
Silencio absoluto. Oscuridad inquietante. Expectación máxima. Todas las miradas se dirigen en la misma dirección: sus largos dedos. De repente, la magia. Los focos se encienden y aquellos maravillosos dedos empiezan a acariciar las cuerdas que producen una melodía inolvidable.
Es un momento inconmensurable, eterno. La guitarra adquiere vida propia y comienza a bailar flamenco. Raza, sentimiento, pureza, verdad. Sus cabellos negros, inalcanzables, tapan el temblor de sus labios. Sus brazos y manos dibujan el paraíso. Sólo se escucha el eco del taconeo… y la belleza de la música, con mayúsculas.
De repente, se tambalea el escenario. La voz de un fado hace estremecer el sentimiento de todos los presentes. Un golpe en el alma que a todos hace caer, llorar. La voz de la vida es la que se abre paso, fugaz, pétrea, profunda, entre la oscuridad y el espacio infinito.
El son de una guitarra, la verdad del flamenco, la caricia de un fado… magia pura, belleza estallante, esencia desgarrada, vida, vida, vida.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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