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Francisco estuvo 20 minutos a solas con la Virgen, en su camerín

El Papa a los pies de la Virgen que llora por su México lindo

Seguro que pidió a la Guadalupana que seque las lágrimas de México y de América

José Manuel Vidal 14 Feb 2016 - 13:07 CET
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«Dios despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados»

(José M. Vidal).- Sentado frente al cuadro de la Morenita, rodeado de cientos de miles de personas, Francisco pidió expresamente silencio y que le dejasen un rato largo con la patrona de Latinoamérica, la Virgen de Guadalupe que simboliza la identidad de todo un continente. Y el silencio, convertido en oración se cortaba dentro y fuera de la enorme basílica.

Después de la misa, Francisco estuvo 20 minutos a solas con la Virgen, en su camerín. Uno de los momentos cumbres (seguro que tendrá muchos más) de la recién inaugurada visita papal a Mexico. ¿Qué la habrá dicho? ¿Cómo le habrá rezado? ¡Quién pudiera escuchar sus bisbiseos y ver pasar sus pensamientos!

Aunque tampoco hay que ser adivino, para descifrar las grandes líneas de la sentida oración del primer Papa latinoamericano a la Reina de las Américas. El propio Francisco, en varias ocasiones antes del viaje, subrayó la importancia y el contenido de ese momento mágico.

Seguro que se dejó ir y explayó sus sentimientos más hondos, como un hijo ante su madre. Seguro que, antes de recorrer «la geografía del dolor» desde Chiapas a Ciudad Juarez, que lo va a llevar por las heridas abiertas de un país ensangrentado, pidió a la Guadalupana que seque las lágrimas de México y de América. Para tener la esperanza honda de que «las lágrimas de los que sufren no son estériles».

Porque México llora y el llanto de sus hijos, sus gritos desgarrados llegan a los oídos de la madre. Las lágrimas de los indígenas, de los pobres, de los emigrantes, de las víctimas del narcotráfico y de la corrupción: los descartados del sistema.

Los últimos y los que no cuentan tienen un intermediario en el Papa y una abogada defensora en la Virgen, que se manifestó a Juan Diego con rasgos indígenas y encinta. Un modelo de encarnación en la cultura de este país multicultural y mestizo. Una madre que, en su casita, tiene siempre las puertas abiertas para sus hijos.

Y allí acuden en masa. Unos 20 millones de personas al año, que convierten su santuario en el más visitado del mundo. Y ella, siempre solícita, seca sus lágrimas y les sigue susurrando lo que le dijo al indio Juan: «¿No estoy yo aquí que soy tu madre?».

Por eso, Francisco quiere que la Iglesia mexicana, en especial sus obispos, miren a su pueblo con los ojos de la Guadalupana, con los ojos de la madre deseosa de inclinarse sobre las heridas de este, a veces, no tan lindo país. Y, por eso, ha pedido a la jerarquía (en un largo, potente y vibrante discurso) que abrace a fondo la «teología del pueblo»: «Inclínense delicadamente y con respeto sobre el alma profunda de su pueblo, bajen prestando mucha atención y descifrando su rostro misterioso». Una Iglesia regazo de madre.

Al igual que María, la Guadalupana consoladora y roca fuerte. Como decía el Nobel mexicano, Octavio Paz: «Los mexicanos resistieron la invasión cultural de Estados Unidos gracias a su estructura familiar y comunitaria, a las madres, a sus costumbres, a su religiosidad y, sobre todo, gracias a Nuestra Señora de Guadalupe». Nuestra Señora de los descartados, la Virgen antiimperialista.

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