Quisiera tener la mente en blanco, pero no puede: Luis siente su cerebro con una total intensidad. Sí, lo siente… En cada cosa que hace, se contempla a sí mismo en un proceso de interiorización tal que le hace verse desde la masa viscosa incrustada en su cráneo, oyendo con una fuerza inusitada cada palpitación que transmite el corazón a la concreción de lo que llamaríamos mente. Una mente, además, que ejerce de continua juzgadora. En la mayoría de las ocasiones, el cerebro de Luis le echa la bronca a Luis.
Hoy no es diferente. En la cadena de producción, mientras llena de salchichón cada lámina doble de pan de molde que cada cinco segundos llega a sus manos, Luis no puede dejar de pensar. Su cerebro, con tono duro, le reprende así: “Quisieras tener la mente en blanco o imaginar que estás en la playa con Aura Garrido, la actriz esa que te tiene sorbido el seso. Pero no, como ese seso soy yo, que impere el régimen espartano: ¡salchichón, salchichón, salchichón!”.
El último eco de “salchichón” es el que hace que Luis, a sus 33 años, pegue al fin un volantazo a su destino de esclavo de un cerebro cruel y apele con furia al instinto. Así, cierra los ojos, se quita la bata, le da un cachete en el culo a su compañera Sofía y, ni corto ni perezoso, le suelta al ojiplático jefe: “Me voy al bar, mañana vuelvo”. Dos minutos después, está sentado en la barra de Casa Bártulo. Es mediodía y es el único cliente. Tras pedir tres porras y un carajillo, se queda mirando la tele, la única que rompe el silencio. Con el fin de no escuchar a su cerebro, Luis decide al fin abrir los ojos y absorber lo primero que vea. Es aquí cuando todo se desencadena: la primera imagen recibida es Scarlett Johansson en la presentación de su última película. A su melenón rubio, sus ojos de fondo marino y sus labios torneados por la mano de Dios, se une un ceñidísimo vestido blanco… “¡Mi madre!”, acierta a exclamar sin pensar Luis.
Desconcertado, se echa de un trago el carajillo. A los pocos segundos, no sabe si a causa de la borrachera más rápida de la Historia o por haberse producido un milagro del que él es el único testigo, Luis deja de sentir completamente el cerebro y experimenta que Scarlett Johansson es ya en realidad su ente pensante. Y no de un modo figurado, sino real. Lo sabe cuando la musa empieza a bailar una danza africana y el bamboleo de sus poderosas caderas y turgentes senos provocan una catarata de sentimientos y gestos reflejo en todo su estremecido cuerpo. Ante la vista de don Antonio, un camarero que jamás modifica su semblante de enterrador, Luis estalla en una carcajada, llora de emoción y es víctima de una gran inflamación de sus partes pubendas.
Cuando una mujer entra a la taberna, Luis, que no ha reparado aún en su presencia, no deja de vociferar y lanzar al aire guturales cantos a la belleza de la vida. Solo cuando vuelve a la barra a arrasar las porras (tiene mucha hambre), observa que una atractiva joven le mira. Se queda paralizado. Se pellizca anodadado… Ella luce pelo corto y rojizo. Sus gafas de sol no pueden ocultar unos ojos que centellean. Es Aura Garrido, su mujer ideal. Y le sonríe, entre asustada y divertida.
Consciente de que solo tiene una bala en la recámara, Luis cierra los ojos y deja al destino que elija: o el cerebro racional y esclavizador o el libertinaje de alto voltaje de Scarlett Johansson. Con lo que sucede a continuación, sabe que ha triunfado la segunda y ya es definitivamente libre. Tras inclinarse ante la actriz, saca una rosa de su chaqueta (juraría que esta mañana solo se había puesto una camiseta negra de Rosendo) y pronuncia con solemnidad: “Bella dama, ¿aceptaría un baile con quien lleva esperándola aquí una vida entera?”.
Cuando se inician los primeros compases de Ojos verdes, cantados en vivo y en directo por una Scarlett Johansson que da buena cuenta de las porras y el segundo carajillo, Luis ya está abrazado a una mujer que le aprieta con una tierna sonrisa.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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