(José Manuel Vidal).-No lo tenía fácil, como decíamos ayer. Pero el Papa sabio ha conseguido la cuadratura del círculo: casar Fátima con la pederastia sin caer en el victimismo. Da igual si lo que hizo ayer Su Santidad fue reinterpretar la segunda parte del tercero o la primera parte del cuarto secreto de Fátima. El caso es que el Papa Ratzinger-barrendero de Dios nos volvió a situar en el núcleo del mensaje mariano. Con valentía, sin medias tintas, con audacia y con una tajante autocrítica.
El Papa quiso dejar muy claro que el tercer secreto no se refiere sólo al «sacerdote vestido de blanco» (Juan Pablo II) y su sotana blanca manchada de sangre. El secreto apuntaba a un misterio menos personal y más hondo. La sotana blanca no sólo se iba a manchar de sangre (del Papa y, sobre todo, de los mártires), sino también de porquería y de suciedad procedente del seno de la propia Iglesia. Una Iglesia manchada de rojo y de negro.
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