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LA DIVA

Liz Taylor: La belleza salvaje sin depilar

Una actriz de Oscar con las garras siempre afiladas

Yéssica Salazar Actualizado: 03 Mar 2026 - 06:48 CET
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Hace una década ya, que despedimos a Maggie La Gata.

Ella era la quintaesencia de una estrella, el último -con permiso de Sophia Loren– de los mitos de Hollywood, con una vida tan turbulenta como grandiosa era su belleza y salvaje su talento.

Elizabeth Taylor, una actriz de Oscar con las garras siempre afiladas

UN RELATO EN PRIMERA PERSONA

El año 1973 fue «el de Liz Taylor«, como siempre se ha recordado.

Instalada en el hotel María Cristina se pasó las horas abusando de la bebida y de las medicinas que tomaba. Así es que llegó la hora de dirigirse al mencionado teatro, distante sólo a cincuenta metros… y no podía mantenerse casi en pie.

Hora y media más tarde hizo su entrada triunfal en donde la esperaba un público encrespado por la intolerable impuntualidad de la diva, que iba bellísima, con una túnica verde que le cubría la cabeza.

Pasados unos minutos del incidente, acallados los pitos y gritos, subiría al escenario, pidió perdón y acabó siendo aclamada como lo que era: una diosa del cine.

Había estado el periodista junto a ella cuando llegó la víspera. Y volví a contemplarla esa noche de fiesta, en el Ayuntamiento.

Se detuvo donde yo estaba, casualmente. Fijé mi vista, a sólo medio metro, contemplando no sin sorpresa que no se había depilado el labio superior, que la pilosidad cubría parte de su hermosa faz.

No fue ninguna alucinación, aunque preferí seguir mirando sus tantas veces alabados ojos color violeta.

En cambio, cuando un año después aterrizó Sofía Loren, pudimos comprobar su sencillez, sin crear ningún tipo de problemas durante el día y medio que permaneció en el Festival, para promover un filme que rodó con Richard Burton, también allí presente. Crucé unas palabras con Trevord Howard, quien me confesó haber recomendado al director de El tercer hombre para que la música fuera compuesta por su amigo, Anton Karas y su cítara.

Este gran actor británico llegó al teatro Victoria Eugenia a presenciar su película notablemente alegre y se pasó toda la proyección durmiendo.

Almorcé un día con Lee Strasberg, director del famoso Actor´s Studio, quien me refirió que uno de sus alumnos más aventajados fue Marlon Brando, y otro, James Dean «que era un chico atormentado, tímido, que se pasaba las clases tan silencioso en su pupitre como inquieto».

 

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