Acudo a la pizzería «Maestro» en el campus de la Universidad de Liné en Växjö, donde me alojo en un castillo residencia. Pido una pizza «Terminator» con la esperanza de tomármela de manera expeditiva e irme a estudiar a la vecina biblioteca. Me entregan una pieza circular con una pantallita. Debo llevármela a la mesa. Cuando empiece a vibrar debo regresar para recoger mi pizza. Todo está calculado.
El cálculo de las cosas está presente en todos los rincones. En las estadísticas de los diarios. En la cinta de transporte de maletas del aeropuerto que te notifica estimación de tiempo de espera antes de que salga el equipaje. Todo en Suecia está rigurosamente calculado. Como si de ello dependiera la supervivencia de la sociedad sueca.
(Qué placer ver en directo mis programas favoritos de la televisión sueca SVT1, sin tener que verlos en diferido como hago habitualmente vía Internet…)