Hace unos días, como de costumbre, leía la prensa y una de las notas informativas decía: “taxistas reclaman una subida de las tarifas, etc, etc…” Me pareció bien ya que todos queremos ganar más. Lo lógico. Pero, aunque no se es mi intención generalizar, la nota me trajo a colación la historia de una adolescente boliviana, a quien conocí en un viaje a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia.
Ella, Carmen Torres, a mediados de noviembre del año pasado efectuó un viaje de ida y vuelta entre Bolivia y España, y en menos de una semana fue estafada, vilmente engañada y amedrentada por un taxista madrileño. La pobre chica , asustada, lo único que quería era regresar a su país.
A 30 mil pies de altura uno lo ve todo tan ancho y ajeno que la sensación, algunas veces de claustrofobia, infunden un poco de temor a lo desconocido. Al menos para los que nos da como “cosas” cuando tenemos que viajar en avión.
A mitad de camino, tras la respectiva cena observo a una adolescente que, supuse de nacionalidad boliviana, presentaba un cuadro melancólico severo, pero aún así intentaba, a duras penas, mantener la sonrisa a flor de piel.
Tras un par de horas de vuelo y tras observarla unas veces de reojo, y por último de manera directa, le pregunté el porqué de su estado anímico. Ella no quería soltar prenda. Pero tras conversar sobre cualquier tema que se nos vino a la cabeza –como para quitar el hielo- por fin se sinceró: “Vine a conocer España. Era mi primera vez”
Ella había llegado una semana atrás a Madrid en la aerolínea boliviana LAB. Y tras perder la conexión hacia Tenerife optó por abordar el vuelo del día siguiente. “ Yo pensé que cerraban el aeropuerto y por ello salí a buscar un hotel en donde quedarme hasta el día siguiente” –me comentaba con la voz entrecortada mientras que sus lágrimas parecían no reprimirse y por fin brotaban por sus mejillas- “Cuando salí del aeropuerto allí afuera estaba un taxista parado y le pregunté por un hotel y le dije que me llevara. Entonces, el taxista me llevó a un lugar que me pareció muy lejos y allí me cobró mil y tantos euros. No recuerdo bien la cantidad”.
El desaprensivo la dejó en…¡Salamanca!. Y tras amedrentarla la obligó a pagar lo que decía el táximetro. Mil y tantos euros. Tampoco le dio factura. Y la dejó parada allí, en medio de la noche, con lo puesto y unos pocos euros. Carmen –gracias a que aún queda gente con gran corazón- a duras penas pudo regresar a Madrid y “desde entonces estuve durmiendo en el aeropuerto hasta que unos días antes del regreso me quedé en la casa de un señor que trabaja en el aeropuerto y que me ayudó mucho
( conocí a este señor, una gran persona, que me pidió no revelar su nombre y que por supuesto no era la primera vez que ayudaba a gente que se quedaba por decir “tirada” en Barajas y en penuria total) y me quedé en su casa hasta que saliera este vuelo”
Carmen me confesó que podía reconocer a este taxista, si lo viera. Al llegar a Santa Cruz de la Sierra me despedí de ella. Nadie la había ido a recoger al aeropuerto. Y es que nadie de su familia lo sabía. Ella lo había vivido todo sola, en silencio, pero con gran temple aunque en momentos de gran tensión pareciera flaquear. Este fue su primer viaje. La primera vez que subía a un avión. La primera vez fuera de su pueblo. La primera vez que vió las orejas a un lobo desaprensivo que hoy en día
–espero que no- estará haciendo guardia en el aeropuerto de Barajas en espera de alguna nueva víctima a la cual arrebatarle con engaños y alevosía sus pocas pertenencias pero no la ilusión.
El lobo –no se me ofendan lo lobos, es sólo por decir algo- es joven, aproximadamente 35 a 40 años, blanco, rubio y ojos azules. Yo me pregunto si podrá dormir por las noches.
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