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Francisco pide un cambio de partitura, que se expresa en el paso del triunfalismo a la misericordia

De Wojtyla a Bergoglio, la continuidad discontinua

En Polonia, el Papa es Juan Pablo II. Es "su" Papa. Nadie puede suplantar al "atleta de Dios"

29 Jul 2016 - 08:16 CET
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(José Manuel Vidal).- En el santuario de Monte Claro (Jasna Gora), corazón de la capital espiritual polaca, Francisco escenifica la continuidad discontinua de su pontificado en relación con el de su predecesor, Juan Pablo II. Y lo hace sin acritud, con delicadeza y ternura, proponiendo a la potente y conservadora Iglesia polaca el paso de la aduana al hospital de campaña, del triunfalismo a la misericordia.

En Czestochowa, se palpa la presencia del espíritu de Wojtyla. No en vano convirtió a su Virgen negra en icono mundial y universalizó la devoción de una imagen que, según la tradición, pintó sobre una mesa el propio evangelista Lucas.

En Polonia, el Papa es Juan Pablo II. Es «su» Papa. Nadie puede superar y, mucho menos, suplantar al «atleta de Dios», que plantó cara y derrotó al comunismo en su propia patria. Con la sola fuerza de la cruz derrotó a la hoz y el martillo y liberó a su pueblo. Consciente de todo ello, Francisco pisa suave, pero decidido, en suelo polaco. Y, poco a poco, se está ganando un hueco en el corazón de la patria de su predecesor.

Y eso que lo que les pide a los polacos (y a toda la Iglesia) es un cambio de registro en la continuidad natural del pontificado católico. Un cambio de partitura, que se expresa en el paso del triunfalismo a la misericordia. De una Iglesia potente y roca fuerte a otra sencilla, humilde, servidora y samaritana.

Y para urgir este cambio musical se basa en el Evangelio, donde está clarísimo (aunque se haya olvidado o difuminado en algunas épocas) que «el Reino viene en la pequeñez y en la humildad». Dios prefiere lo pequeño y lo humilde. Como su madre, la campesina de Nazaret.

Por eso, Francisco, invita a la Iglesia polaca a cantar el Magníficat de María. Aquel canto de los pobres, en el que se proclama que Dios «dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».

Ésa es la nueva partitura de la primavera de Francisco para la Iglesia. Porque «lo pequeño y lo humilde son exquisiteces divinas» y «Dios nos salva haciéndose pequeño, cercano y concreto». Y ésa es la trama que el Papa Francisco invita a tejer, desde ahora, a la Iglesia polaca y a la Iglesia universal. Sin aislarse ni imponerse, como en otros tiempos. Toca, ahora, «operar en la pequeñez y acompañar en la cercanía con un corazón pleno y abierto».

Y lo dice Francisco con el báculo en forma de Cristo, que el peregrino polaco paseó por todo el mundo. Lo proclama Bergoglio en el santuario más famoso y concurrido del país (con cuatro millones de visitas al año) y desde un altar colocado en lo que quiere asemejar a la proa de un barco.

Desde allí, Francisco, el nuevo timonel de la barca de la Iglesia proclama la nueva primavera eclesial de la misericordia. Sabedor de que, con el viento del Espíritu soplando sus velas, nadie podrá para la primavera en primavera.

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