Jesús Martínez Gordo

Un papa verde y rojo

"Hemos dado inicio a la cultura del descarte que, además, se promueve"

Un papa verde y rojo
Jesús Martínez Gordo

Los republicanos estadounidenses tienen dificultades en articular la libertad con la primacía de la solidaridad

(Jesús Martínez Gordo).- Son conocidas las elogiosas reacciones del secretario general de la ONU (Ban Ki-moon), del presidente B. Obama o de Greenpeace a la Carta Encíclica del papa «sobre el cuidado de la casa común» («Laudato si», 2015). Y también las críticas de Jeb Bush, candidato republicano a la presidencia de los EEUU. Tiempo habrá para hablar del contenido de este importante texto, de las reacciones que está provocando y del título de papa verde que se le está dando a Francisco.

Ahora me gustaría recuperar -aunque pueda parecer un tanto fuera de lugar- el calificativo de marxista (rojo, diríamos con otro más genérico y coloquial) que también se le adjudicó después de publicar la Exhortación Apostólica («Evangelii Gaudium», 2013). Sobre todo, en el mundo anglosajón. Y, particularmente, en los EEUU.

El revuelo levantado mostró, una vez más, las dificultades que tienen los republicanos estadounidenses (y con ellos, una parte nada despreciable de europeos) para vivir y articular (sobre todo, desde la caída del muro de Berlín) la libertad con la solidaridad desde la primacía de esta última.

Normalmente, la apuesta por favorecer la libertad o la solidaridad suele marcar la línea entre lo que se tipifica (cierto que, muchas veces, con indudable ligereza) como conservadurismo neoliberal o progresismo comunitarista, amarillo (azul) o rojo, derecha o izquierda, etc. Y en EEUU, republicano o demócrata.

Según esta clasificación, la Exhortación Apostólica de 2013 vendría a ser -al decir de los neoliberales- una excrecencia marxista (roja) por su crítica a la libertad (de mercado, en este caso), por su incuestionable cercanía con los pobres o parias de este mundo y por su propuesta de un nuevo orden económico y social que, presidido por la solidaridad, entiende apto para garantizar la paz en los pueblos y la amigable coexistencia entre ellos.

Para el papa «venido del fin del mundo» el desastre financiero de 2008 ha evidenciado los límites de un modelo económico que, dejado a sí mismo, es decir, en total y absoluta libertad, corre el riesgo de llevar a la ruina y a la destrucción al mundo entero: «Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son explotados sino desechos, sobrantes» (Evangelii Gaudium, 53).

Ante un diagnóstico tan desgarrado, M. Novak (filósofo, economista, referencia obligada de la cultura neoliberal y teólogo del llamado «capitalismo democrático»), se vio forzado a reconocer la existencia de una cierta dosis de deshumanización en el capitalismo, pero no aceptó que la solución pasara por primar y comprender la libertad desde la primacía de la solidaridad. Como mucho, vino a decir, a los cristianos les corresponde mitigar tales efectos deshumanizantes con su actividad asistencial, sin tener la osadía de proponer una política económica fundada en la caridad y en la justicia. Justo lo contrario de lo que propone el papa Francisco.

Como era de esperar, al «teólogo neoliberal» M. Novak no le faltaron compañeros de viaje en su reivindicación de la libertad con una solidaridad meramente paliativa. Entre ellos, el Tea Party.

La entidad de las personalidades intervinientes y del debate abierto no intimidaron al papa Francisco. En una entrevista concedida a Andrea Tornielli («La Stampa», 15 de diciembre de 2013) abundaba en su crítica del neoliberalismo y, de paso, en su propuesta alternativa: «(algunos) suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Se prometía que, cuando el vaso estuviera lleno, se desbordaría beneficiando a los pobres. En cambio, lo que realmente sucede es que, cuando está lleno, el vaso crece como por arte de magia, y así nunca sale nada para los pobres«. Y concluía: sostener «esto no significa ser marxista», sino conocer la «doctrina social de la Iglesia».

Por tanto, las limitaciones que presenta el capitalismo actual no son meramente coyunturales sino estructurales. Urge pasar a otro modelo en el que la solidaridad – por supuesto, responsable- sea la referencia central.

He aquí, por fin, un papa que, más allá de los colores, habla con verdad y claridad, convirtiéndose, de paso, en una pesadilla (puede que negra) para algunos poderosos de este mundo y, por supuesto, para el coro que -con M. Novak al frente- los arropa y sostiene.

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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