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Con los crucificados del mundo

La tragedia de Lampedusa

El silencio no es más que complicidad

06 Oct 2013 - 09:09 CET
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(José Moreno).- Algunos quieren entender la vida igual que la noria en sentido circular, sin principio ni final, donde todo se repite cíclicamente. Pero nosotros la queremos y la vivimos en espiral y lineal, con pasos, procesos, momentos, y sobre todo punto de partida y de llegada, con horizonte de absoluto y de plenitud; aceptamos la circularidad de la naturaleza en el marco del proyecto de una creación que apunta a la nueva vida, al nuevo mundo, donde la humanidad no está condenada ni a ser lo mismo, ni a carecer de futuro y sentido en la libertad de la verdad y lo auténtico. Jugamos en la noria, pero apostamos en la vida por el proyecto de la historia que sabemos que está en nuestras manos, con un fundamento absoluto y trascendente.

La tragedia de Lampedusa se repite en el tiempo, pero no es cíclica, ni natural. Sus lápidas no tienen nombre, pero sí historia y sentido. Hay un proyecto universal al que pertenecen en el horizonte del amor, donde sus nombres están grabados a fuego, y reclaman responsabilidad objetiva e histórica. El grito que pregunta sobre el hermano sufriente permanece firme en medio del mundo e interpela cada momento de la historia.

Éste es el nuestro y el silencio no es más que complicidad con la indiferencia que grita que su sangre caiga sobre nosotros y nuestros hijos. Esta es la razón de la posibilidad real de la muerte eterna para aquellos que forjaron infiernos terrenales para los débiles de este mundo; no debemos permitir esta amenaza sobre nadie, por eso tenemos que luchar por la libertad y la justicia para todos. El absoluto del sentido se identifica y se revela único en el dolor del justo sufriente y crucificado. Si no hay sentido y vida para las víctimas no lo habrá para nadie. El amor reclama justicia y dignidad, y el discurso de la resurrección sólo es creíble si nuestro compromiso es claro con los crucificados actuales del mundo.

 

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