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El el aire

La azafata maravilla: se llama Lindsey, tiene 35 años y es capaz de poner el mundo boca abajo

La azafata que cierra los maleteros con los pies (y otras proezas con uniforme de vuelo)

Alex MacKenzie Actualizado: 29 Ago 2026 - 07:31 CET
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Lindsey O’Brien, auxiliar de vuelo estadounidense de 35 años, se convierte en fenómeno de internet tras grabarse cerrando cuatro compartimentos superiores de un avión con los pies, sostenida en el aire sobre los apoyabrazos, durante una escala en Filadelfia (Pensilvania, EE. UU.).

Su pirueta ha dado la vuelta al mundo y ha recordado que, entre carritos de bebidas y demostraciones de seguridad, la historia de las azafatas guarda hazañas mucho mayores.

Hay oficios que uno cree conocer de memoria. El de azafata, por ejemplo: sonrisa impecable, chaleco salvavidas en alto, café con turbulencias. Y luego llega Lindsey O’Brien y desmonta el cliché con una voltereta.

La escena ocurre en un avión vacío de Southwest Airlines, aparcado en Filadelfia entre dos vuelos.

La tripulación mata el tiempo, una compañera lanza el reto y Lindsey lo acepta. Se agarra a los apoyabrazos de dos filas de asientos, eleva el cuerpo, gira sobre sí misma y, con los tacones por bandera, va cerrando de una patada elegante cuatro maleteros superiores. Todo seguido, sin despeinarse. El vídeo corre por las redes como la pólvora y la convierte en lo que ahora llaman una celebrity de andar por casa. O de volar por casa, más bien.

«Solía hacer yoga y fui animadora en el colegio, así que tengo buen equilibrio y tenía que comprobar si podía hacerlo», explica la protagonista, que se curtió de adolescente como cheerleader. No fue flor de un día: confiesa que perfeccionó el truco tras intentarlo una veintena de veces, siempre sin pasajeros a bordo. Y le quita hierro al asunto: «Siempre llevamos mascarilla cerca de los pasajeros y en los aeropuertos, y esta era una rara ocasión en la que podíamos relajarnos y divertirnos».

No es la primera, ni será la última

La acrobacia de O’Brien es simpática, pero la nómina de auxiliares de vuelo capaces de dejar al pasaje con la boca abierta viene de lejos. Y algunas de esas historias no se miden en visualizaciones, sino en vidas.

La más asombrosa de todas lleva el nombre de Vesna Vulović. Esta azafata serbia de la compañía yugoslava JAT viajaba en enero de 1972 en un DC-9 que estalló en pleno vuelo sobre Checoslovaquia. Cayó desde más de 10.000 metros de altura, atrapada en un fragmento del fuselaje, y sobrevivió. Fue la única de los 28 ocupantes. El libro Guinness World Records la consagró como la persona que ha sobrevivido a la mayor caída sin paracaídas de la historia. Tardó meses en volver a andar, pero pidió reincorporarse a la aerolínea. Ahí es nada.

Otra figura de leyenda es Neerja Bhanot, sobrecargo india de Pan Am que en septiembre de 1986, con solo 22 años, se enfrentó al secuestro del vuelo 73 en Karachi. Fue ella quien alertó a la cabina para que los pilotos abandonaran el avión y este no pudiera despegar; ella quien escondió los pasaportes de los pasajeros estadounidenses que buscaban los terroristas; y ella quien, cuando empezó el tiroteo, abrió una salida de emergencia y murió protegiendo con su cuerpo a tres niños. India le concedió su máxima condecoración al valor y su historia acabó en el cine con la película Neerja.

El heroísmo con uniforme de vuelo también habla británico. Barbara Jane Harrison, azafata de BOAC de 22 años, ayudó en 1968 a evacuar a decenas de pasajeros de un Boeing 707 en llamas en Heathrow. Pudo saltar y salvarse; prefirió volver a por los que quedaban dentro. Murió en el intento y recibió, a título póstumo, la Cruz de Jorge, la más alta distinción civil del Reino Unido. Sigue siendo la única mujer que la ha obtenido en tiempos de paz.

Partos, infartos y sangre fría

No hace falta un secuestro ni una tragedia para que estas profesionales demuestren de qué pasta están hechas. Cada año, en algún punto del cielo, una azafata asiste un parto entre las filas 12 y 14, improvisa una incubadora con mantas y botellas de agua caliente, o aplica la maniobra de Heimlich a un pasajero que se atraganta con el almuerzo mientras el resto del pasaje contiene la respiración.

Las tripulaciones de cabina se entrenan para reanimaciones cardiopulmonares, desfibriladores, despresurizaciones y evacuaciones en 90 segundos. Lo del carrito de bebidas es, en realidad, la parte menos importante del oficio. Como suele repetirse en el sector, las azafatas no están ahí para servir el café: están ahí para sacar a 200 personas de un tubo de aluminio en llamas si las cosas se tuercen. Lo demás es glamur y cortesía.

Por eso la pirueta de Lindsey O’Brien tiene algo más que gracia viral. Ese equilibrio, esa fuerza y esa coordinación —adquiridos en el yoga y en sus años de animadora— son, en el fondo, las mismas cualidades físicas que un día pueden marcar la diferencia en una emergencia real. Que las luzca cerrando maleteros con los tacones es solo la versión festiva del asunto.

El remate

Dicen los veteranos del sector que a un avión se sube mirando a los pilotos, pero se baja agradeciendo a la tripulación de cabina. Entre la muchacha que sobrevivió a una caída de diez kilómetros, la joven que dio su vida por tres niños y la acróbata que convierte una escala aburrida en un espectáculo de circo, queda claro que el uniforme de azafata esconde bastante más de lo que promete el folleto. La próxima vez que una auxiliar de vuelo cierre el compartimento sobre su cabeza —con la mano o, quién sabe, con el pie—, conviene recordarlo.

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