Hay amigas que pueden hacerte más daño que tu peor enemiga. Es el caso de Vera Wang, la diseñadora del traje de Chelsea Clinton, que parece que estaba pensando en una tarta nupcial cuando diseñó el modelito de la hija del ex presidente de EEUU, para el día más feliz de su vida.
Con sentido del humor, Teresa de la Cierva afirma en ABC, no estar segura de si es más cursi el traje en sí, o la descripción que han hecho los teletipos que han llegado a las redacciones de los periódicos:
«Lucía escote palabra de honor y cuerpo drapeado de tul, embellecido en la cintura con un bordado de pedrería antigua, realizado en organza y en blanco marfil».
Teresa de la Cierva se pregunta:
¿Qué se puede esperar de una diseñadora que hace trajes para patinadoras artísticas como Nancy Kerrigan y Michelle Kwan, y los uniformes de las cheerleaders del equipo de fútbol americano Philadelphia Eagles?
Y se contesta ella misma:
Lo que me sorprende es que Chelsea no haya mirado antes en el «book» de Wang los trajes de novia de Mariah Carey, Jennifer Lopez, Sharon Stone y Victoria Beckam, porque si lo hace, se lo piensa dos veces antes de perder a una amiga. Si lo dice bien clarito el refrán, «la mejor manera de mantener a tus amigos es no pedirles ni deberles nada».
El caso de su madre, la poderoso, autoritaria y expeditiva Hillary Clinton, es otro. La actual secretaria de Estado ha apostado por un valor seguro.
No es la primera vez que luce las creaciones de Oscar de la Renta, su diseñador favorito desde sus años de primera dama de Estados Unidos.
¿Un acierto? Para que no se diga que hoy tengo el veneno en la piel, copio también la descripción de la noticia de agencia y que cada cual haga su propio juicio:
«Vestido de seda de tono cereza degradé, con algunos bordados en los mismos tonos en la falda, manga larga y un cinturón ancho».
Ni siquiera el novio y el padre de la novia han puesto el toque se sensatez en sus respectivos atuendos.
Marc y Bill, en lugar del tradicional chaqué se han colocado idénticos esmoquins diseñados por Christopher Bailey, de la firma inglesa Burberry.
Lo malo de todo esto, no es que no me gusten a mí. Es que por muy desafortunada que haya sido la elección, la familia Clinton al completo marca tendencia. Sus looks siguen siendo un referente para las mujeres y los hombres de medio mundo que se asoman a las revistas del corazón para elegir sus trajes.
Y a partir de hoy, estos modelazos serán copiados por cientos de novias (y novios) anónimos en su paseillo hacia el altar. Allá ellas.
LAS RAZONES DE LA DISCRECCIÓN
En cualquier caso, la boda de la hija de los Clinton con Marc, un compañero de universidad, ha suscitado una fascinación, enfermiza según algunos, en el universo periodístico de Estados Unidos. Un matutino la ha calificado nada menos que de la boda del milenio.
Las razones de este ensimismamiento son diversas, según explica Inocencio Arias, quien fue embajador mucho tiempo en EEUU y conoce el país y sus costumbres como la palma de la mano.
Los estadounidenses no tienen familia real ni aristocracia que llevarse a la boca, y un puñado de artistas de Hollywood, media docena de millonarios y los presidentes de la nación cumplen esta función de servir de pasto a la prensa del corazón.
Por otra parte, el tema vende periódicos en época de crisis de la prensa escrita y una boda siempre es muy socorrida para los gráficos y la televisión.
Los Clinton han respetado el deseo de su hija de celebrar el acontecimiento dentro de la posible «intimidad» pero la pareja, animales políticos con altibajos de popularidad y que despiertan toda clase de sentimientos en sus compatriotas, desde pasión hasta odio pasando por desconfianza, habrá disfrutado con que su retoño haga aflorar un interés parecido al de un miembro de la dinastía política noble por excelencia del país, los Kennedy.
Por razones de seguridad, el secretismo tenía un límite. La pequeña localidad de Rhinebeck, en la parte norte del Estado de Nueva York, empezó a vivir una considerable agitación en las dos fechas previas a la boda.
Despliegue de la Policía, tráfico inusitado, Bill Clinton, al que su hija ha hecho adelgazar siete kilos antes de la ceremonia, comiendo en un restaurante y acercándose exultante a saludar a los parroquianos en todas las mesas…
El Gobierno federal cerró incluso el espacio aéreo en las cercanías de la lujosa finca en que tenía lugar el evento durante las horas que duró la ceremonia. Tiene lógica, un atentado allí habría cubierto los titulares mundiales durante muchas fechas. Es justamente lo que quieren los terroristas, publicidad.
La boda parece haber costado más de dos millones de euros, solo las flores importaron 250.000 dólares, y a la novia la vistió Vera Wang, no Óscar de la Renta, favorito de Hillary, como se había especulado.
En el ágape hubo primacía de platos vegetarianos, hasta la tarta lo fue, porque Chelsea es de esta ‘hermandad‘ gastronómica.
La hija de los Clinton es una joven valiosa y con personalidad. En la reciente campaña presidencial fallida de su madre trabajó intensamente y tuvo que aguantar alguna pregunta rastrera sobre las alegrías sexuales de su padre. Reaccionó con entereza.
Un conocido columnista del ‘New York Times‘, Gail Collins, decía estos días que a muchos americanos les irritan Bush, Bill o Hillary Clinton pero que las dos familias han sido capaces de producir vástagos valiosos. Había 500 invitados sin excesivas celebridades a nivel mundial.
Los Obama y los Gore no han sido invitados, algo que sería inaudito en nuestros pagos. El jefe de la madre de la novia y hombre más poderoso de la tierra se queda fuera. Otro tanto acontece con el vicepresidente durante ocho años del padre.
Algún multimillonario ha rezongado : «Hombre, yo servía para prestarle gratis una y otra vez mi avión privado y mi piloto a los Clinton y ahora no soy digno de ir a la boda».
No somos nadie, en efecto. Preguntada Hillary sobre que es más difícil si negociar la paz en Oriente Medio o preparar una boda de este tipo ha contestado:
«Así, así».
Que sean felices y coman perdices, o como se diga en las confesiones judía y metodista en las que se han casado.
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