«La felicidad, ah ah ah ah» cantaba Palito Ortega que luego entró en política (no sé si seguiría siendo tan feliz entonces), pero hablaba en general, sin importarle el tamaño (de la felicidad, se entiende).
Hoy día se mide todo de modo complusivo (empezando por mí mismo, que a partir de este momento estoy oficialmente de vacaciones, aunque es mi propósito seguir dándoles las lata con este blog durante lo que queda de agosto), y nos cuentan que España sólo es «medio feliz», ya que ocupa el puesto 87 entre los 178 países del índice del Planeta Feliz, que combina longevidad, satisfacción ciudadana y eficiencia ecológica.
El Índice del Planeta Feliz se basa en una sencilla fórmula no matemática: bienestar por esperanza de vida, dividido entre impacto ecológico. Aplicando esta fórmula, se ha obtenido que Vanuatu, Colombia y Costa Rica son los países más felices por ocupar los primeros puestos de la lista, los países más ricos, en concreto los del G8 no salen demasiado bien parados y los farolillos rojos los ostentan países africanos: Zimbabwe, Suazilandia y Burundi.
En conclusión, se podría decir que desarrollo, riqueza y consumismo no dan la felicidad. Lo dice el Índice del Planeta Feliz (IPF) que acaba de publicar la británica Fundación de la Nueva Economía (FNE), que “desvela un orden mundial muy diferente al que promueven los autodesignados líderes globales del G8”.
Para empezar, esos ocho Estados más poderosos puntúan muy mal en la lista de 178 (Rusia, por ejemplo, ocupa el puesto 172 y Estados Unidos solo llega al 150), en la que un país nuevo rico como España se pierde en mitad del pelotón con un discreto 87º lugar.
El IPF tiene su lógica, porque combina dos indicadores objetivos de desarrollo humano y medioambiental (la esperanza de vida y la “huella ecológica” o impacto ambiental de la población sobre su territorio) con otro subjetivo pero revelador de la calidad de vida ciudadana (el sentimiento de felicidad).
Frente a la típica comparación estadística de productos interiores brutos y balanzas comerciales, que considera fruto de “modelos económicos abstractos que tienen poca relación con el mundo real”, la FNE vuelve a la esencia de la economía: por un lado, los recursos que ponemos; por otro, los beneficios que sacamos en longevidad y satisfacción.
La moraleja del estudio, en el que también ha participado la organización ecologista Friends of Earth (Amigos de la Tierra), es que el consumo de recursos naturales y la satisfacción vital no están en relación directa. La mejor prueba son los pésimos resultados del G8, cuyo primer clasificado es Italia en el puesto 66, seguido por Alemania (81), Japón (95), Reino Unido (108), Canadá (111), Francia (129) y los ya citados Estados Unidos y Rusia.
El gran lastre de los países ricos es su desprecio por la huella ecológica, que mide la naturaleza necesaria para cubrir el consumo de alimentos, energía y materiales y absorber los desechos sin sobrepasar su capacidad regeneradora.
El planeta utiliza ya un 22% más de la capacidad de regeneración del ecosistema (2,3 hectáreas de tierra productiva por habitante, 0,4 más del nivel sostenible), y el mundo rico se lleva la palma: 6,4 hectáreas los países de altos ingresos, 5,1 los de Europa Occidental, 4,8 España.
El caso español es un buen ejemplo de cómo ese déficit ecológico desequilibra su índice del Planeta Feliz. Ni el elevado producto interior bruto (22.391 dólares), ni la alta esperanza de vida (79,5 años sobre una cifra “ideal” de 82), ni la expectativa de muchos años de vida feliz (55,7), ni la gran satisfacción vital (7 sobre un 8,2 ideal) bastan para alcanzar un buen lugar. La pésima huella ecológica (4,8 frente al 1,5 ideal) rebaja el IPF español hasta 43, muy lejos del 83,5 de referencia.
El hecho de que ningún país se acerque a este “ideal razonable” (el 68,2 del líder Vanuatu lo deja a 15 puntos de distancia) no sirve de disculpa al mundo rico. Ni tampoco las paradojas que, como en cualquier clasificación, se desprenden del IPF. El propio archipiélago del Pacífico, cuya tranquilidad y soleadas playas le han merecido la consideración de “islas felices de Oceanía”, está amenazado de desaparición por el crecimiento del nivel del mar.
Pero la responsabilidad es más bien de quienes dañan el medio ambiente. Colombia compagina su segundo puesto en felicidad con otro peor segundo puesto: es el país con más desplazados internos después de Sudán. Pero eso no invalida el espíritu trabajador, animoso y festivo de la abrumadora mayoría de sus ciudadanos, más hartos que nadie de conflictos y narcotráfico.
También se dibujan grandes contrastes en la dominante representación centroamericana y caribeña que acapara el resto de los diez primeros lugares: Costa Rica, República Dominicana, Panamá, Cuba, Honduras, Guatemala, El Salvador y San Vicente y las Granadinas.
Porque el pasado de conflictos e inestabilidad política de la zona ha dejado paso a una progresiva democratización –a veces incompleta y con lastres de inseguridad ciudadana—que, combinada con una alta esperanza de vida y una amplia riqueza ecológica, desemboca en una gran satisfacción comparativa. En sentido contrario, la pobreza y sus devastadores efectos sobre la supervivencia (36,9 años en Zimbabwe, 43,1 en Congo) contrapesan la aceptable huella ecológica de los cuatro países subsaharianos que cierran la lista, a la vez que arruinan cualquier posible satisfacción vital.
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