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CRÍMENES EN LA EUROPA RURAL DEL SIGLO XX

Nagyrev, el pueblo húngaro donde cientos de mujeres asesinaron con veneno a sus maridos

La desesperación y la complicidad convirtieron a vecinas comunes en asesinas seriales en la Hungría rural

Periodista Digital 25 Ago 2025 - 14:33 CET
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La vida tranquila de Nagyrev, un pequeño pueblo húngaro, se vio sacudida entre 1914 y 1929 por una serie de asesinatos sistemáticos que terminaron por convertirlo en uno de los enclaves más inquietantes de la crónica negra europea.

En este remoto lugar, decenas, posiblemente cientos, de hombres murieron en circunstancias sospechosas, todos ellos esposos de mujeres del pueblo que compartían un secreto mortal.

La llegada de la Primera Guerra Mundial provocó una crisis social y económica que alteró profundamente las costumbres locales.

Los hombres fueron enviados al frente y las mujeres se quedaron solas, muchas veces sin recursos y sometidas a matrimonios forzados o violentos.

La desesperación y la falta de salida empujaron a muchas a buscar soluciones extremas.

Entre ellas, algunas comenzaron a utilizar veneno para deshacerse de sus maridos. La sustancia elegida era el arsénico, extraído ingeniosamente de papeles matamoscas, un producto común en las casas rurales.

El papel clave de la comadrona: “La ángel de la muerte”

La figura central en esta trama fue Julia Fazekas, la comadrona del pueblo. Su reputación como sanadora y consejera le permitía entrar en casi todas las casas sin levantar sospechas. Pero además de asistir partos, Fazekas enseñaba a otras mujeres cómo preparar el veneno y ofrecía ayuda para encubrir los crímenes. Se estima que cerca de 50 mujeres participaron activamente en los asesinatos, siguiendo sus instrucciones.

En palabras recogidas años después: “Si alguna mujer tenía problemas con su marido, Julia sabía cómo ayudarla”. La red tejida por la comadrona era tan discreta como efectiva; durante años, las muertes se atribuían a causas naturales o accidentes domésticos.

Descubrimiento y escándalo internacional

El caso salió a la luz en 1929, cuando una denuncia anónima alertó a las autoridades sobre el número inusualmente alto de fallecimientos masculinos en Nagyrev. Tras exhumaciones y análisis forenses rudimentarios para la época, los investigadores hallaron rastros de arsénico en numerosos cuerpos. El escándalo fue mayúsculo: se calcula que al menos 45 hombres murieron por envenenamiento, aunque algunas fuentes elevan la cifra hasta 300 víctimas.

Las detenciones no tardaron en llegar. Muchas mujeres confesaron tras largas horas de interrogatorio, señalando tanto el abuso como el abandono como motivos principales para sus acciones. Julia Fazekas fue arrestada pero nunca llegó a ser juzgada; murió antes del proceso final.

Un contexto social explosivo: hambre, violencia y desesperación

Los testimonios posteriores evidencian que el fenómeno no puede entenderse sin analizar el entorno social del pueblo:

En palabras recogidas por cronistas locales: “Las mujeres no tenían voz ni voto; el único poder era decidir sobre la vida o muerte del hombre”.

Perfil psicológico y social: ¿víctimas o verdugas?

El perfil colectivo de las asesinas dista mucho del estereotipo criminal clásico. Eran mujeres jóvenes y adultas sin formación ni recursos, muchas veces analfabetas y dependientes económicamente. Sin embargo, su capacidad para organizarse y ocultar los crímenes durante años revela una inteligencia práctica y una gran habilidad para leer su entorno.

Destacan algunos rasgos comunes:

Anécdotas, curiosidades y consecuencias

Algunas historias relatadas por descendientes e investigadores muestran detalles sorprendentes:

La repercusión internacional fue enorme; periódicos británicos y franceses bautizaron al lugar como “el pueblo asesino”, mientras sociólogos y psiquiatras estudiaban el caso como ejemplo extremo del poder femenino bajo presión social.

Legado e impacto cultural

A día de hoy, 25 de agosto de 2025, Nagyrev sigue siendo objeto de investigación histórica y cultural. La historia inspira novelas, documentales y debates sobre género, violencia doméstica y justicia social. El caso plantea preguntas incómodas sobre hasta dónde puede llegar un grupo social cuando se ve privado sistemáticamente de derechos básicos.

En definitiva, Nagyrev es mucho más que un pueblo marcado por el crimen; es un símbolo brutal del choque entre opresión estructural y resistencia desesperada.

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