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Castilla milenaria, de Gerardo Diego, el mejor poema sobre Castilla del siglo XX

Juan Pablo Mañueco 02 Ene 2026 - 11:50 CET
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CASTILLA MILENARIA de G.D.

 

 
Mil años ya, Castilla, madre mía,
y tu frente de reina persevera
tan niña y clara como el primer día
cuando a Santa María
rezabas desde el Castro de Valnera,

mientras tus ojos, faros de dulzura,
rodeaban los rumbos de tu rosa:
Mar de Cantabria, el Pas en su angostura,
las brañas, la llanura
más allá de Espinosa, prodigiosa.

Oh tierra de mi sangre y de mi entraña,
tierra de mi apellido y mi semilla,
oh bendita de Dios, verde Montaña,
profecía de España,
prenda eterna de luz, alta Castilla.

Mil años ya. Tus miembros se extendieron,
mojan tus pies espumas africanas,
tus costados y brazos anchos fueron,
tus cabellos torcieron
su enmarañar por ínsulas indianas.

Y hoy si tu bulto contemplar quisieras,
todo tu cuerpo recogido y prieto,
no verías sus lindes ni fronteras,
ni desde mil Valneras
dibujaras tu íntegro esqueleto.

«Tierra inmortal, Castilla de la muerte.»
Jamás, Castilla de la siempre vida,
Castilla del castillo de la suerte,
ciego, invisible, fuerte
sobre la ruina dócil y ofrecida.

Ruinas en flor, castillos de Castilla,
sus pétalos, crujías y dovelas
huelen a sol y a luna, y a su orilla
muerden hierba amarilla
polvorientas merinas paralelas.

Más no penséis que adoleció y que fina
flor que así se desciñe y se derrama.
Un nuevo tallo brota y se ilumina
creciendo de su ruina:
torre del homenaje, chopo o llama.

Así es como te quiero, fresca y verde,
Castilla de mis libros escolares,
cuando la honda mirada se nos pierde
¿quién que no lo recuerde?
más allá de los siglos y los mares.

Estampa de color de mis niñeces,
acariciadas luego en la memoria.
Cotas y aljubas, grebas y jaeces.
Dichoso yo mil veces
que no aprendí otra patria ni otra historia.

Es Fernán a caballo -arnés tranzado-
y el rey -sayo de seda- en la ventruda
mula, y la arena del revuelo vado
salpicando el violado
rostro de crasitud que se demuda.

Luz de mañana azul. Santa Gadea.
La palabra de Alfonso, oscura y grave,
el ceño de Rodrigo. Lisonjea
el sol y se recrea
aurivolando en diagonal la nave.

Allá Torre del Oro se levanta,
roja de alegre sangre y azulejos,
y un botalón de nao se adelanta,
las cadenas quebranta
y el Betis se bautiza de reflejos.

Consulado de Burgos. Raudas quillas
-curvan costillas las atarazanas-
atropellan Sanlúcares, Sevillas,
y en bordadas de millas
fuerzan las aguas del Estrecho canas.

Más allá el sueño horrendo de Fernando
rasga el vientre a una nube de ceniza.
Cástor y Pólux, Géminis tronando.
Y el plazo va menguando
y el emplazado, de pavor se eriza.

Reina Isabel ahora escucha y calla.
Un extraño hombre en pie la frente inclina.
Habla tan mesurado. A veces falla
la voz. Muestra y detalla
con un compás la carta azul marina.

Y al fin mis ojos ven, mi mano toca
la ansiada selva virgen. Y el anciano
monje y su cruz. Y el maya o el iloca
que hace santa su boca
cantando «madre, Dios», en castellano.

Oh lengua entre las lenguas ensalzada,
latín filial, honor del universo,
clara plaza de armas, paz ganada,
hogaza codiciada,
oh sangre noble de mi noble verso.

Por ti Castilla es reina invulnerable,
por ti es eterna España ola tras ola,
siglo tras siglo, eterna e inviolable,
donde quiera que hable
hembra o varón fonética española.

Pampa de luz, volcanes de oro y nieve,
cataratas de estruendo, ardua manigua,
soledad de altiplano, augusta y leve:
el orbe se hace breve
-oh sintaxis de amor- y se santigua.

¿Cómo queréis que hoy no se conmueva
mi verso de zagal o de monago,
si al cantar a mi lengua, se renueva,
se remoza y subleva
mi niñez pura en sueños de rey mago?

Nadie elige su cuna. Mas la mía
en un raigón de castellana muela
me brezaba y mi padre aún se adormía
a la aérea porfía
del cuévano nevado de la abuela.

Brasas de lobos en la noche oscura,
manotazos del oso deshaciendo
rueca y anciana y tierna criatura.
Camino de la altura,
la Virgen de las Nieves sonriendo.

Fábula agraz de rámilas y zorras,
brincos del corzo y vuelos del pasiego,
ordeño de la leche en Las Machorras,
y tú que no te borras,
maestro enjuto dictando a Samaniego.

Águilas de Gayangos, espirales
sobre el huerto de absortos girasoles.
Ferias de Villarcayo y de Ramales.
Tardíos estivales
verdes de espigas, rojos de ababoles.

Álamos de Arlanzón, olmos de Arlanza,
aguas tajando hoces de hondas cuevas,
páramo gris, sediento de esperanza;
la vista que no alcanza
los horizontes de fronteras nuevas.

Olores: heno seco y amarillo,
la dama rosa del escaramujo,
áspera aliaga, orégano sencillo
y el leñoso tomillo
que el borceguí del cazador tradujo.

En románico porche socavada,
el tacto frío de labrada piedra
a la caricia de la luna helada,
y la torre rajada
y el concilio del ábside y la hiedra.

Castilla impresa en todos mis sentidos,
viniendo a mí, empapándome yo de ella,
Castilla en frutos, palomares, nidos;
los frescos estallidos
del viento en su basquiña de doncella.

Castilla de la historia y geografía,
efímera del año y milenaria.
Castilla o Sobreespaña, en este día
a besarte venía
tu invisible mejilla planetaria.

GERARDO DIEGO

 

 

 

 

 

Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid. Es Premio Literario CERVANTES-CELA-BUERO VALLEJO, 2016, otorgado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Ha ejercido la docencia de Lengua y Literatura castellanas, en diversos centros de Enseñanza Media de Guadalajara y de Madrid. […]

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