No es ni mucho menos mi generación. Pero me gusta contrastarla con la mía. En el Hostel Generator, en pleno centro de Estocolmo, pululan treintañeros con el Appel y el I-phone en ristre. No se complican la vida. Son educados y muestran sus afectos de manera natural y ponderada. Un buen número de orientales completan el enjambre juvenil europeo, más aportaciones de otros continentes.
Embargados del espíritu nórdico, aquí cada uno va a su bola. Yo puedo escribir mi blog, otros zamparse una hamburguesa y terceros hacer un amago de danza que sigue la música, alta pero no estridente en una cafetería compartida y polivalente orientada a la Torsgatan, una calle adjacente a las líneas ferroviarias.
El cielo permanece como foto fija de atardecer que no se decide a anochecer. Es lo que tiene la canícula nórdica. Y así seguirá.
(Mañana, de madrugada, la luz irrumpirá con fuerza, todo se reactivará y la ciudad recuperará su efervescencia diurna. Y yo, a media mañana, marcharé a Uppsala, donde yace la más antigua Universidad escandinava).