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Las Castillas y León, ocho o diez o catorce siglos de unidad

Juan Pablo Mañueco 04 Feb 2026 - 15:47 CET
Archivado en:

LAS CASTILLAS Y LEÓN, OCHO O DIEZ O CATORCE SIGLOS DE UNIDAD.

 

Una visión unitaria de Castilla desde antes del año 1000

 

Reino de Asturias poco después de la batalla de Covadonga

 

Este texto es la actualización al siglo XXI de un artículo de prensa publicado en 1981 que obtuvo la Mención de Honor del Premio de Periodista “Provincia de Guadalajara” de ese año, con el título de “Castilla y León, 750 años de unidad” (que eran los que se cumplían por esos años), en cuyo titular también se afirmaba que Castilla era una nacionalidad histórica, según la terminología que había introducido la Constitución de 1978, sin indicar cuáles eran en concreto dichas nacionalidades, pero que en la práctica real de los partidos políticos se le estaba negando a Castilla dicha consideración.

 

En 1981, antes del establecimiento de las autonomías, que para Castilla ha supuesto su verdadera descomposición en cinco taifas (eso significa “taifa”, descomposición de algo preexistente) puestas de espaldas entre sí, ya que en nada colaboran oficialmente, pese a conservar dos de ellas el nombre de “Castilla” encabezando sus denominaciones, referirse a “Castilla” significaba aludir a las dos Castillas, Vieja y Nueva, ya que eran regiones nominales, meramente teóricas, sin Gobiernos regionales distintos que las disgregasen.

 

El texto, en su versión original, se publicó inicialmente en “Guadalajara. Diario de la Mañana”. Pero su repercusión fue mucha, en unos tiempos en que el tema territorial autonómico estaba en continuo candelero en los medios de comunicación, por lo que fue reproducido en “Nueva Alcarria” y “Flores y Abajas”, semanarios de Guadalajara, y en otras muchas cabeceras periodísticas de las dos Castillas, y de medios de comunicación de la emigración castellana en otras partes de España.

 

El artículo original analizaba la Historia de las Castillas y León desde sus albores hasta 1980. Esta primera entrega del mismo comprende desde el 711 con la invasión de la Península por las tropas omeyas hasta el año 1230, cuando se produjo la unión definitiva de los reinos de Castilla (ya desde el mar Cantábrico hasta Ciudad Real) y de León.

 

 

Las dos Castillas y León, ocho o diez o catorce siglos de unidad, según queramos comenzar a contabilizar dicha vinculación

 

En estas fechas de 1980 se está conmemorando el 750 aniversario de la unión definitiva de los reinos de Castilla y León que aconteció en 1230, por acción del rey Fernando III el Santo, que ya era rey de Castilla (de toda Castilla, desde Santander hasta Sierra Morena) desde 1217 cuando su madre Berenguela I de Castilla renunció dicho año al trono de Castilla a favor de su hijo Fernando III de 18 años de edad, en quien ya veía cualidades importantes como persona para poder gobernar.

 

A la muerte de su padre, Alfonso IX de León, en septiembre de 1230, se produjeron una serie de acontecimientos y renuncias sucesivas de sus hermanastras Sancha y Dulce, que condujeron a la firma el 11 de diciembre de 1230 del Tratado o Concordia de Benavente.

 

Dicha Concordia reconocía a Fernando III también como rey de León, según unas cláusulas pactadas entre las cuatro mujeres que tenían algo que decir en torno a la sucesión del reino leonés, sus hermanastras de padre, Sancha y Dulce, y las dos esposas vivas de su padre, Teresa de Portugal y Berenguela I de Castilla.

 

Se consolidaba de esta forma la unidad definitiva de dos reinos tan entrelazados entre sí –entonces, antes y después de la fecha unificadora- que desde el año 711 hasta 1230 (es decir desde la invasión árabe hasta la reunificación a la que aludimos) tan sólo han estado separados 80 años dentro de ese periodo de 5 siglos, e incluso en estas separaciones por motivos meramente coyunturales y compartiendo la misma familia real.

 

Antecedentes: El condado de Castilla dependiente del reino de Asturias es anterior al reino de León y además Castilla es causa desencadenante de la creación del Reino de León

 

Veremos en las páginas siguientes que esa unidad existe ya desde el siglo VIII con la creación del Reino de Asturias y su control de toda la Cornisa Cantábrica al norte peninsular, es decir, también de la región más oriental de la misma, en donde iría apareciendo a lo largo del siglo VIII el nombre en latín de Castella (Castilla, los castillos).

 

Castella, Castiella, Castilla hacía referencia, todavía geográficamente, a una zona poblada de fortificaciones militares para cerrar el paso a las tropas musulmanas, que desde el valle del Ebro penetraban por desfiladeros hacia las tierras montañosas y costeñas del flanco oriental del reino de Asturias, esto es, el norte de las actuales provincias de Burgos y Palencia y el sur de la provincia de Santander.

 

 

ANTECEDENTES DE UN MISMO REINO Y DESPUÉS CORONA, PERO CON ORIGEN DOBLE: EN ASTURIAS-LEÓN Y EN CASTILLA O EN CANTABRIA (GODA)-CASTILLA

 

Un común origen gótico, hispanorromano y prerromano

 

En el 711 y años sucesivos, tras la invasión musulmana, al producirse el repliegue hacia el norte de los restos del reino visigodo, confluyeron en las zonas montañosas del Sistema Cantábrico sucesivas capas de pobladores: hispano-romanos que habían vivido bajo el gobierno de los visigodos, población autóctona de las montañas del norte (astures, cántabros, bárdulos…) y desde luego la nobleza y población popular visigótica que actúan como elemento cohesionador del conjunto y constituyen el fermento de los núcleos de resistencia que allí iban a crearse.

 

El principal componente de este nuevo pueblo que está a punto de gestarse es el elemento visigótico recién llegado, sin cuya intervención no puede entenderse el deseo de re-conquistar y de re-poblar hacia el sur lo que ya antes había sido conquistado y poblado por ellos.

 

Las carretas que transportaban hacia el norte montañoso a las familias hispanas que huían de la invasión musulmana, llevaban también una lengua romance, una religión cristiana y una cultura peninsular que dichos pobladores pensaban mantener pese a los infortunados años de islamización que les había tocado vivir a quienes permanecían en el sur y centro de la Península Ibérica.

 

La añoranza por la ciudad de Toledo, la capital del ya extinto reino visigodo, también se explica por la importancia del componente godo en los núcleos de resistencia que van a surgir en las montañas norte peninsular.

 

La importancia de la cultura visigótica popular en el nacimiento de Castilla es evidente para todos los historiadores y puede comprobarse no sólo en la raíz germánica de los patronímicos de los primeros castellanos (Fernando, Rodrigo, Gonzalo…), sino también en los topónimos (empezando por la propia ciudad de Burgos, cabeza de Castilla), en las formas culturales castellanas (por ejemplo el origen de la épica castellana en los cantos historiales del pueblo godo, como demostrara en su día Menéndez Pidal)…

 

Hay también influencias institucionales entre los visigodos y los primitivos castellanos como la preferencia por el derecho consuetudinario, la institución visigótica de los gudzman –hombres buenos o jueces populares-, de donde viene el apellido actual “guzmán”, que también fue un nombre de pila común en la Edad Media y el Siglo de Oro, la propiedad comunal de montes, pastos y bosques (que pasaría a las Comunidades de Villa y Tierra de Castilla), la Asamblea decisoria de todos los hombres libres, que se transformaría en los futuros Concejos Abiertos castellanos, etc.

 

Igualmente, en el nacimiento de Castilla hay que señalar la importancia del elemento hispanorramano (que aportaba la lengua latina y la religión católica, ya aceptada también por los visigodos) y del componente poblacional prerromano (bárdulos y cántabros son pueblos previos a Roma que ya se asentaban sobre el territorio que iba a rebautizarse como “Castilla” a lo largo del siglo VIII.

 

Considero fundamental destacar especialmente la presencia del pueblo bárdulo en el nacimiento de Castilla, dado que Bardulia es el nombre anterior de Castilla, y también por la pervivencia del léxico  y toponimia céltica de los bárdulos que todavía puede apreciarse en la Castilla de nuestros días, así como porque la fonética o modo de pronunciar el latín de los bárdulos es lo que explica muchas de las soluciones lingüísticas que iba a aportar el naciente castellano, diferentes de las restantes lenguas romances peninsulares, en ocasiones.

 

Mayor incidencia de la nobleza gótica en la parte asturiana

 

Para la zona asturiana de los primitivos núcleos de resistencia cristiana cabe señalar una mayor presencia de la nobleza gótica, más jerárquica y romanizada, que prefiere regirse por normas jurídicas de ascendencia romana más que por el derecho consuetudinario y las normas más igualitarias de los godos populares, que a menudo eran consideradas bárbaras por la alta nobleza visigoda.

 

A comienzos del siglo VIII cuando don Pelayo es alzado a la condición de caudillo y luego de rey de Asturias o de los astures, en torno al año 718 o siguientes, el duque Pedro de Cantabria, un militar visigodo que había servido a los últimos reyes godos, se apresura en ponerse a las órdenes de don Pelayo, con lo que la zona de la futura Castilla entra en la órbita del reino asturiano.

 

De esta forma, desde el principio vemos que desde el inicio de su existencia las tierras situadas en la cornisa cantábrica tienen sensación de unidad, inicialmente bajo la soberanía de los reyes con capital primero en Cangas de Onís y después en Oviedo.

 

Canga de Onís, San Martín del Rey Aurelio, Pravia y Oviedo, primeras capitales del reino de Asturias, en el norte cristiano peninsular.

 

Cangas de Onís fue la primera capital de este reino, entre el año 720, aproximadamente, y mediados del siglo VIII, cuando la capitalidad del reino de Asturias se trasladó primero a San Martín del Rey Aurelio (durante 6 años entre 768 y 774, en tiempos del quinto rey asturiano, Aurelio), luego a Pravia (siete años, entre 774 y 781) y posteriormente con Alfonso II el Casto la corte se trasladó más permanentemente a Oviedo, a finales del siglo VIII, siéndolo durante todo el siglo IX.

 

Alfonso II el Casto (rey desde 791 hasta el 842), cuyo reinado se prolongó durante 51 años, pudo ampliar las fronteras centrales, orientales y occidentales de su reino, pero además tuvo la fortuna o la visión política de “encontrar” en el año 813 en un remoto y disputado lugar occidental de su reino, denominado Compostela, nada menos que la tumba donde presuntamente se había enterrado 800 años antes al apóstol Santiago, decapitado en Jerusalén en el año 47 después de Cristo.

 

Hecho, este último, la decapitación del apóstol Santiago el Mayor en Jerusalén, en el año que se ha expuesto, que sí está documentado por la Historia.

 

Santiago Apóstol o Prisciliano el Hereje, ambos decapitados por el poder romano, pero el segundo en época ya cristiana

 

Ninguna referencia escrita existe entre el siglo I y el siglo VIII de la presencia del apóstol Santiago por el noroeste peninsular, ni durante su vida ni tampoco tras su martirio por decapitación ocurrido en Jerusalén…

 

Un silencio absoluto de ocho siglos de su presunto enterramiento en Galicia, concretamente en la hoy capital de Galicia, Santiago de Compostela.

 

Pero el afortunado hallazgo de unos restos humanos en Compostela, que pertenecían a alguien decapitado y que se encontraban en una tumba que parecía de una persona de importancia, permitieron apuntalar la leyenda de que aquellos restos humanos pertenecían a tan destacado apóstol de Cristo.

 

Numerosos historiadores, entre ellos Claudio Sánchez-Albornoz e intelectuales como Miguel de Unamuno, consideran imposible e indocumentado el enterramiento del apóstol Santiago en Compostela.

 

Más bien se inclinan por indicar que ese decapitado con ciertos signos de riqueza en su enterramiento bien pudo ser Prisciliano, obispo de Ávila, pero de origen gallego y con numerosos seguidores en esa zona, que fue ejecutado por decapitación en Tréveris, en el año 385.

 

Prisciliano de Ávila predicaba la pobreza y la no mezcla de los intereses de la Iglesia con los intereses del Imperio Romano, una vez que el cristianismo había sido declarado religión oficial de Roma. Estas ideas suscitaron la oposición de otros obispos y la denuncia de Prisciliano ante las autoridades del Imperio.

 

¿Quién está enterrado en Compostela, en definitiva? ¿El Apóstol Santiago, que ha sido fuente de tanta riqueza para el arzobispado de la ciudad de Santiago hasta convertirla incluso en la capital de Galicia?

 

¿O bien el inhumado en ese lugar es Prisciliano, obispo de Ávila, de origen galaico, y hereje condenado por la Iglesia oficial por predicar la pobreza evangélica frente a las riquezas que proponía Roma a los miembros de la Iglesia para estar en consonancia con la pompa que debía acompañar a una religión oficial del Estado?

 

En este caso, Santiago acogería más bien al primer mártir ajusticiado por el oficialismo de la Iglesia católica por empeñarse en seguir predicando la pobreza cristina cuando la Iglesia podía y debía acceder al boato y el lujo  si quería medrar en el aparato del Imperio Romano.

 

¿Es el Camino de Santiago más bien el camino a la herejía…? ¿Y la herejía quién la perpetró y conmemora, Prisciliano el Hereje, que pagó con su vida su mantenimiento en las ideas evangélicas sobre la pobreza o el oficialismo de la Iglesia católica, que ordeno decapitar al mártir de y por Cristo, Prisciliano el Puro?

 

Pero lo cierto es que la atribución al apóstol Santiago de los restos humanos hallados en Compostela convenía mucho a la corte asturiana, puesto que ponía en el mapa una zona apenas conocida de su reino y podía servir para recabar el apoyo de todos los cristianos de Europa.

 

La fortuna de Alfonso II el Casto sigue procurando muy pingües ingresos a la archidiócesis compostelana y un movimiento de personas, piadoso o turístico, que no ha dejado de fluir desde todo el mundo cristiano hacia el occidente peninsular desde entonces.

 

Tampoco en nuestros días ninguna autoridad política ni religiosa pone ningún empeño en subrayar objeciones al enterramiento en la otra parte del Imperio Romano, lugar que además era pagano en esa fecha, de un decapitado en Jerusalén.

 

Pero más que basado en la tradición, que incluso tiene fecha tardía de inicio, parece más bien fundado sobre lo legendario el presunto traslado por mar, por océano y por tierra, más allá del Estrecho de Gibraltar, luego llevado hasta la altura atlántica de Galicia y finalmente por tierra hasta un irrelevante lugar en los bosques interiores gallegos, donde se habría depositado a uno de los más predilectos discípulos de Cristo.

 

El reino de Asturias traslada su capital a León en el año 910, comienzos del siglo X, tras la muerte de Alfonso III el Magno, el último rey de Asturias.

 

 

El reino de León inició su existencia en el año 910 cuando el reino de Asturias traslada su capital desde Oviedo hasta la ciudad fortificada de León, cuyo emplazamiento al otro lado de la Cordillera Cantábrica permitía dirigir mejor las tareas de reconquista territorial ante las tropas del Emirato de Córdoba.

 

Las murallas de León habían sido reconstruidas por Ordoño I y Alfonso III el Magno (reinado entre 866 y 910) fue quien trasladó la frontera hasta el Duero repoblando Zamora y Toro, al mismo tiempo que el condado de Castilla alcanzaba Simancas, Soria y San Esteban de Gormaz, en el cauce de Duero alto y medio.

 

Participación decisiva del conde Munio Núñez de Castilla en la creación del reino de León (año 910)

 

Poco antes de su muerte, Alfonso III de Asturias fue derrocado y tuvo que abdicar del trono asturiano por la conspiración exitosa contra él de su hijo y sucesor García I de León, ayudado por su suegro el conde Munio Núñez de Castilla, padre de su esposa, Muniadonna. El conde de Castilla fue el instigador de la rebelión.

 

De hecho, este rey de Asturias, Alfonso III el Magno, fue obligado no sólo a dejar el trono asturiano, sino a dividir y a repartir su reino entre sus tres hijos, el primogénito, llamado García, recibió el territorio desgajado del reino de Asturias en torno a la ciudad de León, y ascendió al trono de este reino como el primero de sus reyes, en el año 910, con el nombre de García I de León.

 

Los otros dos hermanos de García e hijos de Alfonso III de Asturias, Fruela y Ordoño, recibieron, por su parte, el primero el reino nuclear u originario asturiano donde reinó con el nombre de Fruela II, rey de Asturias, y el segundo el reino de Galicia, donde fue entronizado con el nombre de Ordoño II.

 

La esposa de García I de León fue la hija del conde Munio Núñez de Castilla, Muniadonna, lo que explica el apoyo del conde para derrocar al último rey de Asturias (al menos de la Asturias total, que incluía Galicia y los territorios reconquistadas más al sur de la Cordillera Cantábrica), Alfonso III el Magno, cuando su hijo García fue apresado por Alfonso acusado de intentar derrocar a su padre en vida suya, lo que acabó por demostrarse cierto con el auxilio, aliento y patrocinio del conde castellano.

 

Es decir, contrariamente a lo que se piensa y expone a menudo:

 

Antes de que el reino de León tuviera presencia,

ya tenía el condado de Castilla un siglo de existencia.

 

Incluso analizando que Alfonso III el Magno de Asturias fue forzado por el conde de Castilla Munio Núñez a dividir y repartir su reino asturiano entre sus tres hijos podemos concluir que Munio no optó a proclamarse él mismo rey de Asturias, porque prefirió que quien alcanzase la dignidad real fuesen su yerno García y su hija Muniodonna, esperando que fuese el hijo de ambos quien alcanzase esa dignidad real, cosa que acabó por no suceder ya que García I murió sin descendencia.

 

A García I de León, puesto que careció de descendientes, le sucedió en León su hermano, el ya citado Ordoño II de Galicia.

 

Dicho en forma de aleluya nemotécnica, podríamos decir:

 

Antes de que León tuviera en García I su primer rey,

el conde de Castilla pudo haber proclamado en Asturias o León su propia ley.

 

o bien por expresarlo con otro vulgar y popular pero eficaz sonsonete de aleluya:

 

Antes de que León fuera regio

ya era el condado de Castilla más fuerte y egregio.

 

 

Ascendiente del condado de Castilla sobre el reino de León, y desde luego mayor antigüedad del condado castellano (año 860) que el reino leonés (910)

 

 

Comprobamos, de esta forma, con una simple revisión de las fechas de ests acontecimientos, que, contrariamente a lo que se supone y a lo que se pregona sin fundamento alguno, el condado de Castilla es anterior en el tiempo al reino de León, y además el poderío militar del condado castellano se puede apreciar en el hecho de que resultó decisivo para poner fin al reino de Asturias y al comienzo de la existencia del propio reino leonés.

 

Alfonso III el Magno, de Asturias, fue depuesto en el año 910, por su hijo García I de León, el cual contó con el apoyo del condado de Castilla para realizar ambas acciones: derrocar a Alfonso y obligarle a repartir su reino entres sus tres hijos.

 

García, el primogénito, recibió el recién creado reino de León (910), mientras que sus hermanos Fruela II recibía un desgajado reino de Asturias (en realidad fue este Fruela II el último y postrero rey de Asturias) y Ordoño II heredó el también fragmentado reino de Galicia.

 

O expuesto en forma de ripio, más que de verso, podríamos decir:

 

Antes de que el reino de León tuviera su primer rey,

ya era el condado de Castilla quien imponía su ley.

 

Y ya, como último verso prosaico, aleluya o pareado, para que resulte difícil olvidarlo, digamos al respecto:

 

Antes de que el Reino de León levantase su delantero cuarto,

ya había sido el condado de Castilla quien le ayudó en el parto.

 

El condado de Castilla precede en un siglo al reino de León

 

El condado de Castilla tiene datado a su primer conde en el siglo anterior a la creación del reino de León, cuando el conde castellano Rodrigo repobló la ciudad de Amaya en el año 860, que había sido la capital de una de las ocho provincias del reino visigodo, el ducado de Cantabria.

 

El conde Rodrigo de Castilla intervino decisivamente también en los asuntos asturianos en 866 cuando falleció el rey de Asturias Ordoño I, siendo sucedido por su hijo, el entonces joven Alfonso III el Magno.

 

El joven Alfonso III fue destituido por una revuelta interna de la Corte asturiana y se refugió en Castilla, al amparo del conde Rodrigo, el cual se presentó al frente de sus huestes en Asturias para apoyar al todavía muchacho Alfonso III  y permaneció en la Corte ovetense algún tiempo para protegerlo.

En realidad, hay influencias decisivas del territorio y de las gentes castellanas en los asuntos del reino de Asturias desde el inicio mismo del reino de Asturias, que simplemente continuaron también en el momento de crearse el reino de León y también más tarde, ya dentro del novedoso reino leonés.

 

Ya el ducado visigodo de Cantabria (siglo VIII y antes) comprendía los territorios de la futura Castilla (siglo IX)

 

El propio duque visigodo Pedro de Cantabria, casado con Ermesinda, hermana de Don Pelayo, fue el padre del rey Alfonso I de Asturias (reinado desde el año 739 al 757), y es el verdadero creador de la Casa Real asturiana.

 

El ducado de Cantabria, en la época visigoda y post-visigótica a la que nos referimos, tenía una extensión que comprendía el norte de Burgos y Palencia y el sur de Santander, que es el territorio montañoso cuyas cumbres y desfiladeros fueron poblándose con castillos que darían origen al cambio del topónimo.

 

Cantabria no debe confundirse con la actual provincia de Santander, que ha adoptado en la actualidad aquel nombre, sin ninguna razón histórica para pretender ser la continuadora ni del lejano pueblo prerromano de los cántabros ni tampoco del ducado visigodo que fue encabezado por el duque godo Pedro.

 

Tornando al método nemotécnico de exponer las ideas anteriores en versos rimados, diremos que:

 

Don Pedro de Cantabria era un duque visigodo

que el suelo de Castilla futura regía a su modo,

 

porque entonces “Cantabria” se llamaba a La Montaña

de Castilla, allí al norte del septentrión de España.

 

Y aún otra cuestión digo: más que a don Pelayo

debe Asturias al duque Pedro los reyes que le hallo.

 

O por exponerlo de otra forma, en los pareados con que pretendemos preservar estas ideas, podríamos decir:

 

No es Castilla del reino de León hija,

sino ella quien el reino de León fija.

 

E incluso conviene retener que la Cantabria prerromana más que un territorio eran unos montañeses insumisos, que practicaban la guerra de guerrillas y que huían y se refugiaban por los montes de las legiones, la furia, las represiones y las matanzas de Roma, la cual acabó con todos los varones cántabros en edad de combatir y que a los supervivientes los dispersó por el Imperio como esclavos.

 

¿Qué continuidad hay entre los cántabros prerromanos y los çántabros del ducado visigótico de Cantabria y no digamos con los actuales habitantes de Santander?

 

Ninguna. Ni la lengua ni la raza ni la religión ni el desconocimiento de la escritura por aquéllos ni  las creencias son las mismas que las de un montañés de la Alta Edad Media ni mucho menos con un montañés del siglo XXI.

 

Quizá el único nexo de unión por el que recordamos a los antiguos cántabros es porque captaron la atención de los historiadores latinos, que nos legaron y testimoniaron su existencia y dieron su nombre al territorio montañoso y al mar que correspondía, por ambos factores que más corresponden a Roma que a los cántabros prerromanos han alcanzado estos un puesto en la Historia, que no tenían.

 

Más que un territorio, Cantabria prerromana

eran… cántabros huyendo por los montes de la espada romana.

 

 

 

Siglo X: Fernán González y el condado autónomo y hereditario de Castilla

 

 

Fernán González, conde de Castilla, llegó a gobernar un extenso territorio desde el mar Cantábrico hasta Sepúlveda, ya en las estribaciones del Sistema Central.

 

Fernando González, el Buen Conde, como se le conoce en textos de la época, o más propiamente, según la terminología coetánea Fredinandus Gundisalviz, había nacido en el castillo de Lara, en Lara de los Infantes, provincia de Burgos, en torno al año 905, es decir, cuando todavía Lara pertenecía al reino de Asturias y faltaban algunos años para que se crease el reino de León.

 

Cuando murió en el año 970 en la ciudad de Burgos, Castilla era tan poderosa como un reino y pasó a ser un condado hereditario, autónomo y de facto independiente, pero no de derecho, puesto que reconocía la superioridad teórica y jurídica del ya constituido reino de León.

 

Fernán González y sus sucesores al frente del condado de Castilla siguieron colaborando en beneficio mutuos, pues ambos territorios reconocían las ventajas de su unidad para contrarrestar las acometidas de los sucesivos caudillos e imperios musulmanes contra los que tenían que competir.

 

De hecho y de derecho, a Fernán González le sucedió en el condado de Castilla su hijo García Fernández, el de las Manos Blancas o el de las Bellas Manos (llamado así por la proverbial belleza y blancura de sus manos, que solía cubrirse con guantes, pese a tratarse de un aguerrido guerrero), quien gobernó Castilla entre 970 y 995, completando ambos condes la práctica totalidad del siglo X en tierras castellanas.

 

El tercero de los condes hereditarios de Castilla fue Sancho García, el de los Buenos Fueros, que comprende el resto del siglo X y se adentra ya en la centuria decimoprimera.

 

Volviendo a Fernán González, hay que subrayar que el conde de Castilla y el rey de León Ramiro II lucharon contra los musulmanes expandiendo sus dominios hacia el sur y conteniendo a las huestes de Abderramán III que apetecía también las tierras de la Cuenca del Duero y del Alto Ebro.

 

Desde luego, este siglo X, si hubiera que resumirlo en un memorístico aleluya, personalmente me inclinaría por este.

 

Fue por cooperación

el auge de Castilla y León

 

Y como también la décima centuria supuso primero, a principios de siglo, la fractura del reino de Asturias en tres distintos, pero luego la rápida reunificación de toda la parte noroccidental de la Península en el nuevo reino asturiano, pero ya con capital en León, para facilitar las incursiones hacia el sur de los ejércitos cristianos, podríamos compendiarlo así:

 

En el X, y por colaboración

dejaron de ser ambos un pequeño rincón.

 

 

Siglo XI. Castilla también alcanza la categoría de Reino, separación de los reinos tras Fernando I, reunificación y conquista de Toledo.

 

 

En el año 1029 sucede un hecho imprevisto que hará cambiar la dinastía gobernante en el condado hereditario de Castilla: la línea masculina proveniente de Fernán González se extingue, con el asesinato en León del conde castellano García Sánchez, que iba a casarse con la infante leonesa Sancha, hija de Alfonso V de León y hermana de Bermudo III.

 

Los hechos luctuosos que ocasionaron la extinción de la Casa condal castellana y el paso de los descendientes masculinos de Fernán González a Muniadonna como heredera de Castilla, que estaba casada con Sancho el Mayor de Navarra, han pasado a las Crónicas medievales a partir de un perdido pero prosificado “Romanz del infant García”.

 

ROMANCE DEL CONDE GARCÍA (Conde de Castilla asesinado en León cuando iba a casarse)

 

En el año 1029 fue asesinado en León el conde de Castilla García Sánchez, bisnieto y último sucesor masculino del conde Fernán González, según nos cuenta diversas prosificaciones históricas de la época que aluden a un “Romanz del infant García” donde se relatan estos hechos, que pasaron a las crónicas historiográficas medievales.

 

Los Vela, unos nobles alaveses con enemistad histórica contra la familia de Fernán González y el asesinato del último descendiente directo de Fernán González.

 

La estirpe del conde que más engrandeció Castilla no se perdería porque su también bisnieta Muniadonna sería la madre de Fernando I, conde que acabaría ascendiendo a Castilla a la categoría de reino.

 

El “Romanz del infant García” no se ha conservado en su versión poetizada… Muy lamentable, pero, aunque no sea lo mismo, siempre se puede relatar aquellos hechos en romance de nuestros días, nuevamente.

 

 

¡No serán García y Sancha

siembra de felicidades,

aunque se dieran palabra

más van a gemir los ayes!

 

Venía a León, venía

el conde García Sánchez

desde tierras de Castilla,

venía para casarse.

 

Las bodas a celebrar

año mil casi treinta halles

de Castilla la condal

y León que son iguales

 

territorios belicosos

por donde cantan juglares,

mas no saldrán dos esposos

que serán bodas de sangre

 

García  Sánchez el conde

a la infanta da señales,

Sancha de León responde

que ella también a él le ame.

 

¡No serán García y Sancha

siembra de felicidades,

aunque se dieran palabra

más van a gemir los ayes!

 

Los Vela no quieren bien

al conde Fernán González

por un asunto de tierras

que en Álava les quitare.

 

Hoy se tomarán venganza

en carne de misma carne,

que bisnierto de Fernán

es conde García Sánchez.

 

Generaciones de odio

que hoy van a confirmarse

a puertas de catedral

que ya casi que se abren.

 

Pero Sancha de León

no va a llegar a casarse,

pues los Vela están velando

para que triunfe la sangre.

 

¡No serán García y Sancha

siembra de felicidades,

aunque se dieran palabra

más van a gemir los ayes!

 

Veinte años tiene él,

el conde García Sánchez,

y cien años los agravios

que han jurado vengarse.

 

El conde viene gallardo

dando de amor señales,

antes de que acabe el día

le asaltarán los cobardes.

 

Espadas ya le han sacado,

espadas, también puñales,

las espadas y las dagas

en el corazón le claven.

 

Los Vela han sido, Castilla,

los Vela a García Sánchez

sin conde han dejado, muerto,

a quien iba a los altares.

 

¡Y ahora qué pasará

con Castilla y con sus mares,

con las Asturias del norte

y los leoneses leales!

 

Las nieves de La Montaña

están llorando sus males,

en el Pisuerga y el Ebro

ya rebosan sus caudales.

 

Desde Burgos, desde el mar,

desde el propio Castro Urdiales,

están gimiendo los montes

sabiendo no hay esponsales

 

entre infanta doña Sancha

y el conde García Sánchez,

pues que han querido los Vela

que hoy corriese la sangre

 

de la familia condal

a la que desean males,

y al último castellano

bisnieto a Fernán González.

 

El Esla que es río astúrico

a León no quiere entrare

y el Bernesga leonés

que viene puerto Pajares

 

daría cuanto pudiera

por regar los esponsales,

pero los Vela no quieren

Castilla y León se amen.

 

Doña Sancha está llorando

y mientras llora pensare

que García de Castilla

de rojo pasa a cadáver

 

y que forzoso será

darle regios funerales

y lamentar ya por siempre

su muerte en tristes cantares.

 

Así ha dicho Doña Sancha,

viendo morir al infante,

-Esta es mi misma agonía

si García me faltare.

 

“Romanz del infant García”

que reciten los juglares.

“Romanz del infant García”

se cante por las ciudades,

 

epitalamios se escriban,

nupcias leonesas se hablen,

amores entre dos jóvenes

que iban a iniciar su viaje,

 

pero que espadas mataron

y cortaron los puñales,

y las dagas relucieron

para poner fin a paces

 

y se recuerde a la novia

y a García, el novio infante,

y a los Vela que quisieron

que fueran bodas de sangre.

 

  1. Batalla de Tamarón y fin de la dinastía astur-leonesa con la muerte de Bermudo III, sustituida por Fernando, conde de Castilla y descendiente por línea materna de Fernán González

 

Así pues, el paso del condado de Castilla desde la rama masculina de Fernán González a la femenina de Muniadonna, y el nombramiento del hijo de esta, Fernando, como nuevo conde Castilla, aconteció en el año 1029.

 

El momento decisivo que convierte al anterior Condado de Castilla en núcleo primordial de la unificación castellano-leonesa ya bajo su propia órbita tiene lugar en el año 1037, cuando Fernando tiene que repeler la invasión del territorio de su condado por parte del joven e impetuoso rey de León, Bermudo III, que en esa fecha contaba con 20 años de edad.

 

Por diferentes motivos (territoriales y fronterizos, pero también de aceptación o no de la autoridad del rey leonés) Bermudo III penetró en el condado de Castilla en esa fecha de 1037 hasta la localidad burgalesa de Tamarón con propósitos hostiles contra Fernando, el conde de Castilla.

 

Fernando, conde de Castilla, resultó el ganador de esa batalla de Tamarón, la cual ocasionó la muerte del joven rey leonés y el paso de la dignidad real de León al propio conde Fernando de Castilla, por trasmisión a él de los derechos de herencia por parte de su mujer, hermana del fallecido Bermudo III.

 

Fernando fue consagrado rey de León como Fernando I, uniendo bajo su persona el reino leonés y el condado de Castilla.

 

Muchos historiadores han considerado que fue al inició del reinado en León de Fernando I (1038) cuando el condado de Castilla pasó a tener la consideración de reino (soberano en la persona de Fernando I, rey ya también de León), de facto si no de iure, pero en los últimos tiempos se prefiere afirmar que Castilla pasó a tener consideración de reino después de Fernando I, cuando éste entregó el ya Reino de Castilla a Sancho II el Fuerte, su primogénito, en 1065.

 

Parece demostrado que a finales de 1063 Fernando I convocó una Curia Regia para dar a conocer sus disposiciones testamentarias que asignaban Castilla a su primogénito Sancho II el Fuerte, con la categoría de reino, desde el momento en que aconteciera la muerte de Fernando (1065)-

 

El segundo hijo, Alfonso VI, el Bravo, recibió el reino de León de su padre Fernando I pero lo perdió ante su hermano Sancho, el rey de Castilla, que volvió a reunificar ambos reinos y también el reino de Galicia, que asimismo había sido entregado por Fernando al tercero de sus hijos, García de Galicia.

 

Alfonso VI, el depuesto y encarcelado rey de León, tuvo que refugiarse de las iras de su hermano Sancho en la taifa musulmana de Toledo. Pero Sancho fue asesinado a las puertas de la ciudad de Zamora (1072) y Alfonso VI tuvo que volver desde Toledo para hacerse cargo  de los dos reinos, el de Castilla y el de León (y el de Galicia), ya que Sancho II el Fuerte no dejaba descendencia propia.

 

La muerte de Sancho ante las murallas de Zamora y la presencia en dicho asedio de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, alférez del rey Sancho el Fuerte, ha dado origen a una colección de romances castellanos de singular belleza, el segundo grupo más importante de romances épicos –y en parte líricos- de la literatura castellana, siendo el principal grupo el propio ciclo del Cantar del Cid, lo que ya nos da idea de la capital importancia del Cid en la literatura en castellellano.

 

  1. Castilla y León, reunificadas bajo Alfonso VI, incorporan la Taifa de Toledo, la vieja capital del reino visigodo, y toda la Transierra hasta el Tajo

 

El principal premio a esta unidad de acción entre Castilla y León es la reconquista de la taifa musulmana de Toledo que se incorporó a los dominios de Alfonso VI en el año de 1085.

 

La conquista de Toledo anexionó un amplio territorio entre el Sistema Central y el río Tajo que incluía la ciudad de Toledo, capital de la taifa y símbolo del antiguo poder visigodo, junto con plazas clave como Madrid, Guadalajara, Talavera de la Reina, así como zonas de las actuales provincias de Toledo, Guadalajara y Madrid..

 

De esta manera, Castilla y León se expandían por la zona conocida como Transierra (entre la sierra de Guadarrama y el Tajo), extendiéndose por lo que un tiempo después empezaría a llamarse Castilla la Nueva cuando se sumaran las zonas más meridionales de la submeseta sur.

 

 

Siete años de separación había durado el primer reparto de reinos entre sus hijos con Fernando I, pero con la misma familia reinante (la que había originado Fernán González)

 

En definitiva, siete años de separación es todo cuanto hubo entre Castilla y León cuando Fernando I decidió repartir entre sus hijos sus reinos dejándole a Sancho II Castilla y a Alfonso VI León. Exactamente el tiempo en que tardó Sancho II en oponerse con las armas al testamento de su padre y recuperar la totalidad del reino para su persona, siete años después en 1072.

 

De esta forma, Sancho II, rey de Castilla entre 1065 y 1072, tras vencer a su hermano Alfonso de León en la batalla de Golpejera, cerca de Carrión de los Condes (Palencia) en 1072 se coronó también como rey de León el 12 de enero de ese año de 1072.

 

Pero Sancho II, el reunificador, fue asesinado como hemos expuesto poco después (el propio 1072), a las puertas de la ciudad Zamora

 

La reunificación, pues, acabó por hacerla el hermano depuesto Alfonso VI, en quien acabó recayendo la Corona de ambos reinos, ya que Sancho no dejaba descendencia.

 

Alfonso VI reinó sobre Castilla y León, unificados en su persona entre 1072 y 1109, entrando ya en el siglo XII

 

 

SIGLO XII: Segundo reparto de los reinos entre los hijos de Alfonso VII en 1157

 

 

A Alfonso VI le sucedería su hija Urraca I, que reinó en Castilla y León durante 17 años, entre 1109 y 1126, pasando los reinos de Castilla y León por diversos avatares a causa de que tener al frente del reino a una mujer, en los que ahora no vamos a detenernos.

 

Urraca I fue continuada al frente de ambos reinos por su hijo Alfonso VII entre 1126 y 1157, que gobernó durante sus largos 31 años de reinado unificado sobre Castilla y León.

 

Segundo reparto de los reinos entre los hijos de Alfonso VII en 1157

 

Pero Alfonso VII, a su muerte, acabaría repitiendo la opción que había sido usada por Fernando I: el reparto de su reino entre sus hijos, preservando siempre el territorio patrimonial (Castilla) para el primogénito, en este caso Sancho III de Castilla.

 

Con esta decisión divisoria de las coronas entre sus hijos de Alfonso VII, se abre el periodo de separación entre los reinos de Castilla y León más extenso, puesto que duró 73 años de separación nominal –esto es, la familia real seguía siendo la misma, pese a adoptar nombres diferentes por el hecho de prevalecer el apellido del varón sobre el de la reina mujer- tras este nuevo reparto de Alfonso VII.

 

Por qué duró tanto tiempo el reparto disgregador de sus reinos efectuado por Alfonso VII: minoría de Alfonso VIII y larga duración de reinados

 

En este caso de la división de 1157, Sancho III de Castilla no pudo imitar el ejemplo de su antepasado Sancho II, el del Cid, de tomar por las armas el reino leonés de su hermano, por la contundente razón de que Sancho III sólo reinó en Castilla durante un año, muriendo en la ciudad de Toledo en agosto de 1158.

 

Al contrario, Sancho III sí dejaba un heredero propio, siendo esta otra diferencia con respecto a a su antepasado Sancho II el Fuerte, que murió sin descendencia.

 

Pero Sancho III, el Deseado, nacido en Toledo en 1133 y muerto en la misma ciudad castellana de Toledo en 1158, a los 24 años de edad, dejaba como heredero a un rey niño de sólo tres años, Alfonso VIII, que estaba protegido por las poderosas familias nobiliarias de los Castro y los Lara, pero que obviamente no podía ejercer por sí mismo ninguna acción ni de ataque ni de defensa.

 

La minoría del niño Alfonso VIII propició que fuera esta vez el hermano de Sancho y tío del niño heredero, Fernando II de León (también nacido en Toledo en 1137), el que buscara la reunificación de ambas Coronas en su propia persona entrando en Castilla con el propósito de apresar y tutelar al niño rey de Castilla.

 

Pero eso no le fue posible al rey leonés, Castilla demostró una vez más que ya hacía tiempo que era el más poderoso de ambos reinos y rechazó al ejército leonés, con episodios bélicos tan afamados que todavía se recuerdan y conmemoran, como es el sitio por los leoneses de la villa de Atienza (Guadalajara) y la estratagema de los arrieros atencinos para burlar el cerco de Atienza, y trasladar al rey niño Alfonso VIII hasta las más protectoras murallas de Ávila.

 

Este último viaje desde Atienza hasta Ávila es lo que se conmemora en la Caballada de Atienza, el festejo civil más antiguo de España, puesto que se conmemora ininterrumpidamente desde el siglo XII hasta nuestros días.

 

En definitiva, básicamente tales separaciones, cuando las hubo, se debieron al sentido patrimonial de la Casa Real de Castilla inaugurada por Fernando I en el siglo XI, al entregar el reino más pujante, el de Castilla, al primogénito, mientras que el reino ya secundario, el de León, era entregado al segundogénito.

 

En definitiva, dos hermanos toledanos y castellanos de nacimiento, Sancho III y Fernando II, inauguraron la “separación” más duradera entre Castilla y León

 

 

De hecho, esta separación entre reyes más larga –no entre los intereses de los reinos que siguieron siendo los mismos- fue la que sucedió tras la muerte de Alfonso VII, en 1157, cuando este rey dividió sus posesiones entre sus dos hijos, Sancho y Fernando.

 

Ambos infantes nacidos curiosamente en la ciudad de Toledo, pero de los cuales el mayor Sancho recibiría el reino de Castilla, donde reinó como Sancho III de Castilla, el Deseado, y Fernando recibió el reino de León, siendo entronizado como Fernando II de León.

 

Se trata, pues, de una separación nominal, literalmente, se separan los nombres de los reyes, no los intereses de ambos reinos, que continúan cooperando en la Reconquista y prestándose apoyo.

 

El Tratado de Sahagún de 1158, entre los dos reyes toledanos, Sancho y Fernando, al frente de Castilla y de León, tras Alfonso VII, confirma la unidad de voluntades e intereses

 

Los dos reyes toledanos -de Castilla uno y de León el otro-, Sancho y Fernando, firmaron el Tratado de Sahagún del año siguiente, 1158, donde reconocían que los intereses de ambos reinos eran los mismos y acordaban proseguir y apoyarse en las tareas de la Reconquista, pactando ya que territorios pasarían a uno u otro reino, según se fueran recuperando, para que no hubiera disensiones entre ellos.

 

Pero la vida de los dos reyes toledanos de nacimiento, aunque acabaran siendo reyes respectivos de Castilla uno y de León el otro fue muy diferente, puesto que Sancho III de Castilla murió ese mismo año de 1158, en Toledo, en cuya catedral fue enterrado, mientras que Fernando II de León vivió 30 años más hasta 1188.

 

No obstante, la idea de fusionar ambos reinos persistió en la mentalidad de sus reyes, lo que condicionaría su política de alianzas matrimoniales.

 

La ocasión más propicia para tal circunstancia que ocurrió a la muerte del hijo de Fernando II, Alfonso IX de León, que es el padre de Fernando III el Santo y unificador de ambos reinos, por haberse casado con Berenguela I de Castilla.

 

La larga vida de Fernando II de León (31 años de reinado) y de su hijo Alfonso IX de León (42 años de reinado) explica que Castilla y León tuviesen distintos monarcas dentro de la misma familia real, y que contasen con cabezas coronadas distintas durante 73 años, entre 1157 y 1230, pero su interés por cooperar y aliarse matrimonialmente con vistas a reunificarse fue constante, incluso en esas circunstancias de distinta cabeza regia.

 

Ya desde dos centurias antes (siglo XI) estaba predefinida la unión de Castilla y León bajo prevalencia nominal de Castilla, con el cambio de la dinastía asturleonesa a la castellana de Fernando I

 

Subrayemos, por última vez que 1230 y Fernando III gozan de importancia decisiva porque con ellos se consumó la unión definitiva de Castilla y de León, pero también podíamos considerar el año de 1037, y el día 4 de septiembre de ese año, como el momento en que se sembró la unidad insoslayable entre ambos reinos que recogería Fernando III en el XIII.

 

1037 fue el año en que  el conde de Castilla, Fernando Sánchez o Fernando I, derrotó sobre los campos de Tamarón (Burgos) al último rey de la dinastía astur-leonesa, Bermudo III.

 

Así pues,  también podríamos considerar que la unión -desde luego la unión dinástica aconteció en este año-,  de Castilla y de León tuvo lugar en el siglo XI, concretamente en el año 1037, cuando en la batalla librada en Tamarón (Burgos) se enfrentaron el rey leonés Bermudo III y el conde de Castilla Fernando Sánchez (el futuro Fernando I).

 

El enfrentamiento armado hemos visto que fue buscado por el propio Bermudo III que quería demostrar en la práctica su soberanía sobre el que consideraba condado dependiente suyo de Castilla, pero el conde Fernando Sánchez demostró la superioridad de sus fuerzas militares sobre las de Bermudo.

 

El rey de León murió sin dejar descendencia en esa batalla, por lo que el reino de León pasó a su hermana Sancha, que estaba casada con el conde de Castilla Fernando, el cual se convirtió en rey de León con el nombre de Fernando I el Magno o el Grande, creador de su propia Casa Real o Dinastía castellana, proveniente por línea materna del propio Fernán González.

 

Ocho siglos de unidad desde 1230. Diez siglos de unidad desde 1037. Estas dos fechas puede escoger el lector para indicar el momento en que se inició la unidad dinástica y de intereses entre los reinos de Castilla y León.

 

Claro que si hablamos de esos dos territorios, antes de que ambos fueran elevados a la consideración de reinos, también podríamos responder que han estado siempre unidos en el mutuo interés y en la misma dinastía los reinos de Asturias y el ducado de Cantabria/Condado de Castilla, desde el propio instante de la caída del reino visigótico del que ambos se sentían herederos y desde el surgimiento de núcleos organizados de resistencia contra el Islam.

 

Posiblemente la unidad de las futuras Castilla y Asturias-León está ya implícita en la propia batalla de Covadonga, ocurrida en el año 718 o 722, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el año en que ocurrió ni entre la magnitud del combate que tuvo lugar entre las peñas próximas a Cangas de Onís, por parte de los visigodos resistentes allí y las tropas invasoras omeyas.

 

Pero su importancia simbólica es innegable, como también lo es que en los años siguientes a ese choque armado sí había un núcleo organizado de resistentes cristianos que se consideraban sucesores del reino visigodo y en donde participaban tanto los asturianos de Cangas de Onís y Oviedo (que darían origen al futuro Reino de León) como los cántabro-bárdulos de la cornisa cantábrica hasta las Bardulias del Castro de los Uárdulos o Castro-Urdiales, germen de la inminente Bardulia o Castilla.

 

JPM

Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid. Es Premio Literario CERVANTES-CELA-BUERO VALLEJO, 2016, otorgado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Ha ejercido la docencia de Lengua y Literatura castellanas, en diversos centros de Enseñanza Media de Guadalajara y de Madrid. […]

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