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Isla Santa Cruz, Galápagos (Ecuador)

Correlatos de un reportero: El día que conocí al «Solitario George»

Descubierto por azar en 1971, la única tortuga superviviente de la isla Pinta falleció tras cuatro décadas de esfuerzos fallidos por salvar su linaje, dejando un legado incalculable para la conservación mundial. Esta es su historia...

Paul Monzón 21 Feb 2026 - 15:19 CET
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En el corazón del archipiélago de las Galápagos, Ecuador, durante décadas, un solo individuo cargó con el peso de toda una especie sobre su caparazón. El Solitario George, el último ejemplar de la tortuga gigante Chelonoidis abingdonii, no fue solo un quelonio centenario; fue el rostro de la fragilidad de nuestra biodiversidad y un recordatorio viviente de las consecuencias de la intervención humana.

Un hallazgo entre moluscos

La historia de George cambió el 1 de diciembre de 1971. El zoólogo húngaro Jozsef Vagvolgyi, de la Universidad de Harvard, se encontraba en la árida Isla Pinta estudiando moluscos junto a su esposa María. Entre la vegetación diezmada por cabras invasoras, divisaron una silueta que no debería estar allí.

La especie se creía extinta desde principios del siglo XX debido a la caza indiscriminada. Semanas después, tras consultar con expertos como Peter Pritchard, el mundo comprendió la magnitud del hallazgo: George era el único de su clase que quedaba en el planeta.

El «Solitario George»

Anatomía de un superviviente solitario

Durante uno de mis viajes a las islas Galápagos, tuve el privilegio de conocerle en la Isla Santa Cruz. Fue en el Centro de Críanza de Tortugas de en la Estación Científica Charles Darwin cuando vi por primera y última vez al Solitario George. Y es que era complicado encontrarle. El susodicho vivía como escondido.

George no era una tortuga gigante común. Sus características físicas estaban perfectamente adaptadas a la supervivencia en el ambiente seco de la Isla Pinta:

Peso y dimensiones: Registraba un peso de aproximadamente 75 a 88 kg (unas 165-194 libras). Aunque pequeño comparado con los 400 kg de otras subespecies, su ligereza era una ventaja evolutiva. Medía unos 102 cm de largo de caparazón.

Diseño «Silla de Montar»: Su caparazón era de tipo saddleback, estrecho y elevado en la parte frontal. Esta estructura, sumada a su cuello extremadamente largo, le permitía estirarse para alcanzar hojas y frutos en arbustos elevados.

Longevidad: Aunque su edad exacta siempre fue un misterio, se estima que nació entre 1903 y 1919, falleciendo con poco más de 100 años, una edad «joven» para los estándares de su especie.

El «amor imposible» de George

A pesar de ser el soltero más codiciado del mundo científico, George era conocido por su timidez y su desinterés inicial por las hembras de especies similares. Una de las anécdotas más singulares ocurrió en los años 90, cuando los cuidadores, en un intento desesperado por estimular su comportamiento reproductivo, colocaron una cabeza de cabra disecada en su corral como parte de un experimento conductual.

Para sorpresa de todos, la tortuga mostró un repentino e intenso interés romántico por el objeto inanimado. Mientras ignoraba a las hembras vivas de la especie Chelonoidis becki que lo acompañaban, el solitario prefería «coquetear» con la cabeza de cabra. La prensa internacional no tardó en bautizar el episodio como «el amor imposible de George», una historia que, aunque cómica, subrayaba la dificultad de salvar a un animal que había pasado demasiados años en absoluto aislamiento.

El fin de un linaje y su regreso triunfal

El 24 de junio de 2012, el silencio volvió a reinar en Puerto Ayora. George falleció por causas naturales (un fallo cardíaco) bajo el cuidado de su eterno guardián, Fausto Llerena. Con él, se cerró definitivamente el capítulo de la Chelonoidis abingdonii.

Tras su muerte, fue embalsamado en Nueva York con una precisión asombrosa y regresó a Galápagos en 2017. Hoy, se exhibe en el Centro Fausto Llerena, protegido en una sala con condiciones climáticas controladas, donde sigue recibiendo a miles de visitantes. Su vida impulsó la erradicación de especies invasoras y el fortalecimiento de las reservas naturales, recordándonos que, aunque George murió solo, su mensaje de conservación nos acompaña a todos.

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