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En la ceremonia más solemne de la Iglesia católica, cuando el humo blanco asoma sobre la Capilla Sixtina y miles de fieles aguantan la respiración en la plaza de San Pedro, ocurre un acto tan antiguo como intrigante: el nuevo Papa escoge un nombre distinto al suyo.
Esta práctica, lejos de ser un simple formalismo, encierra capas de tradición, simbolismo bíblico y hasta alguna que otra anécdota digna de novela.
El cambio se produce justo después de las votaciones del cónclave.
El cardenal decano pregunta al elegido si acepta el puesto de Sumo Pontífice. Si responde afirmativamente, le lanza una segunda cuestión clave: ¿Con qué nombre quieres ser llamado?
En ese instante, el futuro Papa toma una decisión que marcará su pontificado y su lugar en la historia.
Un gesto simbólico con raíces bíblicas
¿Por qué ese cambio? La respuesta hunde sus raíces en los evangelios. A lo largo de las escrituras, cambiar de nombre es sinónimo de nueva misión o transformación profunda. El caso más emblemático es el del apóstol Simón, rebautizado como Pedro por Jesús: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Este gesto simboliza el inicio de una nueva identidad al servicio de Dios y su pueblo.
Desde entonces, para los católicos, adoptar un nuevo nombre al asumir el papado significa dejar atrás la vida anterior para renacer como guía espiritual universal. No hay reglas fijas: el Papa puede elegir cualquier apelativo, aunque suele optar por nombres cargados de significado personal o que rinden homenaje a santos y pontífices anteriores.
- Ejemplo reciente: Jorge Mario Bergoglio eligió llamarse Francisco en honor a san Francisco de Asís, símbolo de humildad y fraternidad.
Tradición… pero no desde siempre
Aunque hoy parece una costumbre inquebrantable, lo cierto es que durante los primeros siglos del cristianismo los Papas gobernaban con su nombre original. El primer caso documentado fue Juan II (533 d.C.), quien cambió su nombre original —Mercurio— porque no parecía apropiado llevar el nombre de un dios pagano siendo jefe máximo del cristianismo.
La práctica se extendió progresivamente. Hasta el siglo XI no se hizo habitual. Desde entonces, solo dos Papas mantuvieron su nombre original: Adriano VI y Marcelo II. Curiosamente, ningún Papa ha querido llamarse Pedro desde los tiempos del apóstol: sería considerado equipararse al primer líder de la Iglesia—aunque sí hay nombres como Juan o Gregorio que han sido elegidos varias veces.
Curiosidades y datos locos del cambio papal
La elección del nombre papal está repleta de pequeñas historias sorprendentes:
- Juan es el nombre más repetido (23 veces), seguido por Gregorio y Benedicto (16 cada uno).
- Hay 43 nombres papales que solo se han usado una vez, entre ellos Pedro, Anacleto, Ponciano o Francisco.
- Solo dos Papas han optado por nombres compuestos: Juan Pablo I y Juan Pablo II.
- Nunca ha habido un Juan XX; el Papa Pedro Julião se proclamó Juan XXI saltándose un número por error histórico.
- Tras aceptar el cargo, el nuevo Pontífice pasa a la llamada “Sala de las lágrimas”, donde muchos han llorado por la magnitud del reto asumido.
- Allí le esperan tres maniquíes con sotanas blancas de diferentes tallas —cortesía del sastre Gammarelli— y un barbero por si necesita afeitarse antes del primer saludo público.
- Desde 1830 ningún cónclave ha durado más de cinco días, salvo excepciones como la elección de Pío X (24 días).
- A pesar del simbolismo, nunca nadie ha elegido llamarse Pedro II.
El proceso detrás del misterio
El procedimiento es tan riguroso como secreto. Los cardenales votan en estricta confidencialidad dentro de la Capilla Sixtina, aislados bajo llave para evitar presiones externas. Tras obtener la mayoría necesaria (dos tercios), se pregunta al elegido si acepta el cargo y cuál será su nombre pontificio. Una vez tomada la decisión, arde el papel en la estufa vaticana: humo blanco para anunciar al mundo que hay nuevo Papa… ¡y nuevo nombre!
En esos minutos vertiginosos se cruzan historia, teología e incluso superstición. ¿Por qué nadie quiere llamarse Pedro? Por respeto al apóstol original. ¿Por qué algunos nombres han caído en desuso? A veces por malas experiencias históricas asociadas a Papas polémicos.
Lo que revela el nombre elegido
El nombre papal suele dar pistas sobre las prioridades e inspiraciones del nuevo Pontífice:
- Rendir homenaje a predecesores admirados (como los Juan Pablo).
- Señalar un rumbo renovador o rupturista (como hizo Francisco).
- Recordar a santos cuyas virtudes desea emular.
Al final, ese sencillo acto —elegir cómo será recordado ante millones— resume siglos de tradición eclesial condensados en una sola palabra.
Un gesto antiguo que sigue fascinando
El cambio de nombre papal conecta pasado y presente, Biblia y actualidad. Es símbolo de continuidad pero también ventana abierta a las sorpresas humanas e históricas que siguen marcando cada elección en el corazón del Vaticano.
Entre sotanas blancas listas para estrenar, lágrimas sinceras en la Sala privada y números saltados en la lista oficial —símbolo de errores humanos— late una tradición viva que mantiene al mundo pendiente del misterio cada vez que se proclama: Habemus Papam… Franciscus!
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