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Celta 1 - Real Madrid 2

Un «zambombazo» de Valverde obra el milagro en Balaídos y resucita al Madrid en el 94’

El equipo de Arbeloa, con diez bajas y al borde del KO tras el disparo de Aspas al poste, se agarra a un derechazo desviado de su capitán para dormir a un punto del Barça

Paul Monzón 06 Mar 2026 - 23:51 CET
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Balaídos fue esta vez un ring, no un estadio, y el Real Madrid llegó tambaleándose, con la mandíbula tocada por dos derrotas seguidas y un once de urgencias que olía más a supervivencia que a autoridad. Pero el boxeador viejo, el de las grandes noches, todavía sabe cómo agarrarse a las cuerdas y esperar su golpe ganador: lo encontró Fede Valverde en el 94’, desde la frontal, en un derechazo que se envenenó al tocar en Marcos Alonso y que silenció Vigo cuando el partido ya olía a empate… o a tragedia blanca.

El guion no era el previsto. Se imaginaba un Celta mandón con balón, fiel al sello de Giráldez, y a un Madrid agazapado, esperando la estampida de Vinicius a campo abierto. Arbeloa, obligado por las bajas, movió el tablero: Mendy reapareció en el lateral zurdo pese a haber jugado apenas un minuto en Liga, Thiago Pitarch repitió en la medular como canterano con galones prestados, Brahim tuvo su oportunidad por Gonzalo y Valverde, con el brazalete, se convirtió en hombre orquesta: carrilero, falso 9, interior, pivote… lo que hiciera falta.

La movilidad blanca fue la primera brecha en el plan celeste. Trent rompió líneas con un balón largo a Vinicius, que ganó la carrera a los centrales y definió cruzado al palo, desequilibrado por Javi Rodríguez en el último instante, en una acción que en otros tiempos habría sido penalti por cortar un gol cantado. Tchouaméni avisó desde lejos, obligando a Radu a estirarse, y en el córner siguiente llegó el 0-1 de pizarra: saque en corto de Trent, giro de Arda Güler, pase atrás a la frontal y disparo ajustado del propio Tchouaméni, quirúrgico junto al poste.

El Celta, que se jugaba engancharse a la zona noble de la tabla, no se descompuso, pero no tuvo el balón tanto como acostumbra. Al principio golpeó Borja Iglesias con un remate seco que Courtois blocó sin aspavientos, preludio de lo que sería otra exhibición del belga bajo palos. Cuando el Madrid parecía cómodo, un simple balón largo a la espalda de Trent destapó la grieta: Williot se impuso en velocidad, recortó y sirvió atrás para que Borja Iglesias, entrando desde segunda línea, firmara el 1-1 con un toque sereno imposible para Courtois.

El empate devolvió el duelo a la casilla de salida, pero no al mismo ritmo. El Madrid retomó la pelota sin hacer sangre y el Celta empezó a mandar en las zonas calientes desde la figura de Miguel Román, omnipresente con y sin balón, siempre a uno o dos toques, siempre fácil. Balaídos se encendió en una llegada por derecha: Carreira ganó profundidad, centro atrás y zurdazo de primeras de Williot que Courtois desvió con una mano gigante, de esas que cambian partidos y Ligas.

Pese a las diez bajas, el Madrid ofrecía una versión mucho más reconocible que cinco días atrás: intensidad, personalidad y un Tchouaméni que manejaba los tiempos como metrónomo silencioso. Vinicius se fue conectando al partido a su manera, buscando el desequilibrio una y otra vez y jugando su duelo particular con la grada, entre amagos, regates y provocaciones de chico que disfruta en el ruido. Arbeloa arriesgó con el primer cambio: retiró a un Güler enfadado para meter a Palacios, más energía que talento, buscando una marcha distinta en un partido que ya era una batalla de fe.

Giráldez tampoco se quedó quieto: renovó todo el frente de ataque y dio entrada, entre otros, a Jutglà, que antes de irse dejó un lío de VAR de los que marcan tertulias. Defendió mal un córner, cometió una mano clara y el aviso llegó al monitor; Pulido Santana descubrió en la repetición que Palacios había empujado justo antes y el penalti se esfumó entre protestas y alivio gallego. Balaídos lo interpretó como señal de que era su noche, más aún cuando Iago Aspas saltó al césped con la mirada de quien huele sangre.​

Y Aspas casi la hace suya. Younes se escapó, cedió al diez, Iago amagó para sentar a Asencio y cruzó con la zurda buscando el palo más lejano; el balón besó la madera y salió despedido, dejando helado a Courtois y alargando un suspiro que se oyó hasta en el banquillo visitante. Ese palo del 88’ fue la frontera emocional del choque: el Celta sintió que se le escapaba la gloria, el Madrid entendió que, si seguía vivo, era porque aún quedaba un último esfuerzo por hacer.​

Arbeloa tiró de Manuel Ángel por un agotado Thiago Pitarch para el tramo final, y el Madrid juntó temple y necesidad en la jugada definitiva. El ataque nació por la izquierda, con Vinicius intentando desbordar sin encontrar hueco, reciclando la pelota cuando otros habrían forzado la pérdida: apoyó en Tchouaméni, que abrió a Trent, centro tenso al área, rechace hacia la frontal y ahí estaba Valverde, en su zona, para quebrar y soltar un derechazo que, tras tocar en Marcos Alonso, se convirtió en el 1-2 más cruel para Balaídos y más balsámico para el vestuario blanco.

La etiqueta queda al gusto del lector: milagro, flor, potra… lo que se quiera. Pero hay un dato incontestable: un Real Madrid plagado de ausencias, en uno de los campos más incómodos del campeonato y tras dos derrotas seguidas que amenazaban con arruinar su temporada, se llevó los tres puntos con trabajo incansable, con Courtois sujetando el edificio y con el capitán Valverde apareciendo en la foto del gol que mantiene viva la Liga.

El equipo de Arbeloa, aún con crisis, defectos y un once de circunstancias, se acuesta a un punto del Barcelona, pendiente ahora de lo que ocurra en San Mamés, sabiendo que al menos ha recuperado algo más que tres puntos: ha recuperado su vieja costumbre de ganar cuando todo parece perdido.

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