el cultivo de la soja y otras riquezas de esta tierra tan fértil, se hayan enfurecido contra este obispo jubilado, de 84 años, enfermo de parkinson, habiendo recibido de nuevo amenazas de muerte, como tantas otras veces durante su vida.

Para proteger la vida de las personas que viven junto a él y al equipo pastoral de la Prelatura, decidió dejar su casa en Sao Félix, ocultarse y dejar que pasara algo de tiempo hasta que las aguas volvieran a su cauce. A finales de diciembre volvió de nuevo, con la serenidad y alegría que le caracterizan, sin odio, pero con la firmeza para seguir defendiendo sus causas, que son las del Reino, la buena noticia de liberación que anunció Jesús, del que es un ferviente seguidor.

No son las ideologías las que le han movido durante su ya larga vida, sino esa fe en Jesús de Nazaret, puesta al día en un rincón apartado y sufriente de Brasil.

Yo le pude conocer y abrazar durante unos días hace tres años, después de llevarnos carteando durante más de veinte. Y lo que más me impresionó no fue la trayectoria profética de este gran hombre de Dios, sino su intensa espiritualidad, que se traduce en una profunda humanidad. Esa humanidad que le convierte en una persona entrañable, cálida, acogedora, cercana, inolvidable.

Alguien que se ha dejado empapar de la humanidad de su Señor Jesús, y que lo demuestra en cada gesto, en cada pronunciamiento, en cada palabra, que es su propia vida de entrega desinteresada y gratuita por los destinatarios del Reino, del amor del buen Dios de Jesús: los empobrecidos y marginados, los indígenas, los campesinos, las mujeres…

Quien se muestra fiel hasta el final, ese es el que alcanzará el mayor premio: el de un corazón agradecido, repleto de nombres y de rostros, de amistad, de ternura. Lleno de Dios.

 

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