Las canciones de Bob Dylan forman parte de mi educación sentimental. Mi apego a buena parte de sus canciones es máximo, indestructible. Pero la concesión del premio Nobel de Literatura me parece un exabrupto. Como lo fue el de la Paz a una Obama cuando era todavía un melón por abrir.
No soy de los que discriminan entre «alta» y «no alta» cultura». Sencillamente me gusta un mínimo de claridad en la concesión de los reconocimientos. El otorgamiento a Dylan roza el despropósito. Puede la Academia Sueca ganar así popularidad. Pero no prestigio. El mérito de Dylan es la letra anclada en la melodía. La letra aislada puede llegar a ser insípida. Y su incursión novelera (infumable obra «La tarántula») un bodrio que es mejor olvidar.
Adoro a Bob Dylan. No los dislates tejidos alrededor de su nombre. De su marca. De suu prestigio.