Empieza a llover en el anochecer barcelonés y somos unos cuantos los ciudadanos que nos asomamos a ventanas y balcones a contemplar el espectáculo. Ver llover se ha convertido en una oportunidad infrecuente y ese aire fresco que ensancha nuestras fosas nasales nos redime de meses de sequía, la porquería de los coches y esa suciedad tan urbana que nos destruye poco a poco.