Como bien explicó el Papa en Madrid, “Dios quiere un interlocutor responsable”. Yo entiendo esto como una fe que se cuestiona cada día. Entre otras cosas, a sí misma. Y es aquí cuando, una vez más, repito la pregunta que más me angustia: ¿se puede ser cristiano y tener terror a la muerte?
Me fascina Jesús de Nazaret. Me maravilla el mensaje cristiano. Ninguna filosofía o ética supera la concepción de un Dios del Amor que, por amor al hombre, lo crea y muere por él. Me admira la Iglesia, la única institución que nunca ha caído, pese a estar amenazada por las sombras (ante todo internas) que oscurecen a las mayoritarias luces. Eso siempre lo he tenido claro. Es la esencia que, cuando dudo, siempre me hace postergar el desánimo definitivo para otro día. Pero no puedo esconderme que tengo un miedo profundísimo a la muerte, como lo tengo por la enfermedad y el sufrimiento, especialmente de mis seres queridos. Cada día tengo esto presente, y no es un modo de hablar. Hasta el punto de que me cuesta un mundo entregarme a la felicidad tranquila por el temor a perder lo que tanto quiero.
Y eso solo tiene una explicación: no soy un verdadero cristiano. Como tal, como creyente, me confieso, y así lo creo sinceramente. Pero, entre otras muchas oscuridades que me anclan en el caminar, impera la que me hace ver que dudo de la gran esencia que nos dio Jesús de Nazaret: vivir tras morir. Como Él mismo debió hacerlo. ¿O no…?
Pienso mucho en ese instante: cuando cierre los ojos para siempre. ¿Qué sentiré? ¿En qué parte del camino hacia el conocimiento de la Verdad me habré quedado? Me “tocan” de un modo especial quienes, ante la muerte de un ser querido o ante la propia, lo afrontan confiados. Y hasta alegres. Yo, por el contrario, pese a toda una vida de seguimiento de una fe, sólo soy capaz de articular un “lo siento”.
Benedicto XVI ha llamado a luchar contra la mediocridad, una empresa muy propia de la juventud. Eso me reconforta, porque si de algo tengo certeza es de que aspiro a lo más alto. Lucho por ello. Estoy en camino, aunque otra vez muy atrás.
Este desahogo no es fábula ni desfachatez ni presuntuosidad. No me creo un filósofo o un pensador. Solo busco a conocer a Dios –remarco lo de “conocer”– desde un conflicto interno. Y no por voluntad propia: por la oración soy incapaz. Soy ciego y sordo. Ni escucho ni veo.
Pero, si después de meses de no escribir aquí de religión, vuelvo a sentir la necesidad de hacerlo, es porque lo ocurrido estos días en Madrid ha sido un soplo de aire fresco para mí. Y quiero compartirlo, desde la miseria, la vergüenza y la desnudez que muestran estas palabras, por si algún buen amigo se ve reflejado en este caminar hasta las tinieblas. Gran parte de la esperanza está en el compartir. Incluso las penas..
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
Home