Un gato con la cabeza aplastada yace sobre la carretera, saltando su sangre a chorrillos depresivos y menguantes. Una anciana sale a recoger la basura, harta de estar sola, por el simple hecho de recibir la niebla de la calle. Un quinceañera está sentada en la sala de espera de una clínica abortista. Está aterrada: tiembla de frío y de miedo y de dudas y de odio, pensando en el hijoputa que la preñó y para el que hoy ya no es ayer.
La brisa del amanecer se ha trocado en huracán que azota en la cara a los mendigos que acuden al comedor de Cáritas. La fila del INEM es cada vez más larga; los rostros que la conforman, cada vez más pálidos. María acaba de morir. Juan apura la raya blanca del placer y la miseria que es poco a poco; son ya las siete de la mañana y en media hora, después de dejar a su hijo en el cole, entrará puntual y sonriente al curro.
La puta se sube la falda tras las embestidas de Don Matías, quien jadeante acude presto a la reunión de excombatientes de la Guerra Fría. El entierro avanza por la Gran Vía, siguiendo el féretro del que otrora fuera prohombre un solitario policía, encargado de vigilar el dispositivo de vigilancia más ridículo que se recuerda.
Joaquín Sabina, con el pincel que Goya le regaló, pinta la escena desde la montaña de Príncipe Pío.
Nota para Ciriacos y Luis Enriques: ¿Otro de Sabina? Sí, porque me sale… de la afición.
Nota 2: Y de las pelotas.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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