Parecía una tarde más de trabajo para la España de Luis de la Fuente, pero en Tiflis se respiraba aire de clasificación, de esos partidos que saben a antesala de Mundial.
Bastaron apenas once minutos para que Mikel Oyarzabal, el eterno seguro de vida, adelantara a La Roja desde los once metros en su duelo número cincuenta con la selección. Y, como casi siempre, no falló.
El penalti tuvo su historia. Una acción rápida por la izquierda, con Baena rompiendo líneas y Ferran metiendo el balón al área, terminó con la pelota en la mano de Gocholeishvili.
El colegiado francés Benoît Bastien tardó lo suyo en consultar al VAR, pero acabó señalando los once metros. De ese punto exacto, Oyarzabal volvió a poner su firma, fría y precisa, para abrir el marcador.
El de Eibar lo celebró con el gesto justo: sin estridencias, sabedor de que su gol era el pistoletazo de salida de una noche sin sobresaltos.
Georgia, sin Mikautadze y con un Kvaratskhelia demasiado solo, apenas resistía el empuje español. La selección de Willy Sagnol, herida tras la goleada sufrida días atrás en Turquía, parecía aferrarse más a la dignidad que a la esperanza. El balón era de España, y el ritmo también. Zubimendi, liberado y con confianza, tejía fútbol desde el centro como un director de orquesta que encuentra el compás perfecto.
Y ahí llegó el segundo, tan bien ejecutado que pareció un ejercicio de ensayo: pase tenso de Fabián al espacio, desmarque milimétrico de Zubimendi y definición digna de un ariete. El donostiarra, vestido de futbolista total, elevó la pelota con una sutileza exquisita por encima de Mamardashvili en el minuto 22. España dominaba, jugaba y goleaba.
El tercero, antes del descanso, fue la rúbrica de un equipo en ritmo de Mundial. Otra vez Baena —activo, eléctrico, inspirado— filtró un balón diagonal hacia Oyarzabal. El capitán levantó la cabeza, esperó el momento y sirvió el pase medido que Ferran Torres convirtió en sentencia. El 0-3 apenas levantó la ceja de De la Fuente, que desde la banda veía a su equipo fluir con la precisión de un mecanismo bien engrasado.
Ya son 100 los goles de la España de Luis de la Fuente en 37 partidos, una cifra que habla por sí sola de su voracidad. Lo contrario a su clasificación sería pura ciencia ficción, una distopía imposible incluso para los universos de Asimov o Bradbury. La Roja, sólida atrás con Laporte y Cubarsí y afilada arriba con Oyarzabal, se dirige firme hacia México, Canadá y Estados Unidos.
Georgia lo intentó con orgullo, pero el encuentro siempre fue de España. Orden, ritmo y determinación fueron los pilares de una selección que ya no mira de reojo a nadie. En Tiflis se consolidó una certeza: este grupo compite, gana y disfruta. Y al frente, como símbolo de fiabilidad, un tal Mikel Oyarzabal, el hombre que nunca falla.
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