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Música para Ifigenia

Miguel Ángel Malavia 23 Ene 2011 - 17:53 CET
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Dicen que fue ópera. Que fue en el Real, en Madrid, y que la obra representada era Iphigénie en Tauride, de Gluck (1779), inspirada ésta en la tragedia de Eurípides fechada en el 414 a. C. También cuentan que fue en francés, y que la belleza de los versos era colmada por la desnuda escenografía y la pulsión romántica y angustiosa de los cantores. Quien presenció aquéllo, atontadas las sensaciones por ser desglosadas éstas a modo de bomba atómica, no sabe bien qué pensar. Por ello, para que sea el amigo lector el que enjuicie lo acaecido con corrección, se limita a transferir la historia allí contada. Puede ser que la forma sea adulterada, pero a la mente de este escriba, de natural trastornada, sólo le faltaba por descubrir una nueva sugestión… ¡Pobrecillo!

Aquí va la transgresión:

Ifigenia permanece pálida. Desconcertada, en medio de la tormenta, se convulsiona, pese a ser la suma sacerdotisa en el templo de Diana. ¿Dónde? En la tierra de los Tauros. Su condición: exiliada. Su padre, el gran Agamenón, rey de Micenas, la sacrificó para congraciarse con el oráculo amenazante de cara a la búsqueda de la gloria en la toma de Troya. Diana no aceptó el sacrificio, sino que la instaló, viva, en su altar. El monarca acabaría penando las culpas. Su propia mujer, Clitemnestra, lo asesinó. Pero fue vengado. Su propio hijo, Orestes, mató a su vez a su propia madre. El parricidio de los propios, unidos por la sangre real, amenaza con extenderse en cadena hasta la tierra de los Tauros, regida por Toante.

Los miedos y angustias se disparan. Orestes es perseguido por su conciencia. Asesino de su madre, vengador del padre finado por la madre. Demasiado peso para el corazón. Ifigenia, alejada de la realidad, sueña y presiente la desgracia. Toante, helado de furia, también ha sido amenazado por el oráculo: será muerto por un extranjero. Por suerte o por desgracia, pronto tiene ocasión para eliminar la amenaza. Sus ejércitos han hecho prisioneros a dos foráneos: Orestes y Pílades. La historia dice que su misión era robar del templo la estatua de Diana. La realidad es que el dibujo divino quiso conducir al príncipe hasta la expiación de los pecados.

Toante decreta la muerte inmediata, para que los dioses se regodeen en la sangre de los griegos y él vea salvado el pescuezo. Orestes y Pílades, aun siendo primos, bien parecen entregados al amor más grande de todos los tiempos. Orestes, con la marca de culpable incrustada en su corazón, llora por haber conducido a su amigo del alma hasta la muerte. Pílades le responde que no cabe mayor gracia que morir a su lado. Un tango suena, y ambos se abrazan y luchan, se angustian y dan gracias por la muerte. El caos acaba ante Ifigenia. Como sacerdotisa, es ella la encargada de ejecutar la sentencia. Desconoce el nombre e identidad de los reos. Éstos no saben que ella es la que se perdió tiempo atrás. Pero la indagación de la sierva de la diosa la lleva, al menos, a conocer que comparten tierra de origen. Llorando de esperanza, pregunta por su familia. Llorando de pena, certifica sus temores y se sabe huérfana por violencia contranatura.

Apiadada, concede que uno de los presos abandone la cárcel con la misión de que llegue hasta su casa para darle una carta a su hermana Helena, su única pariente viva. Pide a los sentenciados que elijan al que será liberado. Retoma el tango con fuerza: el uno quiere que el otro sea el salvado; el otro quiere que el uno sea el que viva. Ifigenia señala con la vida a Orestes. Pero éste se rebela y no admite el designio. La escena que sigue es una copla, o un fado, o un cante jondo. Orestes y Pílades se aman con hondura. Se abrazan, se piden piedad, se reprochan, se abrazan.

Al final, llegado el instante de derramar la sangre en el altar, Orestes alcanza la espada y amenaza con inmolarse él mismo si no es su amigo el liberado. Ifigenia, enternecida, pese a que hay algo que le impide matar a ese hombre que le “recuerda” a su hermano, acepta que se imponga el amor y libera a Pílades. Pero éste incumple su palabra y no vuelve a Grecia. Espera su momento.

El cenit ha llegado. Orestes se verá al fin liberado de sus culpas cerrando los ojos para siempre. La espada de Ifigenia se acerca a su corazón. Pero el amor vuelve a triunfar y el discernimiento providente guían el instinto que siempre la iluminó ante su imagen: descubre al hermano, y él descubre a la hermana. La rueda del parricidio no se cumple esta vez entre hermanos de asesinos y asesinados. Estalla la alegría: flamenco o valls, según el oído de cada cual. Sólo dura un minuto. Toante conoce que no hay sacrificio y exige éste, hasta imponerlo con sus propias manos, queriendo matar incluso a la sacerdotisa. Providencial, irrumpe Pílades, blanco, puro, celestial, al mando de un ejército. Revienta la batalla. El templo ve derramar mucha más sangre de la prevista. Toante muere, pero los griegos viven.

Entonces, el silencio mira al cielo. Desde allí clama la propia Diana. Es un poema sin música. Es una sentencia: fija el fin de la batalla, decreta la conclusión de la tormenta interior para Orestes y proclama la vuelta de todos al hogar. El amor triunfa. El viaje comienza. A Orestes le espera la corona. A Pílades, seguir fiel al amigo amado. A Ifigenia, seguir bailando al son de la música. Pero ahora con alegría.

Suena, ahora sí, ópera celestial.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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