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El gran pecado de matar en nombre de Dios

Miguel Ángel Malavia 05 Feb 2007 - 15:17 CET
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Así es como imagino las últimas horas de vida de un soldado católico en nuestra dramática Guerra Civil. Aclaro que es ficción, pero me gusta pensar que oraciones de este tipo fueron frecuentes entre los españoles de esos años en un momento en el que imperaba el mal absoluto. No quiero creer que la gente sencilla viera al hermano con el que se enfrentaba como un «enemigo que sólo merecía la muerte». Tal vez peco de idealista y utópico, pero a pesar de todo, creo que el hombre es esencialmente bueno. Esta es la oración de un hombre angustiado por sus graves pecados, pero que ante todo es una buena persona.

Señor mío, Dios mío, dentro de escasas horas veré de cerca el rostro de la muerte. Ayer fui apresado por los republicanos y mañana al alba seré fusilado. En este momento trascendental he reflexionado profundamente sobre lo que ha sido mi vida y, especialmente, mi significación en esta guerra fraticida.

Gracias a mis padres, que en tu gloria guardes, fui educado en la fe católica y he tratado siempre de cumplir fielmente los mandamientos de tu santa Iglesia. Por ello, cuando ante el advenimiento de la República vi arder iglesias y la sucesión de injustos ataques contra todo lo que oliera a cristiano, no lo pude evitar y el odio comenzó a anidar en mi corazón. Así, cuando finalmente estalló la guerra, no lo dudé y me enrolé como voluntario en las autodenominadas tropas nacionales. Durante casi dos años he luchado convencido de que así defendía una causa justa y verdadera. No podía estar equivocado, pues luchaba por Dios, por Ti. En este tiempo, en el frente, he matado a muchos hombres, no sintiendo por ellos absolutamente nada, si acaso desprecio, pues representaban al enemigo.

Desgraciadamente, ha tenido que ser en la hora última cuando he comprendido lo radicalmente equivocado que he estado. Ahora sé que toda guerra, pero especialmente la que enfrenta a compatriotas, es un horror y un error, trayendo consigo solamente muerte y destrucción. El fanatismo y el odio me impidieron percibir que mis «enemigos» eran en realidad mis hermanos, los cuales, como yo, luchaban por lo que ellos consideraban ideales justos. Cuando voy a perder la vida, el regalo más grande que Tú nos puedes conceder, se me hace insoportable saber que he matado.

Pero lo que más me horroriza es el hecho de que yo realmente creía que lo hacía por Ti, cuando ahora al fin comprendo que matar en Tu nombre es la mayor ofensa que se Te puede hacer. Mi gran pecado fue olvidar que eres el Dios del Amor sin reservas, a todas y cada una de tus criaturas, incluidas las que te rechazan.

Por todo ello te pido perdón y me encomiendo a Tu eterna misericordia, aún sabiendo que no soy digno de Ti. Para finalizar Te imploro que mañana, ante el pelotón de fusilamiento, me dés las fuerzas necesarias para perdonar y amar a aquellos que definitivamente cerrarán los ojos de este pobre pecador. Amén.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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