Johann Christoph Riedel, nacido en 1673 a 180 Km de Praga, no hubiera supuesto, cuando inició su apertura de nuevos mercados para el cristal de Bohemia en toda Europa y en ultramar, que sus descendientes crearían una empresa que tres siglos más tarde sería conocida en todo el mundo como los mejores cristales jamás soñados para disfrutar del placer de beber vino.
Aunque la empresa Riedel ya estaba por entonces completamente consolidada, la revolución actual de la cristalería Riedel se inició en 1958, con la presentación de la copa especial para beber el Grand Cru de Borgoña, que se expone de modo permanente en el MOMA, Museo de Arte Moderno de Nueva York. Desde entonces, Riedel ha diseñado más de cien copas específicas para beber diferentes tipos de vino, tratando en todas ellas de poner el máximo de pasión y desarrollando las herramientas más sofisticadas para capturar el potencial completo de aromas y sabores que encierra una copa de buen vino. Ha tratado siempre, al igual que en las creaciones para otras bebidas, de subrayar las más especiales características de cada líquido específico, siempre pensando en una bebida muy concreta y con propósito muy bien delimitado.
Forma y función
La copa de Borgoña no está en el MOMA por casualidad, sino porque supuso una auténtica revolución en las tendencias del momento en cristalería. Se había dejado a un lado talla y colorido, a cualquier tipo de adorno, para dejar el paso a un diseño reducido a su más puro esencia, al modo del minimalismo actualmente extendido de modo masivo. Los creativos de Riedel habían trabajado con los más expertos catadores de vino hasta lograr que beber el vino en una de sus copas fuera una experiencia muy superior a hacerlo en otra: los catadores descubrieron con asombro que el mismo vino bebido en una copa de Riedel adquiría mayor profundidad y estaba dotado de un mayor número de matices aromáticos y sabores.
Frente a los fabricantes tradicionales que usaban una forma básica en su cristalería que variaba solamente de tamaño dependiendo de su uso, el catálogo de Riedel introdujo en 1961 la primera línea de copas de vino creada con diferentes formas y tamaños, según la función específica a la que estuvieran destinadas. Esta idea posiblemente alcanzó la perfección con las series Sommeliers de 1973 que han alcanzo un reconocimiento mundial.
Catadores de copas
Durante años de investigación avalada con explicaciones científicas complejas, se llegó a la conclusión de que la forma del vaso tiene una clara influencia, de carácter determinante, en el sabor y en el bouquet de las bebidas alcohólicas, y más concretamente en el caso del vino. Incluso catando el vino se pudo ver cómo hay variaciones notables en aroma y sabor según el recipiente en el que se bebía. Por tanto solamente se trataba de ir experimentando con formas y tamaños hasta encontrar el recipiente más adecuado para cada caso. Y el proceso final de selección no podía ser otro que el uso de los expertos acostumbrados a la cata del vino, los únicos que podían descubrir y describir los matices asociados a cada forma y tamaño. Así, los catadores de vino se han convertido también en catadores de copas, tratando de buscar la copa más adecuada para extraer toda su riqueza de cada tipo de vino.
Acaso para el lector no informado este tipo de afirmaciones puedan parecer sorprendentes, cuando no exageradas. En este sentido, Robert Parker, el mundialmente conocido crítico de vinos (sobre todo franceses y californianos, pues suele olvidar en sus Guías de Vinos muchos buenos productos españoles e italianos) afirma con rotundidad que “las copas hechas por Riedel son las mejores tanto desde el punto de vista técnico como desde el mero hedonismo. Sus copas producen un efecto profundo. Nunca podré enfatizar lo suficiente lo profunda que es esta diferencia”. Parker comprende la incredulidad de los que no han pasado por la experiencia Riedel, pero a la vez destaca el absoluto convencimiento que demuestra la creciente minoría que sí lo ha hecho.
Una Riedel para el tempranillo
Nuestra mejor variedad de uva autóctona, la tempranillo, cuenta desde hace poco con dos copas Riedel, las primeras hechas específicamente para una variedad española. Se trata de las copas Vinum Tempranillo y Sommelier Tempranillo Reserva, que se han obtenido tras una primera cata de copas entre una docena de copas ya existentes de otras variedades de vino y tras una segunda cata de doce prototipos de copas, fabricados según los resultados obtenidos en la primera cata.
Acaso las copas Riedel tengan un único, aunque importante, defecto: su elevado precio. Pero, en cualquier caso, marcan la tendencia actual en el uso de cristalería para el vino, y el mercado muestra una variada oferta, de todo tipo de precios, sobre la base de este auténtico paradigma, el mejor cristal jamás soñado para beber cada vino.
¿CÓMO HA DE SER LA COPA DE VINO?
· Incolora.
· Transparente.
· Sin adornos.
· Con paredes muy finas.
· Con el borde finamente cortado y pulido.
· De cristal soplado a mano, aunque también hay buenas opciones en vidrio industrial.
· El pie o fuste debe ser alto y fino, para permitir una cómoda sujeción con los dedos.
· Respecto al tamaño, debe tener una capacidad de dos o tres veces el volumen normalmente servido, que suele ser de unos 100 ml. De todas formas, el espacio necesario para la evaporación de las sustancias volátiles varía según la personalidad de cada vino. Así, como norma general, los vinos tintos requieren copas más grandes y los blancos copas medianas.
· Respecto a la forma, el fondo suele ser ovoide, y va ampliándose hasta una zona central, cerrándose ligeramente en la parte superior, para permitir oler el vino sin que escapen las sustancias volátiles.
· Todo ello nos indica también cómo no ha de ser la copa de vino: debe ser una copa, no un vaso; no debe tener color, ni motivos decorativos, ni adornos tallados.
CÓMO TRATAR A SUS COPAS DE VINO
· Lave las copas a mano y solamente con agua caliente, no utilice detergente a no ser que sea imprescindible y en ese caso uno muy suave o diluido.
· Destine un buen paño exclusivamente al secado de sus copas, al que no dará ningún otro uso.
· Evite el uso del lavavajillas.
· Para dejar a secar las copas, cuélguelas boca abajo o dejándolas en pie sobre una superficie, pero nunca boca abajo en una superficie.
· Al poner la mesa, es una buena costumbre ir oliendo las copas para ver si tienen algún olor no deseado, y verificando a la vez si tienen la temperatura correcta.
EL COLOR DEL VIDRIO
Ya que hemos quedado que las copas sin incoloras y transparentes, no nos vamos a contradecir ahora. Lo que sí suele tener color es el vidrio de la botella, con la intención de preservar el vino de la luz. Los colores más habituales para las botellas, muchas veces regulados por las Denominaciones de Origen, son los siguientes:
· Verde oscuro: vinos tintos en general, y más opacos cuanto más añejos son los vinos.
· Marrón oscuro o negro: vinos de jerez y de oporto.
· Verde claro o castaño: vinos blancos.
· Transparente: vinos jóvenes, tanto blancos como rosados.
EL VINO EN LA MESA
· Las botellas deben estar a la vista, ya sea sobre la propia mesa o en un aparador de apoyo.
· No cubra las botellas con servilletas, deje mejor que se vean las etiquetas con claridad.
· La copa de agua nunca debe ser más grande que la del vino, sino más bien al revés.
· Sirva el vino por el lado derecho del comensal.
· Vuelva a servir cuando la copa esté vacía, no cuando esté a medias.
· Vigile la temperatura adecuada de los distintos vinos que sirva, calculando que siempre se calentarán un poco cuando lleven un rato en la copa.
· Por muy bueno y añejo que se aun vino, a nadie le gustará caliente, procure no sobrepasar una temperatura de unos 18ºC.
· No llene demasiado las copas, más de la mitad de la capacidad debe quedar vacía.
· Acuerde de volver a servir al invitado que se le acaba, no espere a que se lo pidan.
· No le importe hablar sobre el vino, puede ser un interesante tema de conversación.
· Cuide la decoración general de la mesa, así como la iluminación.
· Unas velas en la mesa siempre serán bien recibidas.

¿A QUÉ TEMPERATURA SERVIR CADA VINO?
· Vinos espumosos, cavas: entre 6 y 8ºC. Si está más frío no se apreciará bien el aroma y se afectará el desprendimiento de burbuja. Si está caliente, resaltarán aromas de fermentación poco elegantes.
· Vinos blancos jóvenes secos: entre 8 y 10ºC. Si están mucho más fríos ocultarán su personalidad y producirán más acidez. Si están mucho más calientes se destacará excesivamente su expresión alcohólica.
· Vinos blancos dulces: alrededor de 6ºC, para resaltar mejor su afrutado y dulzor.
· Vinos blancos viejos: entre 9 y 12ºC, para mejor resaltar su bouquet.
· Vinos claretes y rosadas: entre 9 y 12ºC alcanzan su mayor finura y expresión.
· Vinos tintos ligeros y jóvenes: ente 12 y 16ºC, para destacar sus aromas y la elegancia de sus estructuras.
· Vinos tintos con cuerpo y añejos: entre 14 y 18ºC, para resaltar su bouquet y su redonda expresión tánica.
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