(José Ignacio Calleja).- Yo también sentí lo que tantos dicen. Por casualidad, seguía por televisión el momento, y no tenía ni idea de este cardenal, Bergoglio, salvo el nombre, que era argentino y moderado. En realidad, no tenía ni tengo mayor idea de grupos de cardenales y de candidatos. Me he encomendado a la prensa especializada en este tema y lo he vivido con distancia. Como ante una riada y ya veremos en qué queda el caudal cuando pase la tormenta. Poco más. Así lo he vivido.
Y entonces, salió, y vi que con su mano derecha apenas inicia un saludo tímido, y con la sonrisa esbozada, «aquí estoy»; y el vestido más sencillo de lo habitual, y, cuando habla, unas palabras de cura de pueblo, «buenas tardes, hermanos y hermanas»; y habla como Obispo de Roma, – no como Papa -, y cita a su Vicario, y al Papa emérito, y reza, – reza con dificultad para seguir el avemaría en italiano -, y pide para el mundo la fraternidad y al pueblo que implore sobre él la bendición de Dios, y «buenas noches y buen descanso a todos». Me quedé estupefacto, porque era la antítesis de lo que podía esperar. Casi pareció más simple que sencillo, pero no, el complicado a veces soy yo. Y el nombre, Francisco. El nombre, sea por el de Asís o por el de Javier, o… por ambos, y por un tercero. El nombre hace las cosas. No mitifico pero el nombre hace las cosas, las trae a la existencia: Francisco.
Recibí entonces una llamada de teléfono; era de un periódico y me solicitaba una primera valoración de urgencia. Creo que no entendió que estuviera contento y emocionado, si no sabía nada de a quién representaba este hombre y cuál era su trayectoria. Ni de este ni de ninguno, propiamente hablando. He esperado a que escampe. Decepcioné a mi interlocutora, seguro, pero todo me empezó a interesar de otro modo, al oír el nombre, Francisco. El nombre hace las cosas, el nombre las trae a la existencia, y algo nuevo puede ocurrir en la iglesia; despacio y a su «tran-tran», pero algo nuevo. Francisco, ya hay una puerta que se abre a la sencillez y la pobreza, y con ellas a la evangelización tan explícita como samaritana y justa. Paz y bien, Francisco.
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