(José María Castillo).-Es un hecho que el papa Francisco ha dado pruebas patentes de que se puede ejercer el papado «de otra manera». Por lo menos, sin el boato y la pompa a que nos tenían acostumbrados los papas anteriores. Y es evidente que, en este orden de cosas, Francisco ha tomado decisiones importantes.
Pero, tan cierto como lo que acabo de decir, es que sólo con su forma más sencilla de vivir y con su predicación en defensa de los pobres, con eso nada más la Iglesia no se arregla. Además de eso, es evidente que la Iglesia necesita un cambio muy profundo, no sólo en la renovación de la Curia y en la depuración transparente de la banca vaticana, sino sobre todo en el modo de ejercer la autoridad.
La «potestad plena, suprema y universal» del papa, de la que habla el Vaticano II (LG 22) se tiene que armonizar con la «suprema y plena potestad» del episcopado, que se menciona a renglón seguido del poder papal.
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