
En la hora de tu muerte, algunos piden, reclaman, preguntan. En definitiva, hacen política. Desde aquí, en unas breves líneas, yo solo quiero expresar mi gratitud. En medio de este mundo de egos, tú ejemplificas a la perfección la maravillosa sencillez de los misioneros: hombres de Dios que le sirven amando a los hombres más olvidados por el resto de sus semejantes. Hasta entregar la vida si es preciso.
Como tantísimos otros, te fuiste de tu casa hace muchos años y labraste tu casa, para siempre, junto a quienes no conocías de absolutamente nada. Aprendiste su legua, te encarnaste en su cultura, fuiste uno más de su pueblo. Les diste de comer, curaste sus heridas, escuchaste sus lamentos y anhelos. Fuiste su familia. Y, desde ahí, con la ofrenda de tu propia persona, seguramente que muchas veces sin palabras, les mostraste tu fe. Jamás buscaste convencer a nadie. Y fuiste amigo como el que más del que no compartía tu mirada al cielo.
Tu última hora ha llegado en el país que te vio nacer. Rodeado de ciertas incomprensiones, seguramente te sentiste dolido por “molestar”. No fue así. La gran mayoría de esta sociedad (porque en caso contrario no seríamos dignos de decirnos tal) te está muy agradecida. A ti y a todos los hombres de bien. Porque sois lo mejor que tenemos. Sois nuestro gran tesoro, nuestra aspiración.
Buen viaje, hermano. Ahora, además de tu familia de Liberia, cuidas de todos nosotros. Una vez más, gracias.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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