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El padre Ernesto y María Caleta

El testimonio de dos víctimas de la barbarie

"Te golpeamos porque tú predicas a Cristo"

Redacción 21 Sep 2014 - 18:18 CET
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«Yo no sabía que este pueblo había sufrido tanto»

(Zenit).- Después de la visita a la Universidad del Nuestra Señora del Buen Consejo, el Santo Padre se dirigió a la catedral de San Pablo, para celebrar las vísperas, donde se escuchó el testimonio de un sacerdote y una religiosa, muy ancianos que narraron la persecución sufrida por el régimen comunista.

Padre Ernesto, sacerdote diocesano, 84, se dirigió a los presentes y recordó con la llegada al poder del partido comunista comenzaron a detener y asesinar a varios sacerdotes, los cuales murieron diciendo ‘Viva Cristo Rey’. Sus superiores diocesanos fueron fusilados, indicó.

Añadió que después de 8 años de sacerdocio le descubrieron, arrestaron y llevaron a la cárcel, en situación inhumana; y le decían: ‘Te golpeamos porque tu predicas a Cristo’, porque querían que renegara. Cuando estaba por morir, lo dejaron libre.
Recordó también cuando en la cárcel le pusieron un falso preso para hacerlo hablar contra el comunismo y poder así condenarlo. Estuvo preso por 18 años y en la celda había escrito: ‘Mi vida es Jesús’. Después pasó a los trabajos forzados.
Con la caída del comunismo y el regreso de la libertad religiosa ahora es párroco de 118 pueblos.

Maria Caleta, una religiosa Estigmatina, contó que su párroco fue encarcelado ocho años, y al ser liberado porque estaba muriendo, regresó donde sus fieles, pero encuentra que no existía más su parroquia. Hoy ese párroco se encuentra con un proceso de canonización abierto.

Ella estuvo siete años en la congregación de las estigmatinas, hasta que los comunistas cierran la comunidad y dispersan a las religiosas. Ella con otras personas intenta mantener la fe. ‘A veces no estaba segura si no me espiaban, pero seguía difundiendo la fe’ dijo. Después llegó la época de los trabajos forzados. Un día por la calle una señora de una familia comunista le pidió que bautizara a su hijo, y ella temía fuera una trampa, pero tomó el agua en la calle y lo bautizó. Narró el deseo que tenía de ir a una misa, de recibir el sacramento. Y cuando piensa se asombra de haber podido hacer eso poco que hizo.

 

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