El Papa Francisco, en su encíclica Laudato si’ (Alabado seas), lo ha vuelto a hacer: ha asumido el liderazgo de este mundo desnortado y nos ha iluminado un camino que, si realmente siguiéramos, nos haría una humanidad más digna. La Tierra es obra de Dios para nosotros, para vivir en armonía los unos con los otros. La pobreza, la guerra, la mentira o la devastación del planeta son obra exclusiva del egoísmo del ser humano, de su ciego afán de poder, de su maldita rapiña, de su atroz cainismo. Bergoglio, un pastor cuyo cayado está realmente anclado en las llagas de los más sufrientes, lo deja claro: es posible una vida en paz, sin las prisas que nos ahogan, los pequeños compromisos que nos esclavizan… Sí se puede vivir de otra manera: con más calor, a fuego lento. Con autenticidad.
Pensando en una imagen que evoque esa nueva vida, me brota el Japón milenario. Japón y su familia eterna, Japón y sus silencios hogareños, Japón y su arte, Japón y su fe… También, claro, Japón y su herida más grande, la mayor afrenta padecida por el ser humano a causa de la técnica empleada para lo más antihumano: Hiroshima y Nagasaki. Cada año, con las campanadas más íntimas, en el Japón de hoy se recuerda con dolor lo que se pudo ser y lo que no se quiere ser ya. Por supuesto que hay desvaríos, pero el Japón de hoy pone más énfasis en la tecnología de la innovación para el ocio que en el culto al dios átomo, al que se cerca cuando se rebela.
Soy consciente de que pongo a Japón, de cuya primera imagen nos surge una urbe hiperactiva, como icono de lo que podemos ser. Es consciente: todos somos libres de elegir. Podemos correr sin norte o parar de vez en cuando y mirar, y abrazar. Podemos también crear y ambicionar generar recursos y modificar nuestros entornos, pero desde la armonía. Todas esas cosas se pueden hacer en cualquier rincón del mundo, pero el ejemplo de Japón es especial. Allí se encarnaron el padre Arrupe o Francisco Javier. Allí, el mismo Bergoglio siempre soñó con ser uno con el pueblo nipón. Sí, seguro que habría sido un maravilloso misionero.
De hecho, lo es. Las cosas pueden cambiar. A mejor. En Japón y en cualquier parte de esta maltratada Tierra. En tu casa. Dentro de mí.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA
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