He viajado mucho, menos de lo que quisiera, pero lo suficiente como para saber que, si fuera por mí, viviría entre aeropuertos, salas de embarque y cafés aguados a deshoras.
Conozco colegas que cambian de pasaporte dos o tres veces al año porque ya no les cabe un sello más. Yo no he llegado a tanto, pero cada vez que he tenido oportunidad me he largado a donde fuese, incluso con solo un billete de ida y ninguna certeza sobre la vuelta.
En un viaje puede pasar de todo: perder maletas, documentos, la salud o, en el peor de los casos, la vida. A mí me ha tocado un poco de cada cosa.
Una de esas historias torcidas empezó en una escala en Bogotá, a finales de septiembre de 2006. Justo uno de los pocos viajes en los que decidí prescindir de un seguro. La famosa Ley de Murphy conoce muy bien los aeropuertos: si algo malo puede pasar, pasará… y mejor que te encuentre con un Seguro de Viajes a mano.
Aeropuerto-fortaleza
A las seis de la mañana de un viernes despegamos de Guayaquil rumbo a Bogotá, después de una feria internacional de turismo que me dejó más folletos que horas de sueño. Dos horas de vuelo más tarde, ya estaba en la capital colombiana, esa ciudad extendida sobre la altura, a 2.640 metros sobre el mar, donde el aire parece más delgado y la cabeza late con otra cadencia.
El control de pasaportes fue sorprendentemente rápido. Recogí la maleta y me refugié en la zona de tránsito del aeropuerto El Dorado. Pedí un café de “Café de Quindío” que todavía hoy recuerdo: oscuro, intenso, de esos que parecen prometer que vas a sobrevivir al día. Me esperaban catorce horas de escala antes del vuelo a Madrid, y yo arrastraba una noche en vela, de esas en que el verdadero miedo no es al avión, sino a quedarse dormido y perderlo.
El Dorado, aquel año, no era un aeropuerto cualquiera; era casi un búnker. Soldados por todas partes, policías uniformados y de paisano, perros que olfateaban maletas y miradas. La seguridad no solo se veía: se sentía en el ambiente, pesada, casi táctil. En la segunda planta, una capilla pequeña ofrecía un rincón de silencio para quien quisiera rezar antes de embarcar, o tal vez negociar con Dios un despegue sin turbulencias.
Me tumbé como pude en los asientos, leí a ratos, cabeceé otros, y dejé que las horas se deshilacharan hasta que el reloj marcó las diez de la noche. Era el momento del temido check-in.
La aerolínea equivocada
La cola de Air Madrid era un río humano que parecía no avanzar. Al principio esperé con paciencia; luego con fastidio; después con esa mezcla de irritación y resignación que solo se siente en las colas de los aeropuertos. Cuando por fin llegué al mostrador, una empleada me pidió el billete.
—Es electrónico, pero aquí lo tiene impreso —le dije, intentando sonar más despierto de lo que estaba.
Tecló mi apellido, frunció el ceño y dejó escapar la frase que ningún viajero quiere escuchar:
—Señor, usted no figura en la lista.
Pensé que sería un error, que mi nombre estaría en otra hoja, en otro sistema, en otra dimensión. Fui al mostrador de reclamaciones, que ni siquiera era realmente de la aerolínea: apenas un cartel improvisado sobre el de otra compañía. Tras idas y venidas, allá apareció finalmente mi nombre… en una lista de espera.
—¿Lista de espera? —pregunté incrédulo—. ¿O sea que si hay plaza viajo y, si no, me quedo tirado aquí?
La respuesta fue un encogimiento de hombros con uniforme. Poco después anunciaron que el vuelo se posponía al día siguiente por “problemas varios”. Una explicación tan vaga como inútil.
La tensión estalló. Varios pasajeros, sobre todo españoles, comenzaron a protestar. Uno de ellos, más encendido, levantó demasiado la voz y los brazos. La supervisora, Andrea, sentenció: “Éste no sube al avión”. Y con “éste” se refería al chico madrileño que exigía la hoja de reclamaciones como si fuese su única tabla de salvación.
Los soldados que custodiaban el aeropuerto se acercaron. El ambiente terminó de enrarecerse. Entre el cansancio, el ruido y el absurdo, sentí que algo dentro de mí se doblaba, como una barra de hierro demasiado forzada.
Soroche y abandono
Bogotá, a esa altura, no perdona. Entre la tensión y el desgaste, el mal de altura —el soroche— empezó a pasarme factura. Me dolía la cabeza como si alguien apretara un tornillo invisible en la nuca; me costaba respirar, y las piernas comenzaban a flaquear.
La compañía anunció que los pasajeros serían derivados a un hotel, el Sheraton, hasta que el avión pudiera volar. No todos, claro. Mi nombre, otra vez, quedó fuera. Me dijeron que el siguiente vuelo saldría en cuatro días, y que no tenía derecho a alojamiento. Eran casi las doce de la noche. El personal desmontó su improvisado mostrador, recogió sus cosas y desapareció del mapa con una rapidez envidiable. Me quedé solo en el aeropuerto, con una maleta de ruedas en la mano y un maletín colgando de cada hombro: en uno, el equipo fotográfico y de vídeo; en el otro, el portátil.
Tras los ventanales, las luces de los taxis se perdían en la oscuridad, como si huyeran de la escena. Yo estaba agotado, dolorido, mareado, con la sensación de haber corrido una maratón sin meta. No conocía la ciudad, a nadie me esperaba y, para rematar, al intentar sacar dinero del cajero, la tarjeta fue rechazada: la banda magnética estaba dañada. Tenía solo 200 dólares en el bolsillo y una incertidumbre enorme delante.
Pensé en encontrar un hotel barato y, con algo de suerte, comprar un billete por internet. Pero los números de la tarjeta apenas se distinguían, y el código del reverso era una mancha borrosa. Cada intento de solución chocaba contra una nueva pared.
Un hotel, un ángel
En medio de la confusión, vi a un muchacho sosteniendo un cartel con el nombre de un pasajero. Me acerqué, le conté mi situación con Air Madrid y le pregunté si conocía un hotel económico. Me dijo que sí, que esperara a que recogiera a unos turistas y que me llevaría. Diez minutos más tarde, subí con cuatro norteamericanos a una van rumbo a la ciudad. Me quedé dormido en el trayecto.
Desperté con un frenazo suave. “Hemos llegado”, dijo el conductor. Frente a mí se alzaba un rascacielos: el hotel Residencias Tequendama, hoy Crowne Plaza Suites Tequendama Bogotá. En la puerta, un hombre armado vigilaba la entrada. No tenía pinta de ser precisamente un hotel barato, pero ya estaba allí, con el soroche apretándome las sienes y el cansancio cortándome las piernas.
Entré al lobby: mármol, luces cálidas, recepcionistas impecables. Entendí al instante que mi dinero no alcanzaría para cuatro noches. Me senté en un sofá amplio, intentando ordenar ideas, y le pedí a una azafata que llamara al director o responsable del hotel. Tenía claro que, en mi estado, no iba a salir de allí aunque el guardia quisiera echarme.
Al cabo de unos minutos se acercó una mujer joven, elegante, con una voz suave que contrastaba con el ruido del día:
—Me llamo Andrea Gacha, soy la gerente del hotel.
Le conté la odisea: el vuelo fantasma, la lista de espera, la tarjeta inutilizada, el soroche. Le mostré el poco dinero que llevaba y le dije que necesitaba, como mínimo, una cama, algo de comida, acceso a internet y un poco de tiempo para resolver el problema. Me escuchó con atención y me pidió unos minutos.
Cuando volvió, su respuesta fue tan simple como milagrosa:
—No hay problema. Te quedas. Te daremos un precio especial.
No supe si dar las gracias o desplomarme. Subí en ascensor a una de las plantas altas. La suite era enorme, con una cama king size y un televisor de plasma que parecía un cine. Pensé, medio en broma, medio en serio: “Como no pueda pagar esto, el soldado de la puerta me fusila al salir”. Envié varios correos, uno de ellos a los responsables de Air Madrid en Madrid, y me abandoné por fin a un sueño pesado.
La llamada y el regreso
A la mañana siguiente, me despertó la insistencia de un timbre. Por un momento no supe si era el móvil, el teléfono de la habitación o alguna alarma de mi propio cuerpo. Era el móvil. Lo encendí y escuché la voz de Sara, compañera de muchos años:
—Hola, Paul, fui a buscarte al aeropuerto y nunca llegaste. ¿Dónde estás? ¿Te ha pasado algo?
Le conté la historia, con la resaca del soroche todavía palpitando en la cabeza. Su respuesta fue precisa:
—No hagas nada. Quédate quieto. Te llamo en un par de horas y te lo arreglo.
Tomé un par de aspirinas y volví a caer en la cama. La presión en el pecho y el dolor en la nuca seguían allí, recordándome que la altura se cobra su precio. Un rato después, volvió a sonar el teléfono.
—Paul, ya está. Mañana sales a Madrid vía París. Vuelas con Air France. Quédate en el hotel, no te arriesgues a salir. A veces las malas rachas vienen en cadena.
Le hice caso. No crucé la puerta del hotel ni para comprobar si llovía. Bajé al lobby, conté la buena noticia al personal y esa noche dormí con una paz que no suele regalarte ningún aeropuerto.
Al día siguiente, tras hacer el check-out, me despedí de las recepcionistas, agradecido por el trato. Pregunté por Andrea Gacha, pero ya no estaba. Tiempo después llamé de nuevo al hotel para intentar localizarla, darle las gracias de manera más formal, pero me dijeron que había dejado el cargo. Desde entonces, cada vez que recuerdo Bogotá, aparece su nombre como una especie de faro en medio de aquella tormenta.
A las 17:45 de aquel domingo, el jumbo de Air France despegó rumbo a París, mi ciudad favorita, esa escala que siempre huele a regreso. De allí volví a Madrid, con el cuerpo todavía cansado, pero con la sensación de que la historia, por fin, terminaba bien.
Detrás quedaban el mal momento en Bogotá y la certeza de que una “funesta” aerolínea puede convertir una simple escala en una pequeña pesadilla. Meses más tarde, Air Madrid dejó tirados a miles de pasajeros en plena Navidad, y al año siguiente otra compañía, Air Comet, repitió la jugada. Algunos viajes se recuerdan por sus paisajes; éste, por la suma de tropiezos, dolores de cabeza y los pocos gestos de humanidad que lo salvaron a última hora.
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