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Soy católico y me da igual que seas gay

Miguel Ángel Malavia 20 Ene 2014 - 18:50 CET
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Cada vez que un obispo, sacerdote o cualquier otro representante eclesial realiza alguna declaración sobre la homosexualidad que alcanza una amplia difusión en los medios por su carga altisonante, acabo leyendo la misma catarata de comentarios críticos y a favor. Entonces, son muchas las ocasiones en que acabo opinando en alguno de estos debates, siempre furibundos y casi nunca constructivos. Hasta hoy. Ha llegado un punto, lo confieso, en que ya estoy cansado de tener que matizar y aclarar mis opiniones con muchos de “los de casa”. ¿Quiénes son estos? Pues aquellos con los que comparto mi fe. Porque, aun con mis muchas debilidades y caminar errático, soy católico. Y con gran alegría de serlo.

Por ello, voy a escribir algo claro, concreto y definitivo, al menos respecto a la que es mi opinión actual (que no siempre ha sido exactamente la misma, como luego comentaré). Esto es, no considero que la homosexualidad sea una enfermedad, ni algo malo, ni siquiera, en general, un problema. Será cada cual, según su propio caso, en su intimidad, el que sepa si ser gay supone para él o no un problema, en la mayoría de las opciones de aceptación personal. Pero al igual que un heterosexual que tenga un malestar interior por permanecer soltero sin quererlo, por haber padecido la pérdida de su pareja, por no comprender a esta y no entender su idiosincrasia o por tener culpabilidad al serle infiel. Por poner una serie de ejemplos.

Ni siento ni asimilo que la homosexualidad sea un problema moral. Tampoco eclesial, por mucho que la Iglesia exprese libremente su opinión. Como es legítimo que lo haga y mereciendo todo el respeto por ello. Pero hablamos de un derecho cuyo tratamiento ha de estar en el campo de lo social, de lo cívico, de lo jurídico. Dicho esto, y pese a que en su día me manifesté en contra de la Ley del Matrimonio Homosexual de Zapatero (aunque expliqué que estaba a favor de las uniones entre homosexuales y de que pudieran gozar de todos sus derechos, poniendo en duda únicamente que se les llamara matrimonio y demandando que los expertos psicólogos explicaran claramente si los hijos adoptados podrían sufrir o no alteraciones o traumas), quiero dejar claro que hoy, observando el funcionamiento de la ley, entiendo que es lógico que a quienes se unen se les reconozca nominalmente como matrimonio (¿acaso no se ha aceptado ya por todos el genérico civil, aun sin ser este un sacramento?) y que los hijos de esas uniones pueden vivir con absoluta normalidad. Tampoco diré que es algo que va en contra de la familia. Que la gente se quiera y se una jamás irá en detrimento de las llamadas familias tradicionales.

Sé y admito que esto no es lo que dice la Iglesia, que sí llama, aunque muchos lo ignoren, a la acogida, al respeto y a la misericordia con quien da rienda suelta a sus instintos homosexuales. Sin embargo, me sentiría falso si me quedara en estas actitudes. Porque la realidad es que no siento misericordia con los homosexuales. Y no lo hago porque, directamente, veo en ellos la absoluta normalidad y la ausencia de todo conflicto. Por cierto, me da igual si el homosexual nace o se hace. No soy competente para afirmar una cosa u otra. Pero insisto: me es indiferente porque voy más allá y veo en su sexualidad un calificativo personal más, como el que es rubio o escocés.

Espero que no se vea en esto una provocación. Acaso un ataque de definitiva sinceridad, de cansancio por tener que estar explicando cada dos por tres estas mismas cosas. Lo siento si fallo en esta “batalla”. Pero me centraré en otras en las que todos los cristianos estamos urgidos a gritar, aunque no todos lo hagan y muchos vayan bastante más allá de la dejación de funciones: por ejemplo, la defensa de los inmigrantes y refugiados. Como Jesús, que huyó con su familia a Egipto para salvar la vida. Hoy hay muchas familias en su dramática situación. Hablamos de personas que sí están en juego, de derechos esenciales, de vida o muerte. Y no, no es demagogia. Al fin y al cabo, hago lo que puedo. Ya advertí que era un cristiano débil y errante. Pero sincero.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito ‘Retazos de Pasión’, ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno’ y ‘La fe de Miguel de Unamuno’.

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