Hace tres años y medio, cuando Zapatero, en la que sería su segunda toma de posesión presidencial, desde IU se escandalizaron porque lo hiciera ante un crucifijo (como es habitual en los actos de este tipo organizados por la Casa Real), yo escribí esto: “Me postulo a favor de que la Cruz y los Santos Evangelios no estén delante de aquellos que juran o prometen como ministro o presidente del Gobierno. La Constitución afirma claramente que España es un país aconfesional. Que no laico, ojo. Ello conlleva que no tendría por qué verse privilegiada la simbología católica frente a otras confesiones y que deberían poder colocarse tales símbolos, u otros, o ninguno, según si el futuro cargo fuese ateo, musulmán o judío, por poner tres ejemplos. Sin embargo, en un estado laico, en ningún caso podría situarse ni un solo reflejo de la Trascendencia. Por eso defiendo que se coloque el símbolo de fe propio del particular que va a prometer o jurar. Y en caso de ser ateo, pues la Constitución como único elemento presente”.
Ante artículos como el que hoy recoge El Plural en su portada, (‘¿Qué pintan el crucifijo y la Biblia en la toma de posesión presidencial, y eso sin que la ley obligue a ello?’), reitero mi opinión. Al igual que no consideré lógico que Zapatero, que prometió (y no juró) su cargo ante un crucifijo que parece ser que no le representaba, veo más que justo que Rajoy, en coherencia con sus valores, sí haya podido jurar como presidente ante una simbología católica.
En un país aconfesional parece sensato que se respete la conciencia de quien va a tomar posesión de un cargo ejecutivo. En lo que no deja de ser un momento trascendente, en su vida y en la del país, debe respetarse el sentido de trascendencia con el que el protagonista se sienta identificado. ¿O es qué el sentido del acto no consiste, precisamente, en que el cargo público se sienta verdaderamente comprometido y responsable, ante Dios (en el que crea) o ante su propia conciencia?
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

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