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MUJERES Y PAREJAS

Sexo: Los 10 grandes miedos del hombre moderno

El tamaño de la polla es un tema casi intocable para ellos

Yéssica Salazar Actualizado: 03 May 2026 - 11:06 CET
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Los hombres hablan de sexo constantemente.

Con los amigos, en los vestuarios, en los chats de grupo, con una mezcla de fanfarronería y estadística inventada que haría sonrojar a cualquier investigador del Instituto Kinsey.

Lo que raramente mencionan son sus miedos.

Porque los hombres, según el manual no escrito que rige su educación emocional, no tienen miedos en la cama.

Tienen rendimiento, tienen técnica, tienen resistencia. Miedos, no.

Mentira. Los tienen. Y algunos son exactamente los mismos que los de ellas, solo que guardados con más cuidado bajo siete llaves y un candado adicional de ego preventivo.

Esta es la lista de los diez que más pesan, explicada sin dramatismos y con la honestidad que el tema merece.


1. Que estés pensando en otro

La fantasía de pensar en alguien distinto durante el sexo es tan común como inconfesable. Ellos lo saben porque ellos también la tienen. Y precisamente porque lo saben, el miedo a que ella esté mentalmente en otro sitio mientras él está físicamente ahí resulta particularmente incómodo. No es solo una cuestión de ego: es la sospecha de que el problema puede ser él.


2. Que finjas

La escena de Cuando Harry encontró a Sally en la que Meg Ryan finge un orgasmo en un restaurante ante la atónita mirada de los comensales lleva décadas siendo graciosísima precisamente porque todo el mundo sabe que pasa. Los estudios estiman que entre el 50% y el 70% de las mujeres ha fingido en alguna ocasión. Los hombres lo saben. Y el miedo a estar siendo el protagonista involuntario de esa actuación, sin saberlo, sin poder hacer nada al respecto, es genuinamente perturbador para el ego masculino.


3. Los problemas de erección

Le ha pasado a prácticamente todos en algún momento. El cansancio, el estrés, el alcohol, la ansiedad sobre el propio rendimiento o simplemente la biología impredecible del cuerpo humano pueden producir ese momento en que el cuerpo no coopera con las intenciones. Para ellas suele ser menos grave de lo que para ellos parece: saben que es circunstancial, que ya pasará, que hay otras formas de continuar. Para ellos, sin embargo, en ese momento es el fin del mundo conocido. El abismo. La crisis existencial en miniatura. La proporción entre la importancia real del asunto y la importancia percibida por el afectado es uno de los grandes misterios de la psicología masculina.


4. La eyaculación precoz

El otro gran miedo íntimamente relacionado con el anterior. La industria pornográfica ha instalado en el imaginario masculino la idea de que una relación sexual que no dure como mínimo cuarenta y cinco minutos es un fracaso técnico. La realidad biológica es considerablemente más modesta: los estudios sobre duración media del coito producen datos que van de los tres a los siete minutos, muy lejos del estándar audiovisual. El resultado es una brecha entre expectativa y realidad que genera frustración, ansiedad y, paradójicamente, más eyaculación precoz. Es uno de los problemas sexuales masculinos más comunes y uno de los menos consultados al médico por vergüenza.


5. Ser un mal amante

Debajo de la confianza que muchos hombres proyectan en materia sexual hay una pregunta que pocos se atreven a formular en voz alta: ¿soy bueno en esto? No en abstracto sino en comparación con los amantes anteriores de su pareja, con el estándar implícito que supone que ella tiene criterio de comparación. El miedo a un rendimiento de segunda categoría, a no estar a la altura de un historial que desconocen pero que imaginan, es más universal de lo que la actitud de seguridad masculina sugiere.


6. Que te aburra

Hay pocas cosas más devastadoras para la autoestima masculina que un bostezo en el momento equivocado. O que ella consulte el teléfono. O que parezca estar elaborando mentalmente la lista de la compra. El aburrimiento durante el sexo puede tener causas completamente ajenas al desempeño de él: cansancio acumulado, preocupaciones, falta de conexión emocional en ese momento concreto. Pero el hombre que lo percibe raramente llega a esa conclusión tranquilizadora. La que llega primero es la otra.


7. La crítica física

El cuerpo masculino también tiene sus inseguridades, aunque la cultura dominante sugiera que esas inseguridades son territorio exclusivamente femenino. Un comentario sobre la barriga, el vello, la musculatura ausente o cualquier otro aspecto físico pronunciado en el momento de mayor vulnerabilidad puede instalarse en la memoria con una permanencia inversamente proporcional a la intención con que fue dicho. Los hombres aprenden a callar estas heridas con la misma eficiencia con que aprenden a no mostrar que las tienen.


8. El comentario sobre el tamaño

Es el tema más transitado y más sensible del catálogo. Los estudios sobre satisfacción sexual femenina muestran consistentemente que el tamaño tiene menos importancia de la que el imaginario masculino le atribuye. Pero ese dato estadístico no tiene ningún poder calmante sobre el hombre que acaba de recibir un comentario al respecto, aunque sea formulado con la mejor intención. Es el único tema en que el consejo más útil que se puede dar a la otra parte es simplemente no pronunciarse, en ninguna dirección, bajo ninguna circunstancia.


9. La estimulación prostática

El punto G masculino está en la próstata, accesible únicamente a través del ano. Su estimulación produce placer en hombres de cualquier orientación sexual y no tiene ninguna relación con la identidad o las preferencias. La urología lo confirma. La mayoría de los hombres heterosexuales lo sabe intelectualmente. Pero el peso cultural de los prejuicios sobre lo que implica o no implica ese placer hace que sea uno de los territorios más inexplorados de la sexualidad masculina, no por falta de curiosidad sino por exceso de inseguridad sobre lo que esa curiosidad podría significar.


10. La comparación con otros

El décimo y posiblemente el más universalmente compartido. Nunca, bajo ninguna circunstancia, en ningún contexto, por muy bien intencionada que sea la observación: no se menciona a predecesores. No lo que hacían, no cómo lo hacían, no lo que producían en ella. La comparación con un amante anterior, formulada de cualquier manera y con cualquier propósito, activa en el hombre receptor un mecanismo de inseguridad que puede tardar años en desactivarse.

La razón no es fragilidad excesiva sino algo más humano: nadie quiere ser evaluado en el momento de mayor vulnerabilidad. Ni ellos ni ellas.

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