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Simón de Cirene

Miguel Ángel Malavia 04 Abr 2012 - 17:19 CET
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Simón, originario de la ciudad norteafricana de Cirene, era un hombre de mediana edad, barbado, de ojos profundos y anchas espaldas. Cuando ese día volvía del campo, se encontró, de repente, inmerso entre un gran gentío que gritaba desgarrado. Veía miradas de odio que insultaban a alguien y lágrimas de mujeres que clamaban ante la injusticia cometida. Simón, desconcertado, se quedó paralizado. De repente, el gentío se abrió y ante sus ojos se presentaron tres bandidos que se encaminaban al Gólgota para ser crucificados. Ya había visto esa escena repetida en otras ocasiones, pero esta vez, no sabía el porqué, quedó profundamente impresionado al ver el rostro de uno de los ajusticiados.

Era precisamente aquél al que se dirigían todos los insultos y los salibazos de la muchedumbre. Tenía barba, pelo largo y no tendría muchos más de treinta años. Como muchos otros. Pero Simón veía en él algo especial. No ya sólo por su demacrado aspecto, puesto que había sido flagelado y su cabeza se veía rodeada por una corona de espinas. Parecía diferente. Su mirada no era la de un culpable. ¿De qué le acusaban? ¿Qué habría hecho para merecer tal castigo? No, aquél hombre que tanto sufría y que no miraba con odio a los que le insultaban no podía haber hecho nada malo. Sin embargo, sufría tanto…

Estaba absorto el cirineo en sus pensamientos cuando, de pronto, aquél a quién miraba fijamente se cayó. Sencillamente, no podía soportar más el peso de la cruz un cuerpo tan demacrado. En ese momento, todo se precipitó. Los romanos que custodiaban al reo se fijaron en su cuerpo fornido y le obligaron a ayudar al hombre al que llamaban Jesús. “Jesús, Jesús…”, martilleaba ese nombre en su cabeza. Simón, entre asustado y sorprendido, se vio de repente cargando con la cruz del cordero en el momento previo a su inmolación.

Lo que sentía era inexplicable. Jamás había oído hablar del Jesús que tenía a su lado, pero, sin entender la causa, estaba aliviado por poder ayudarle. En el corto trayecto hasta el Gólgota, ambos hombres no se dirigieron ni una sola palabra. Pero en su interior, sentía cómo le hablaba, cómo le quería, cómo lo que hacía lo hacía por él… y por todos los que le insultaban en ese momento. No entendía lo que sentía, pero aquello era ya una certeza en su corazón. Y se sintió bien.

Llegados al pie del monte, los romanos le empujaron y le apartaron de la cruz con una patada en la espalda. Tras caer al suelo, se dio la vuelta… y Él le miró. En ese instante estalló de gozo y felicidad. Se quedó a los pies de la Cruz hasta que el que sabía inocente, expiró. Se marchó a casa, incomprensiblemente para su razón, feliz. A los tres días supo que el Cordero vivía. Fue entonces cuando su mente entendió a su corazón y supo que Cristo había triunfado.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Escrito el 2 de agosto de 2007.

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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