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(Andrés Beltramo).- «La gran acción purificadora de Benedicto XVI ha creado fastidio«. El 18 de junio -en pleno escándalo «vatileaks»- el secretario de Estado de la Santa Sede, Tarcisio Bertone, vinculó la crisis por la filtración de documentos confidenciales, robados de los aposentos papales, con las decisiones difíciles del actual pontificado.
Determinaciones «impopulares» como la intervención directa contra los sacerdotes culpables de abusos sexuales. Pero no sólo. También una depuración del episcopado mundial, una «silenciosa limpieza» que le costó el puesto a decenas de pastores juzgados poco adecuados a sus encomiendas.
No existen estadísticas oficiales sobre los obispos obligados a presentar sus renuncias anticipadas en los últimos seis años. Cuando un prelado deja su puesto por enfermedad o «causas de fuerza mayor», la sala de prensa del Vaticano apenas difunde una nota de tres líneas para informar que la dimisión fue aceptada por el Papa según el número 401.2 del Código de Derecho Canónico, la ley fundamental de la Iglesia.
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